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Las dos personalidades de Simon Schama

En Colombia arrastramos una fastidiosa tradición: la historia como el reino del soberano aburrimiento. El historiador británico Simon Schama, brillante realizador de los documentales de la BBC, es todo lo contrario: el arte apasionado de narrar para el público general, sin miedo al desdén de la academia. Y los tiene arrodillados.

2010/03/16

Por Alejandro Lloreda

A primera vista Simon Schama, el historiador inglés, tiene una doble personalidad. Por un lado está el profesor Schama, catedrático de Columbia, Harvard y, antes de cruzar el Atlántico, Oxford y Cambridge. Sus libros son modelos de erudición histórica, originales, profundamente investigados y elegantemente escritos. Su álter ego es Schama el tellydon, o teleacadémico, que desde el 2002 ha producido una serie de exitosos programas históricos para la BBC. Sus programas son igualmente inteligentes, pero están dirigidos al público general. Sin embargo, si uno mira más de cerca, se da cuenta de que Schama, el académico, y Schama, el presentador, son en realidad el mismo historiador, y que la misma idea de la historia guía su trabajo académico y su trabajo popular.

Como académico, Schama es un historiador de una versatilidad extraordinaria. Tanto así que es difícil asociarlo con el estudio de un país o un periodo histórico. Su primer libro, Patriots and Liberators, es una historia de los efectos de la Revolución francesa en Holanda. Después escribió sobre el papel que desempeñaron los Rothschild en el movimiento sionista y la creación de Israel. Con su tercer libro, The Embarrasment of Riches, Schama comenzó a moverse hacia la historia cultural y la historia del arte.

En este estudio sobre la cultura holandesa del Siglo de Oro, Schama se propone investigar “las ansiedades de la superabundancia” y la paradoja del lujo en una nación calvinista. Al mismo tiempo que Holanda creó un imperio comercial que se extendía desde Nueva York hasta Sumatra, la reforma protestante cambió las reglas del uso del arte. Como reacción a la pintura católica del barroco, que a los ojos de los buenos pastores de Ámsterdam rayaba peligrosamente con la idolatría, los pintores holandeses desarrollaron un estilo sobrio y realista. Más que cualquier otro, el arte holandés refleja la sociedad que lo creó, representa escenas de la vida diaria. En esto va mucho más allá del retrato aristocrático: va desde las escenas cotidianas de Vermeer y las fiestas campesinas de Avercamp hasta los retratos de las juntas directivas de Hals.

En una época donde el arte era o de la Iglesia o de la nobleza, en Holanda se comenzó a difundir la pintura de género –naturalezas muertas, paisajes campestres o marinos– al alcance de la primera burguesía de Europa. La misma ética protestante que desarrolló el capitalismo creó el mercado de arte –con compradores, artistas y galerías– que ha perdurado, sin muchos cambios, hasta hoy en día.

En su siguiente libro, Citizens, publicado en 1989, Schama vuelve a la Revolución francesa, esta vez escribiendo una obra comprensiva para el público general. A diferencia de otras historias analíticas, que comienzan con intimidantes capítulos con títulos como ‘Nobleza’, ‘Clero’ y ‘Campesinos’, o discusiones sobre los precios del trigo en la primavera de 1789, Citizens es, como lo indica el subtítulo ‘una crónica de la Revolución francesa’, “no por necesidad sino por elección; con un comienzo, un centro y un fin”. Schama dice confiar en el poder explicativo de la narrativa, que en la cacofonía de personas y eventos, se puede tener una mejor idea de la confusión de la época.

La historia se mueve cronológicamente entre la crisis de la deuda nacional en 1788 hasta el fin del terror en 1794. A través del libro, Schama se desvía varias veces de la trama principal para introducir a varios de los personajes. Algunos, como Talleyrand –el gran camaleón político que trabajó para Luis XVI, la Revolución, y luego Napoleón– son bien conocidos. Otros, como Bernard de Launay, el gobernador de la fortaleza de la Bastilla el 14 de julio, han sido olvidados.

