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Sin noticias de nada

Mientras la cultura oficial se focaliza en la transformación de una cárcel pública para crear un gran complejo al aire libre, un grupo de intelectuales intenta, con las uñas y en silencio, agitar las artes en el Tolima.

2010/03/15

Por Fernando Cárdenas

Hay una imagen final de Ibagué que todavía me gusta: la de grupos de jóvenes en la Plaza de Bolívar, la más céntrica de todas, cargando estuches negros, de esos con instrumentos “serios”. En vez de una mochila con cuadernos, ellos llevan música de conservatorio en sus espaldas.

Lástima que esa postal solo la pude capturar dos días después, al final del viaje. Por ahora, voy en un taxi que me traslada a un buen hotel de la capital del Tolima. Es un jueves a mediodía, justo cuando el pavimento arde. El taxista mira de reojo por el espejo y pregunta por mi visita.

Guarda un silencio de peluquería, de dos minutos, hasta que llega a una conclusión popular: el entretenimiento y la cultura se limitan a los centros comerciales. “La gente va a ver ropa”, aclara al pasar por Multicentro, la nueva joya de las compras en esta urbe de 400.000 habitantes. Alcanzo a divisar que tiene varias películas nuevas en cartelera, las mismas que en Atlantis o el Andino, en Bogotá. Hace cinco años, me revelan después los de la movida local, el cine con palomitas de maíz en Ibagué era un sueño bogotano a cuatro horas de carretera. Lo malo de este progreso es que al centro comercial se le olvidó traer libros. “Nos falta una Lerner”, me diría después un periodista de la zona.

–¿Y la rumba? –le grito al conductor.

–De esa toda la que quiera. Y los fines de semana, las piscinas.

Suena a vallenato con guaro. Me acuerdo del apunte de un amigo cachaco al sentenciar que la capital del Tolima es de esas ciudades que terminan su día a las dos de la tarde. Luego duermen, por culpa del sol, una larga siesta.

Por suerte me faltan dos horas para la hamaca, así que voy al centro, a la calle tercera, donde queda la única librería-librería. Reinan los libros de autoayuda con el best seller del momento, El secreto, y lo acompañan un centenar de ejemplares usados. De los tres libros que pidió Arcadia para cotejar solo estaba el de Vallejo en edición de bolsillo y en bodega.

La única que refuta esta humillación literaria es la biblioteca Darío Echandía, del Banco de la República, que mantiene conexiones con otras del país. “Si un libro no está aquí, te lo traen de cualquier lugar y te lo dejan en tu casa”, dice uno de sus postulados. Eso explicaría que solo el año pasado las consultas de textos sobrepasaron las 500.000, es decir, más de uno por habitante en una ciudad con un tercio de población universitaria.

En el centro de Ibagué uno esquiva vendedores ambulantes como en el de cualquier metrópoli. Venden minutos en las esquinas, ropa china, carros en miniatura, uva chilena. Una buena noticia: hay unos afiches pegados en los postes con letras y poemas de autores famosos que anunciaban el festival de Los Caobos, un encuentro nacional de escritores, que se realizó hace unos meses. Algo es algo, pienso.

Como falta poco para que la ciudad se acueste, voy rápido a RCN Radio, donde un periodista cultural me va a ayudar a despejar dudas. En los dos periódicos regionales no hay una agenda cultural que pueda servir de cronograma para este fin de semana. Sí la tiene el diario artesanal Salmón, producido por estudiantes de la Universidad del Tolima, pero es muy reducido, exclusivo para un grupo de amigos. La radio, como siempre, está más despierta.

El reportero se llama Gilberto Buitrago y me hace pasar a la cabina. Tengo que esperar su reporte diario de noticias. Le abren micrófono desde Bogotá e informa sobre la muerte de dos candidatos en pueblos de zona roja. Cuando termina de trabajar me aclara que en este departamento nacieron las Farc y el mito de Manuel Marulanda y es la antesala a su versión sobre la agenda de la ciudad. “Lo malo es que casi nadie se entera de la cultura, pues aquí la comunicación no es el fuerte. Las facultades de Comunicación son recientes. La información se maneja muy cerrada en los círculos intelectuales”, dice y lanza por lo menos un aire de esperanza: “Hasta hace 20 años esto era un pueblo, en todas sus formas. Pero luego del desastre de Armero, la ciudad creció sin precedentes y eso ayudó a que surgieran nuevas expresiones de arte”.

–¿Qué tanto tiene que ver el apoyo oficial para este avance?
–Lamentablemente, nada. La política cultural en esta ciudad es casi nula. Por eso, a veces aparecen quijotes que montan espectáculos o encuentros, que ayudan a acercar el arte y la literatura a la gente.

