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Sobrevivir a la censura

Hace tres años se postuló a Teherán como Capital Mundial del Libro por ser el centro de la industria y la circulación editorial en Oriente Medio. Sin embargo, las cosas hoy parecen ser muy distintas.

2010/03/15

Por Catalina Gómez

Hamshid leyó por primera vez Cien años de soledad en 1974, cuando era un joven intelectual de izquierdas en una Irán donde todavía reinaba el Sha Reza Pavhlavi y la idea de un cambio que acabara con aquel régimen era un sueño que rondaba en la cabeza de muchos como él. “Pero esa traducción que yo leí, que hizo Bahmán Farzané desde el italiano, ya no se consigue en las librerías. La prohibieron años después de la Revolución. Ahora se encuentran tres nuevas traducciones pero no son buenas”, explica Hamshid mientras mueve sus brazos y se acomoda su sombrero desde el otro lado de la barra del café que tiene desde hace algunos años en el centro de Teherán.

A pesar de ser un lugar muy pequeño, solo cinco mesas bastante apeñuscadas, su café es unos de los sitios más populares entre los escritores de la ciudad. Allí se lanzan libros, se lee poesía o simplemente se conversa abiertamente. “El problema”, dice, “es que después de la Revolución algunos libros que ya estaban en el mercado iraní fueron prohibidos y a muchos otros se les obligó a hacer cambios como quitarles algunos pedazos para poder seguir circulando”. Los argumentos bajo los que se censuraban eran, y siguen siendo: no ofender la identidad nacional, el prójimo o la moral islámica.

Fue así como bajo el último argumento, traducciones como las de Cien años de soledad hecha por Farzané tuvieron que ser reemplazadas por otras nuevas que se adaptaran a la censura. Pero este es el mejor de los escenarios. Hay otros títulos que salieron del mercado y que nadie volvió a traducir. Y ya no se consiguen más. Esto es lo que puede llegar a pasar con un libro de la literatura clásica como El jugador, de Fedor Dostoievski, que después de muchos años de haber sido publicado ahora se le prohibió ser reimpreso. Las reglas dicen que cada vez que un libro se va a reeditar tiene que volver a ser revisado por el Ministerio.

Lo mismo ha ocurrido con muchísimas otras obras traducidas, como el último libro de García Márquez, Memoria de mis putas tristes; La última tentación de Cristo, de Nikos Kazantzakis; Eva Luna, de Isabel Allende; Mientras agonizo, de William Faulkner, e incluso libros de temas no literarios como arte, ciencias sociales, o religiosos. Todo aquello que tenga alguna aproximación crítica hacia la religión queda automáticamente descartado. Los libros de corte espiritual tampoco se salvan. Osho, por ejemplo, está prohibido después de haber sido un éxito de ventas en el país.

Y es que desde el comienzo de la presidencia de Mahmmoud Ahmadinejad la censura ha aumentado considerablemente. “Fue como retroceder siglos”, dice un editor que pide no ser identificado. Muchos libros publicados aún meses atrás fueron prohibidos y a otros se les exigieron modificaciones. Farj Sarkouhi, periodista cultural iraní residente en Alemania, escribió hace poco en un artículo en el que decía que el setenta por ciento de los libros previamente publicados en Irán han sido censurados en estos últimos meses. “Durante el gobierno de Mohammad Jatami muchos libros inapropiados fueron publicados. Como resultado es necesario ejercer más control, lo que naturalmente hace más lento el proceso de publicación”, explicó Javad Arianmanesh, miembro de la comisión cultural del Parlamento iraní, a varios periodistas que le cuestionaron sobre el tema.

Una larga historia

Lo cierto es que la historia de la censura de libros en Irán nunca ha sido homogénea, aun en tiempos anteriores a la Revolución. Los editores y traductores se quejan de que cada vez que cambia un ministro o un gobierno, cambian los cánones de la censura. Así que nunca saben cuál va a ser esa línea roja que van a cruzar. Durante el periodo presidencial de Jatami entre 1997 y 2005, por ejemplo, los límites fueron mucho más laxos.

Hay quienes dicen que nunca se había vivido una época de tal esplendor en la industria editorial iraní; se llegaron a publicar casi 54.000 libros al año, llegaron a existir más de 200 editoriales que trataban todos los temas posibles y Teherán se llenó de librerías. Todavía hay cientos entre grandes y pequeñas, estas últimas repartidas por los barrios de la ciudad. Había tanto éxtasis con el tema editorial que en 2004 se propuso que Teherán fuera Capital Mundial del Libro por su liderazgo editorial en Oriente Medio. Esto no se logró porque la censura era un lastre grande que llevaba detrás.

El número de ediciones, sin embargo, se ha ido reduciendo en los últimos años. En el 2006 el número de títulos publicados fue de 51.117, de los cuales 23.466 eran primeras ediciones. Y aunque en época de Jatami también se prohibieron muchos libros y se les exigía cambios a otros para poder ser publicados, tanto traductores, como editores y lectores coinciden en decir que la situación fue mucho mejor. “Al menos”, dice el mismo editor que pidió no decir su nombre, “se podía dialogar con los funcionarios del Ministerio para llegar a un acuerdo”.