Landscape and Memory, publicado en 1995, es un libro más poético, más personal, y sobre todo más original. Aunque Schama lo anuncia como una meditación de la relación entre el ser humano y su entorno natural, es, en realidad, un experimento mucho más ambicioso.

La mejor manera de entenderlo es a través de un ejemplo. A partir del bosque polaco de Bialowieza, Schama arranca de manera autobiográfica, contándonos que sus antepasados eran leñadores judíos en lo que entonces era Lituania. Se pregunta el porqué del estereotipo urbano de los judíos, antes de pasar al renacimiento romano, donde Hussowski, un poeta polaco, le escribió al papa León X un poema épico en latín sobre el bisonte que poblaba los bosques del Báltico. De ahí pasa a contarnos de los tratados entre Prusia, Austria y Rusia que dividieron Polonia a finales del siglo XVIII. Nos cuenta que las bandas de la resistencia nacionalista polaca usaron estos bosques para esconderse de las autoridades rusas en el siglo XIX. Y que en el siglo XX, Hermann Goering, más conocido como el comandante de la Luftwaffe, se hizo designar Reichsforst und Jägermeister –guardabosques del Tercer Reich– para cazar bisontes en el bosque Bialowieza, los mismos bisontes que Hussowski le había descrito a León X, cuatrocientos años antes.

Tal es el poder evocativo de la prosa de Schama, que logra recrear los bosques polacos, y tal es su habilidad narrativa, que logra mantener el hilo de la historia a través de los tiempos, que es necesario tomar un respiro para orientarse, antes de volver al campo inglés, a las fuentes del Nilo, y las montañas alemanas, para conocer la historia de estos paisajes.

La pequeña pantalla

A mediados de los noventa, Schama se radicó en Nueva York como crítico de arte de The New Yorker y profesor de Historia del Arte en Columbia. Allá publicó Rembrandt’s Eyes, un estudio comparativo de Rubens y Rembrandt, antes de volver a Inglaterra en el año 2000 para producir la serie A History of Britain con la BBC, comenzando la segunda etapa de su vida profesional en la televisión. A History of Britain es una serie que lleva al público desde la edad de piedra hasta Churchill, más de cinco mil años de historia en quince episodios. El formato no es particularmente original –vemos a Schama bajo un aguacero en las ruinas celtas, pasear por las grandes catedrales medievales y visitar las fábricas de la revolución industrial en Manchester– pero la cinematografía está muy bien hecha y el guión de Schama logra contar la historia de una manera ejemplar.

En su siguiente serie, The Power of Art, Schama mira la vida y obra de ocho pintores desde Caravaggio hasta Rothko. Al igual que A History of Britain, es una producción de lujo, técnicamente impecable. Uno de los problemas de producir documentales para la televisión es qué mostrar en la pantalla mientas el narrador lee el guión. En ambas producciones Schama combina el uso de material de archivo –cartas, pinturas y, en lo posible, video– con escenas de él hablándole a la cámara, y dramatizaciones de los personajes y eventos claves. La combinación no es fácil. Demasiado video de Schama sentado en un sillón o caminando por museos, y el público se aburre. La dramatización también es un arma de doble filo. Por un lado puede ilustrar los eventos visualmente, les da a los productores el reto de mostrar su dominio del vestuario y la escenografía de la época. Pero al mismo tiempo nos lleva demasiado cerca al cine, los diálogos pueden sonar falsos –en The Power of Art, Caravaggio habla con acento escocés– y puede hacer que el documental pierda credibilidad. Sin embargo, Schama logra que las dramatizaciones, discretas y bien hechas, se integren con las imágenes de archivo y el hilo conductor de su narración.