Hay que entrevistar entonces a las autoridades, en concreto a Carlos Emilio Díaz, director de cultura del departamento. Cuando entro a su oficina, en un edificio afrancesado y oscuro, Díaz estaba cuadrando presupuestos con una señora de contabilidad. No me toman en cuenta; es más importante el programa de excel. Conversa en voz alta –para que me entere– de millones para acá y otros para allá. Al rato me mira, despacha a la funcionaria y comenta que tiene pocos minutos. Tranquilo, viejo. “Yo soy músico de conservatorio, violinista, pero me toca hacer esto por la cultura. Ahí vamos en este proceso”, dice y contesta uno de sus celulares.

Con un presupuesto irrisorio –sostiene que no alcanza el 2% del presupuesto total de la ciudad– debe sacar adelante sus dos proyectos bandera para este año: apoyar la creación del Panóptico, un centro cultural al aire libre y el proyecto de bandas, que involucra a tres mil personas y varios municipios. “Toda la gente viene a pedir plata para que compremos cuadros o libros y no podemos porque no somos una galería. Mire el caso del Panóptico, que lo empezaron unos particulares y ya está terminado, pese a los incrédulos”, agrega.

Bajo las escaleras de ese edificio burocrático con un sabor a bocadillo con sal. No hay nada más horrible en el mundo que un músico que hable de números. ¿Y el teatro? ¿el arte? ¿la literatura? ¿los jóvenes? ¿la música? Cierro la página y me acuerdo del taxista del principio. Como consuelo, tengo en la agenda el primer concierto al aire libre que se realiza en el Panóptico, a medio construir. Es el único evento que hay en la ciudad en todo el fin de semana, y no se puede estar ausente.

Llego a la explanada, con 16.000 metros cuadrados de superficie, y me recibe el arquitecto Óscar Hernández, quien lidera este proyecto de 6.500 millones de pesos. Él vaticina que este lugar le va a cambiar la cara a la ciudad –lo inauguran antes de fin de año– y la va a convertir en un centro turístico de las artes. Lo dice con toda la fe del mundo. “Nos decían los loquitos del Panóptico, pero ya es una realidad”.

Este centro cultural, antes una cárcel en forma de cruz, contará con cafeterías y un auditorio para 300 personas, y en el que los cuatro costados de la nave principal se repartirán en un Centro de Derechos Humanos de la Comunidad Andina de Naciones, CAN, y un museo carcelario que conservará los murales de los reclusos con fotografías del Che Guevara. Los patios, con piscinas y escaleras de agua, estarán destinados al arte.

Justo ahora, en uno de esos patios suena algo parecido a fandango. Es la banda sinfónica, con violines y trompetas, ante unos diez asistentes, incluido este periodista. Hay que darles las gracias a los obreros que ayudaron a completar el aforo y a aplaudir en masa luego de cada interpretación de estos universitarios de sexto semestre. Y hay que repudiar la nula inquietud artística de la ciudad, que no vino a apoyar un evento musical de este calibre. “No importa el público. La idea es que estos muchachos se desarrollen. Y todo esto sirve, ya que el enfoque de la enseñanza no es ser un músico de excelencia –explica el director de esta banda John Riaño–, sino hacer más músicos que enseñen varios instrumentos”. Apenas terminan la carrera, la mayoría se va a las capitales a trabajar en una escuela.

Una postal elocuente que justifica a medias ese mote que les ponen a todos los sitios del país; el de Ibagué es “la ciudad musical de Colombia”. Pero no alcanza, eso sí, para inferir que todos los días y en varios lugares, como el Teatro o la Universidad, broten conciertos o espectáculos, como ocurre en una señora capital. Las presentaciones se limitan a circuitos cerrados o a los grandes festivales que ocurren en marzo, con los duetos, o en junio, con el folclor. Ahora mismo, no existe algo así como “las tardes musicales de viernes en el centro”.

Quijotes culturales

El panorama cultural de mi viaje ofrece lo siguiente: además de la tocata al aire libre, un concierto rezagado del Día del Amor y la Amistad ejecutado por el Trío Fantasía. Dos eventos en pocos días es un golpe de suerte, comenta la gente. El único lugar abierto los fines de semana es el Museo de Arte del Tolima, que tiene una exposición permanente de pinturas y grabados colombianos y una itinerante, que hoy exhibe fotografías de César K-rrillo.

