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Leer: el nuevo lujo venezolano

Justo cuando el sector editorial venezolano vive una bonanza, una resolución gubernamental expulsa al libro de la lista de rubros que pueden importarse automáticamente con dólares subsidiados. Los lectores del país vecino se debaten entre la escasez y la carestía, mientras los distribuidores, entre ellos importantes empresas colombianas, buscan una rectificación oficial.

2010/03/15

Por Rafael Osío Cabrices

De setenta novedades que podía ingresar al mes en el mercado venezolano una casa editorial trasnacional, ahora introduce quince, en el mismo periodo. De ellos, algunos se imprimen en Venezuela, cuando antes se importaban de España. Esos quince títulos nuevos tienen que ser de venta segura: best sellers de probado éxito regional, por ejemplo, o autoayuda. Son pocos los dólares disponibles y cuesta mucho tiempo y esfuerzo conseguirlos. Hay control de cambio, y el libro ya no es un bien que pueda importarse automáticamente con las divisas que pone en el mercado formal el Banco Central de Venezuela. Desde el 3 de marzo, casi cualquier libro que alguien quiera importar al “socialismo del siglo XXI” debe adquirirse con dólares caros del mercado negro. El resultado: una especie de aislamiento que perjudica a importadores, libreros y lectores.

Como pasa con muchas situaciones creadas por una decisión del gobierno de Hugo Chávez, no es fácil explicar en pocas palabras lo que está ocurriendo con la importación de libros en Venezuela. Hay que decir, primero, que hay un control de cambio vigente desde febrero de 2003, cuando terminó un paro petrolero de dos meses que ocasionó una caída del 13% del PIB mientras intentaba derrocar al gobierno; en ese momento, el gabinete chavista determinó que “no hay dólares para golpistas”, como dijo entonces un ministro del área económica, y decretó que los bancos solo venderían las divisas, a un precio único de 1.950 bolívares, a quienes demostraran que las necesitaban para importar rubros de interés estratégico para el país. Dos años después se alteró la tasa a 2.150 bolívares. El control ha vivido, en su ya larga historia, un sinnúmero de disposiciones regulatorias y de problemas, puesto que ha dificultado la disponibilidad de alimentos, medicinas, autopartes, insumos industriales y toda suerte de bienes en un país que, año tras año, produce menos e importa más. Y favoreció la existencia de un mercado negro, sobre el cual está prohibido hablar en los medios, y cuya cotización se conoce por rumores o por blogs anónimos. Ese dólar negro, de uso muy común y alta participación en la inflación venezolana —la mayor de América Latina en el presente, con alrededor de un 15% en seis meses— , ha llegado a cuadruplicar el valor del dólar oficial.

Igual que los controles vigentes de precios, de radiodifusión o de información pública, el control de cambio, instaurado para evitar —en vano— la fuga de capitales, creó unas cuantas distorsiones en la economía venezolana, y como toda prohibición, una serie de delitos. A medida que la inflación avanzó, la tasa oficial del dólar se mantuvo fija y convirtió a la divisa subsidiada en un bien enormemente apetecido, hasta el punto de que unos cuantos industriales dejaron de producir cuando, con el pretexto de que necesitaban comprar insumos, usaron los dólares de la tasa oficial para importar y vender; un ganadero podía terminar matando sus reses para comerciar luego televisores de plasma o whisky escocés. Además, ese grupo se privilegió por una serie de complicadas medidas bursátiles lanzadas por el gobierno para recoger liquidez, lo que les permitió comprar divisas por vías indirectas, a menudo comprometiendo los patrimonios de los bancos. Y los ciudadanos comunes y corrientes no se quedaron atrás: surgió un masivo negocio sumergido de falsos viajeros, gente que gestionaba los permisos para comprar cosas en internet o en el exterior, con dólares a 2.150 bolívares, para venderlas luego en Venezuela. O que viajaba a Aruba para sacar dólares de un cajero automático y revenderlos luego en el país, a los fluctuantes precios del mercado negro. Miles de personas han sido interrogadas oficialmente por este ilícito, por órdenes de un gobierno que lanza continuas amenazas, altera permanentemente las regulaciones y da bandazos para aliviar la escasez y la inflación, los grandes dolores de cabeza del gabinete de Chávez.

