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La tele invisible

La televisión cultural está rompiendo esquemas en Colombia, pero muy pocos la están viendo. ¿Qué pasa con el rating? ¿Qué opinan los realizadores de contenidos y quienes manejan la programación? ¿Qué dicen los canales privados? Reportaje.

2010/03/15

Por Diego de la Rosa

Ver televisión en Colombia es, en la mayoría de los casos, una experiencia decepcionante. Las posibilidades son pocas y desesperanzadoras. Telenovelas que refuerzan estereotipos sexistas, excluyentes y moralistas, laxos noticieros insensatamente sobrecargados de violencia e información irrelevante y, más recientemente, absurdos realities y denigrantes programas de concurso rellenan las parrillas de programación. La teleaudiencia es solo un nicho de mercado para el que se producen miles y miles de horas de “entretenimiento” de segunda.

Hace poco mas de un año, sin embargo, Radio Televisión Nacional de Colombia RTVC, entidad que reemplazó a Inravisión en la tarea de velar por el funcionamiento de los medios públicos de comunicación, se embarcó junto al Ministerio de Cultura en la creación de una franja de programación cultural para emitir en el prime time (horario prioritario de audiencia), de Señal Colombia, canal público educativo y cultural propiedad del Estado.

Con la intención de ofrecer una programación “concebida desde el concepto amplio de cultura, diseñada para todos los públicos y comprometida con la construcción de nación” en mayo de 2006, se estrenaron cuatro nuevos programas: Culturama, un magazín enfocado en el cubrimiento y difusión de actividades culturales alrededor del país; Sub30, una revista especializada en juventud que apunta a descubrir y destacar el talento de los jóvenes colombianos en distintas disciplinas y en todos los rincones del país; En Cine nos vemos, programa introductorio a la presentación de películas colombianas y extranjeras que a través del diálogo con cineastas, cinéfilos y personalidades busca motivar el interés por el cine y Culturama Entrevista, un programa que busca profundizar, a través de entrevistas, en la diversa y a menudo poco comentada vida cultural del país.

La iniciativa, que coincidió con el cambio de imagen del canal, obtuvo una positiva respuesta de sus televidentes habituales, quienes aplaudieron el esfuerzo por pluralizar y hacer más atractiva la oferta de la televisión pública. Durante meses, los nuevos programas, concebidos y producidos bajo fórmulas estéticas poco convencionales en nuestra pantalla, se dedicaron a registrar historias, personajes y eventos que antes no tenían cabida formal en la programación nacional.

Para el gran público, sin embargo, la propuesta pasó casi inadvertida. A poco más de un año de haber iniciado la emisión de su franja cultural, los sondeos de ibope, multinacional especializada en monitoreo de medios, ubican a Señal Colombia en el sexto lugar del rating a nivel nacional por debajo de los canales privados, la TV por suscripción e incluso el Canal Uno, único canal público de carácter comercial. En julio pasado, su porcentaje de sintonía fue de tan solo 0.50% frente a la competencia privada que superó los 12 puntos porcentuales.

Cabe preguntarse entonces qué le hace falta a la programación cultural para atraer al público. Mauricio Vélez, subgerente de Televisión de RTVC, manifiesta que “la televisión pública debe entender desde su concepto que tiene que ser entretenida”. Si bien “la propuesta cultural tiene gran acogida, los resultados en términos de audiencia podrían ser mejores”, añade.

Para la documentalista Patricia Castaño, actualmente una de las abanderadas del tema de televisión pública de calidad en Colombia, “apuntar al público joven con propuestas estéticas novedosas ha sido muy valioso. ¿Que no están viendo la programación cultural? Pues no se qué tan cierto es. La audiencia de Señal Colombia no es monitoreada permanentemente. Creo que lo que ha fallado no son los programas, sino su difusión”.