Inglaterra domina el mercado mundial de documentales. Y no solo en historia: los programas de naturaleza de Sir David Attenborough son aún mas populares. En parte, gracias a la BBC. Como canal público, no tiene las mismas presiones comerciales que los canales privados y se puede dar el lujo de producir documentales. También se debe al éxito comercial de estos programas en Estados Unidos: por lo general a los americanos les gusta el acento inglés. Pero la razón está más atrás. En Inglaterra hay una larga tradición de académicos en el periodismo, los tellydons son sólo la última expresión de este fenómeno. Schama puede ser el más conocido, pero no es el único. En los últimos años, David Starkey produjo una serie sobre la monarquía británica, Felipe Fernández-Armesto hizo un documental sobre el milenio para la BBC y Niall Ferguson llevó sus libros, The Ascent of Money y The War of the World, a la televisión.

A través de estos programas, los tellydons han llevado la historia a un público más amplio, pero también han sido criticados por simplificar, o ‘dumb down’ la historia. En círculos académicos el término popularizador, o vulgarizador, puede ser considerado un insulto. En parte, la crítica académica se explica por la necesidad de simplificar. La televisión no maneja los mismos matices que un libro y es entendible que a un académico que le ha dedicado años a la guerra civil inglesa le irrite que Schama la cubra en ocho minutos, incluyendo comerciales. También puede haber algo de envidia profesional. Los tellydons viven, y bien, de su oficio: en 2003 Schama firmó un contrato de tres millones de libras con la BBC por dos series de televisión.

La historia sin complejos

Henry Kissinger alguna vez dijo que las disputas académicas son feroces por lo irrelevantes, pero en este caso está en juego la relevancia misma de la historia. La historia se ha profesionalizado en las universidades, y con buena razón. Se acabó la era del aficionado o amateur. El historiador de hoy en día tiene un entrenamiento metodológico que ha hecho que las investigaciones históricas sean más confiables, pero también menos accesibles al público general. Las facultades de Historia promueven la especialización y la división del trabajo entre las ciencias sociales. Basta con mirar la lista de títulos de tesis de cualquier facultad de Historia para tener una idea de qué está produciendo la academia. En algunos casos es una reducción al absurdo. Schama dice que investigando la cultura holandesa se encontró un artículo titulado “Relaciones laborales en la industria holandesa de margarina: 1870-1934.”

En el obituario de Jack Plumb, su mentor en Cambridge, Schama escribe que Plumb le enseñó a “mantener su fe en las posibilidades literarias de la narrativa, de tener el coraje intelectual para abordar temas grandes y ver la historia humana como una épica de la evolución social”. Se puede decir que la narrativa y una antipatía a la teoría social hacen parte de la tradición historiográfica inglesa. AJP Taylor, el controversial historiador popular de mediados del siglo XX, escribió que el primer deber del historiador es contestar la pregunta que hacen los niños: ¿y qué pasó después?

En un artículo publicado en The New York Times en 1991, Schama declaró que Clío, la musa de la historia, está en problemas. Para los escritores del siglo XIX, la historia “no era un mundo remoto y fúnebre. Era un mundo que hablaba claramente a nuestras preocupaciones”. Sin embargo, “cuando la historia se convirtió en una disciplina académica, los departamentos universitarios declararon que la relación amigable entre la literatura y la historia no era ni seria ni científica”. Malcolm Deas relata que a mediados de los sesenta, un historiador declaró que “para ser historiador es necesario saber contar”, contar en el sentido numérico de la palabra. Por el contrario, para Schama “la historia debería ser narrada, no para descartar el argumento y el análisis, sino para darle la fuerza dramática y poética que merece”. Al final del artículo, Schama dice que volver a la narrativa no implica imitar a los maestros decimonónicos. Su generación de historiadores, como toda generación, tiene que encontrar su propia voz. Casi veinte años después de este artículo, Schama puede estar tranquilo. Si alguien lo ha logrado, tanto en sus libros como en sus programas, ha sido él.

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