Ese es el contexto de la resolución conjunta de siete ministerios que, el 3 de marzo de este año, sacó a los libros de la Lista 1 de CADIVI (la Comisión de Administración de Divisas), en los que están los bienes que pueden importarse con dólares a 2,15 bolívares fuertes (la nueva moneda, con tres ceros y 15% de valor menos), y los metió en la Lista 2, en la cual están los bienes que solo pueden importarse con esos dólares baratos si uno demuestra que son realmente necesarios para el país, y que no se producen aquí. La resolución, que afecta a muchos tipos de bienes, obliga a una editorial radicada en Venezuela que quiere introducir títulos al país a lo mismo que enfrenta un vendedor de botes fuera de borda o de aceite de oliva: acumular una agobiante cantidad de recaudos para hacerle ver a un funcionario que, digamos, el pueblo venezolano necesita leer Juegos sagrados de Vikram Chandra, o lo último de Paulo Coelho, o la serie Crepúsculo de vampiros adolescentes. Un poco más fácil es hacerlo con los libros escolares, que en septiembre deberán ser adquiridos por los padres de millones de niños. Aunque ante un gobierno que también compite como editor, con una imprenta nueva capaz de imprimir seis millones de ejemplares de un manual marxista de Marta Harnecker, el poder importar con dólares baratos se convierte en un asunto impredecible para casi cualquier libro. Y la sombra de la censura sobrevuela detrás de todo esto. ¿Qué pasará cuando haya que importar el nuevo libro de Mario Vargas Llosa, un autor al que el chavismo ha prohibido leer con una fatwa informal entre sus huestes?

Los lectores pueden conseguir dólares en el mercado negro, que a finales de julio de 2008 andan por los 3,50 bolívares, un bolívar más que el dólar oficial, y comprar los libros que no consiguen en su país, durante un viaje al exterior. Pueden hacerlo por internet con su tarjeta de crédito, pero no pueden gastar más de 300 dólares al año por esta vía. Y no pueden esperar que llegará todo lo que quieran a las librerías venezolanas, ni que lo hará pronto o en abundancia. Hace semanas, Círculo de Lectores distribuyó en Venezuela unos pocos ejemplares de lo que Julian Barnes publicó en Anagrama dos o tres años atrás. Un súper best seller como Un mundo sin fin, de Ken Follet (Grijalbo) tardó seis meses. Una vez que entró en vigencia la resolución del 3 de marzo, la importación de novedades se volvió más lenta o se paralizó. Los distribuidores están atrapados: es extremadamente difícil comprar dólares oficiales y deben escoger muy bien a cuáles libros van a beneficiar con ellos; y por otro lado, importarlos con dólares del mercado negro los hace tan caros que espanta a los lectores. De modo que siguen buscando los dólares preferenciales, aunque hay quienes todavía están esperando recibir los que solicitaron para el año pasado.

Los importadores se están endeudando con sus proveedores externos mientras ven vaciarse sus inventarios. Los libreros intentan explicar a sus clientes la gravedad de la situación. Los escritores publican comunicados de protesta. La Cámara Venezolana del Libro intenta conversar con el gobierno, en un país donde hay muy malas relaciones entre los sectores público y privado, para que flexibilice las medidas, para que CADIVI libere los dólares y pueda volver a fluir el comercio exterior de libros. Los autores extranjeros no pueden cobrar por los libros que venden en Venezuela. Algunos lectores dicen: “Bueno, hay mucho por leer que no hemos leído, hay que volver a los clásicos”. Otros se sienten como en el siglo XIX, cuando había que esperar los barcos en el puerto. Y varios más se preguntan si el gobierno de Hugo Chávez encontró el modo de determinar, sin que la OEA o el PEN Club puedan reclamar por eso, cuáles cosas habrán de leer los venezolanos y, sobre todo, cuáles no.

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