Guiomar Acevedo, directora de Comunicaciones del Ministerio de Cultura, quien ha liderado desde su despacho la configuración y asesoría conceptual en contenidos culturales para Señal Colombia, explica que “el rating de la programación cultural no es el mejor en este momento. Para mejorarlo hay que hacer muchas más encuestas y conocer al público, lo que significa una inversión. Ese es uno de los puntos más críticos de la televisión pública: los recursos son tan escasos que la toma de decisiones sobre cómo invertir siempre lleva a que uno valore mucho más la producción de materiales que una necesidad de medición de audiencias específicas”.

En cuanto a la calidad surgen muchas inquietudes. En primer lugar hay que recordar que Señal Colombia, canal nacional con un cubrimiento aproximado que supera el 90% sobre el territorio colombiano, cuenta con un presupuesto anual de unos dieciocho mil millones de pesos, cifra inferior al presupuesto de un canal regional como Telecaribe o Teleantioquia. Adicionalmente, basta con sintonizarlo para darse cuenta de su pobre calidad de señal, situación que en tiempos de televisión digital, le resta interés a un canal que ya tiene poca atención del público.

En este sentido, RTVC ha informado que viene trabajando sobre un proyecto que podría mejorar la calidad técnica de emisión, señal y programación del canal. Adicionalmente, a partir de este mes se estrenan nuevas franjas nacionales y extranjeras con enfoque en infancia y juventud.

Los realizadores de la franja, por su parte, son conscientes de la complejidad de su oficio y exigen una mayor cuota de responsabilidad y apoyo por parte del Estado. Paula Arenas, directora de Culturama, opina que “aún no se puede aspirar a que la televisión cultural sea autónoma, comercial y competitiva pues la programación de entretenimiento se la lleva por delante. Por eso es responsabilidad del estado velar por que cuente con los recursos y los canales que claramente no va a encontrar en la televisión privada donde moriría aplastada por la realidad y la inmadurez del mercado”. Según Arenas, el modelo de producción que viene aplicándose podría correr el riesgo de desaparecer “si los recursos se van a la adquisición de material extranjero y no se continúa fortaleciendo la televisión cultural como industria nacional”.

Carolina Navas, directora de la Sub-30, opina que “hace falta divulgación y publicidad, falta atacar por otros medios para que la gente no crea que la televisión pública es aburrida. Debemos ser muy conscientes de la diferencia entre nuestra audiencia y quienes ven los canales privados”. Y agrega: “No podemos plantearnos que la Sub-30, por ejemplo, compita con una telenovela o un reality. Creo que hay que hacerle más publicidad y asignarle más recursos, pero soy optimista porque creo que estamos arrancando en el proceso de producir buena programación cultural”.

Julián David Correa, director y presentador de En cine nos vemos, asegura que el problema del rating “afecta no solo a Señal Colombia, sino a toda la televisión nacional. El público está optando cada vez más por la programación internacional disponible en el cable. La diferencia con el canal es que su función debe ser la de construir ciudadanos, propiciar el diálogo y aportarle al público consumidor de cultura materiales de calidad”.

Correa manifiesta que la ausencia de sistemas formales de medición para la televisión cultural y la mínima inversión en publicidad y mercadeo por medios distintos al canal, dificultan la conquista de nuevos públicos. Para lograr un cambio, puntualiza, “es necesario escuchar a los televidentes y considerar que se trata de una teleaudiencia en construcción a la que hay que entregarle una oferta atractiva, consistente y, sobre todo, constante”.

Pero cómo llevar una oferta constante al público cuando la televisión cultural está sometida a un sistema de licitación que limita los contratos de los productores a periodos de ocho meses solo prorrogables a un año. Más preocupante aún, si existen condiciones tan restrictivas y en la práctica solo una productora tiene la licencia para producir todos los programas culturales de la franja, ¿es posible garantizar la variedad en las propuestas?

En este sentido, Patricia Castaño, que está al frente de una productora independiente, concluye: “Siento que no hemos sido capaces de definir el proyecto. Nos hemos quedado en problemas de tipo administrativo y burocrático. Los procesos de contratación son complicadísimos y no se ha facilitado el acceso a la producción a tanta gente como debería ser, pero creo que se han dado pasos importantes. Creo que debería haber mayor continuidad e independencia institucional”.

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