Un ejemplo de la apertura que hubo en ese tiempo lo pone Nabid, que ha trabajado como periodista literario de varios periódicos, es que el Ministerio, después de negarse, aprobó la traducción que hizo un traductor muy famoso de Ulises, de Joyce, que nunca se había publicado. El problema fue que la presión de algunos conservadores fue tanta que el traductor dijo que no lo adaptaría a la censura pero que tampoco lo publicaría. “El aspecto de la censura en algunos momentos es muy raro”, explica Ramón Molaeie, uno de los pocos traductores iraníes que traduce directamente del español. “Por ejemplo, cuando quería publicar El verdadero final de la bella durmiente, de Ana María Matute, me dijeron que tenían que censurar su primer dibujo, porque el príncipe y la princesa iban montados a caballo juntos. Yo tuve que explicar en el libro que ellos se habían casado antes en esta fábula para que me la dejaran publicar”, cuenta.

Pero esta es una mínima modificación. Algunos traductores, para lograr publicar sus trabajos, quitan pedazos o páginas completas que creen que van a ser prohibidas para evitar de antemano la censura. “En Irán la gente que sabe de libros siempre se fija en quién es el traductor de un libro antes de comprarlo”, explica Nabid. Otros traductores intentan adaptar algunas palabras o pasajes, pero con cuidado; y otros directamente no traducen un libro cuando saben que para ser publicado tienen que quitar tanto que el libro perdería su sentido original. “Sé que El paraíso en la otra esquina, de Vargas Llosa, no lo voy a traducir porque tendría que sacrificarlo mucho para que pase la censura”, cuenta Abdollah Kowasari, uno de los principales traductores del país, que ha traducido desde el inglés casi todos los libros de Mario Vargas Llosa y Carlos Fuentes, entre otros.

“Con García Márquez no trabajo porque tiene muchos traductores”, agrega Kowasari. Una de las características del mundo editorial iraní es que no se hay derechos de copyright, así que cualquier libro puede ser traducido por todas las personas que quieran y ser publicado por las editoriales que lo deseen. Por lo mismo los libros son tan baratos. Cien años de soledad, para seguir con el ejemplo, cuesta en su versión de tapa dura alrededor de siete dólares (14.000 pesos). Un precio absurdo si se tiene en cuenta que las ediciones son por lo general muy cuidadas, el papel es de la mejor calidad y el diseño de las portadas tiene un nivel muy alto.

Los iraníes

A Masoud, que maneja otro café literario aunque menos famoso que el de Hamshid, le han devuelto su libro de poesía en dos oportunidades en los últimos tres años. No le explican la razón exacta por la que se lo rechazan y tampoco le permiten hablar con ellos. “Así, que ya veré si consigo publicar el libro por fuera de Irán, en Suecia quieren publicarlo”. Dice que esa es la opción que siguen muchos escritores debido a que luego pueden llegar con más facilidad al mercado iraní. Así sea a través del mercado negro, donde se consigue todo lo que no está en las librerías, especialmente aquellas obras de escritores locales que están prohibidas o cuyas versiones que están en el mercado han sido modificadas para pasar la censura.

Y es que los que más han pagado las consecuencias más duras de estas últimas revisiones son los mismos autores iraníes, contemporáneos o clásicos, hasta el punto que muchos escritores conocidos han decidido no publicar en Irán y abstenerse de mandar sus escritos al ministerio. Muchos saben de antemano que no les van a dar ningún permiso debido a que sus nombres están en la lista de autores que no pueden ser publicados. Uno de los grandes ejemplos de autores censurados es el del fallecido Sadegh Hedayat, considerado el escritor iraní contemporáneo más importante, cuyas obras no están autorizadas en el país.

Masoud mismo tiene una pequeña editorial pirata donde ya ha publicado más de cien títulos, con tirajes de trescientos ejemplares. “No me va mal, no me puedo quejar”, dice sonriente mientras prepara un café turco, la especialidad del lugar. “Pero no lo hago por plata, sino porque me gusta recuperar títulos que no se encuentran, como el Búho ciego, de Hadayat, que he tenido que reimprimir varias veces”.

“¿Qué cómo los vendo? Es fácil. Los entrego en algunas librerías especiales o a gente que vende en la calle, y ellos saben cómo moverlos”. Cuenta que lo que más vende no es literatura sino poesía, que los iraníes adoran, pero sobre todo filosofía. “También se vende mucha autoayuda, pero yo no hago libros de esos”. Y reconoce entre risas que Paulo Coelho es el autor de mayor ventas en Irán. “Pero los intelectuales lo odiamos”.

Por último, cuenta Masoud, que lo que hacen muchos jóvenes escritores o traductores es publicar las obras en la red. Hace poco, por ejemplo, empezó a circular otra traducción de Memoria de mis putas tristes que solo se consigue en internet. La versión de Cien años de soledad de Farnazé también se puede descargar. “Si de algo sabemos los iraníes que nos gustan los libros es cómo encontrar alternativas a la censura”, dice al terminar la conversación. Cómo decirle que no es verdad después de todo lo que ha contado.

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