El sostén de ese museo se llama Margareth Bonilla, mi fotógrafa. No entiendo por qué Arcadia me pone en estas. La mujer trabaja conmigo, pero dirige con el alma el único museo decente de la ciudad. Alberga una colección de trescientas obras nada despreciables para un coleccionista –Caballero, Negret y Manzur, entre otros–, así como abre espacios para la fotografía y el cine de autor. Bonilla lleva varias décadas por estos lados –Bogotá es sinónimo de cansancio– y gracias a su labor existe la fotografía en Ibagué y el único plan fijo los sábados y domingos. Pero me queda difícil criticar la poca ayuda que recibe, la falta de ortografía en las cartulinas o la carencia de espacios para los talleres u otras exposiciones.

Ella me contesta con orgullo: “Somos autosostenibles”, aunque prefiere omitir el hecho de que las autoridades le han cortado hasta la luz por no tener billete al contado o figurar en el presupuesto de las autoridades. Todos los años debe mendigar una partida al Ministerio de Cultura o al departamento.

Casi las mismas palabras de desdén utiliza Carlos Orlando Pardo, uno de los dueños de Pijao Editores, “la editorial más grande de provincia”. Su grupo de escritores e intelectuales agitan la pereza intelectual en la zona, con festivales como el de Los Caobos, lanzamientos de libros y talleres.

Me recibe en su casona, en las afueras de Ibagué, y me cuenta sentado en un pórtico que mira a las canchas de tenis que ya lleva publicados 217 títulos con énfasis en autores tolimenses y que, como no hay librerías en la ciudad, deben vender puerta a puerta entre oficinas de entidades, centros universitarios y en ferias. Su último éxito son los tres tomos de Manual de Historia del Tolima, con el 90% vendido a pesar del precio: 280.000 pesos. “Con este tipo de proyectos nos arriesgamos a todo. Tanto que ya he perdido varias casas y he quebrado otras tantas”, dice este escritor y columnista, del mismo combo de William Ospina. Al menos por ahora, otra bancarrota parece lejana.

De pasada, Pardo me invita a una fiesta de artistas, pero tengo otro compromiso en el bar bohemio de la ciudad, Palmeto. Teto Quintero, creador del Grupo Tama, me cuenta que la música en Ibagué tiene dos vertientes y que él pertenece a las dos: la del conservatorio y la que hace fusión con el folclor. “Los muchachos que tienen perfil de conservatorio se van a otros lugares a buscar su futuro, en cambio aquí se está gestando todo un movimiento alternativo con bandas de rock, de fusión, de folclor, de rap, que quieren decir muchas realidades”.

Como suena bien fuerte Silvio y Caifanes, en voz baja Teto me muestra a los comensales de las mesas vecinas. Allá, en el tablón de enfrente, conversa una joven tiplista que venía llegando de Oriente Medio, “una verdadera promesa”. Un poco más cerca, nos saluda con la mano una alemana –madura ella– que se enamoró de la música de estos lados y se quedó tocando un serrucho como si fuera un violín. “Ves, aquí hay música por todos lados”, remata.

Es verdad. A unas cuadras de esa peña folclórica sacada de los ochenta, en uno de esos barrios periféricos que sirve para confirmar la estadística de ciudad número uno en desempleo del país, Mauro y sus amigos hip-hoperos se suben a una tarima y con rimas y sonidos guturales expresan la violencia urbana y la inconformidad del sistema. “Que los paracos siguen en los barrios”, rapea Mauro.

Sus temáticas las definen como contexto social. Me junto con ellos en la Plaza de Bolívar, y muy cerca pasan esos músicos caminando con instrumentos, los del principio de este informe. Brota eso de ciudad musical, pero es solo un momento. “Eso es pura mierda. Aquí nadie nos ayuda a levantar nuestra música y solo nos buscan para campañas políticas, para acercarse a los jóvenes”, revela Mauro, uno de los que hicieron el primer festival de rap de Ibagué. A su lado está Fabián, quien tomó los primeros cursos de cine en la ciudad hace dos años, y que ahora quiere montar una escuela “ilegal” para hacer cortos. Nadie lo escucha, excepto el Museo de Arte, el de Margareth Bonilla, que le brinda el auditorio para unos ciclos de películas raras, más allá de que tenga pocos espectadores.

Así es Margareth. Lo último que hice fue acompañarla a dictar unas clases de fotografía a la Universidad del Tolima. Es un campus generoso, pero encierra el mismo problema que Ibagué: hay un movimiento cultural cerrado, reducido. Basta con mirar las carteleras: ofrecen cine negro, fotografía artística, campeonatos de fútbol y conciertos de rap para los estudiantes. Y en la ciudad son pocos los que saben de esto. El que más me llamó la atención fue un anuncio que invitaba a un campamento de fin de semana al aire libre para los amantes de Bob Marley. La verdad es que casi nadie se enteró, como siempre en Ibagué, pero de seguro ellos fueron los que la pasaron mejor ese fin de semana.

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