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Un desastre en Aracataca

Hace dos años, cuando se conmemoraban los 80 años de García Márquez en medio de los fastos del Congreso de la Lengua, el Ministerio de Cultura anunció la reconstrucción de la casa natal del Nobel. Y con un voluntarismo inédito se dio a la tarea. Esta es la historia de cómo acabó todo aquello.

2010/03/16

Por Fabián Sanabria

“Mi recuerdo más vivo y constante es el de la casa misma de Aracataca, donde vivía con mis abuelos. Todos los días de mi vida despierto con la impresión, falsa o real, de que he soñado que estoy en esa casa. Estoy allí, sin edad y sin ningún motivo especial, como si nunca la hubiera abandonado”. He ahí las palabras memoriosas de Gabriel García Márquez, en su larga conversación con Plinio Apuleyo Mendoza recogidas en El olor de la guayaba, a propósito del lugar que desencadenara su vocación de escritor.

En algún lugar de sus memorias, Gabo señala que los cuartos de la casa de sus abuelos eran simples y no se distinguían entre sí, pero le bastaba con una mirada para darse cuenta de que con cada uno de sus incontables detalles habría de encontrar instantes cruciales de su vida. En sus libros, el Nobel se refiere muchas veces a cuartos arrinconados donde se depositaban trastos jubilados que desde niño mantuvieron en vilo su curiosidad. Imagino muebles de madera desgastados con el paso de los años, baúles y mecedoras viejas al igual que cuadros borrosos que concentraban la dignidad de unas cuantas familias.

Hace ya poco más dos años tuvo lugar el apoteósico jubileo que le dedicó el Congreso de la Lengua en Cartagena, cuando Gabo cumplió 80 años. Como parte de aquel rosario de homenajes, la mañana del 30 de mayo del 2007, salió desde Santa Marta rumbo a su pueblo natal, envuelto en un estruendoso bombo mediático: un trencito cuyos vagones acababan de llegar en tractomulas desde Medellín. Supuestamente, el tren inauguraba la Ruta Macondo, un paseo turístico que saldría desde la capital de Magdalena hasta Aracataca. A la cabeza iba Gabo con otras 42 personas, entre las que cabe mencionar a siete gobernadores costeños, dos ministros, otro par de viceministros y varios empresarios. En el segundo vagón iban más oligarcas nacionales y extranjeros y en el último, el de la cola, viajaban 30 periodistas. Era la noticia del día. García Márquez volvía a Aracataca después de 25 años.

De aquella visita del Nobel de literatura colombiano a Aracataca redunda cualquier comentario. Basta con bajar fotos de internet para interpretar el acontecimiento. Hay incluso algunos videos fácilmente rastreables a través de YouTube, donde se lo ve apabullado por la multitud, asomándose desde la ventana del trencito, rodeado de hordas de fotógrafos y acompañado de su esposa que fuma un cigarrillo y con mirada perdida dispersa sus cenizas…

En esa ocasión, Gabo no puso los pies en su morada de infancia, pero se mostró complacido con la idea de que restauraran su casa y, semanas después, desde México aprobó los planos en los que se diseñaba el proyecto de “restauración”.

Lo cierto es que el totémico proyecto de “reconstrucción de la casa” se puso en marcha. Meses más tarde, conversando con las funcionarias encargadas de “salvaguardar ese bien cultural”, me contaron que estaba muy deteriorado y que la señora ministra de ese entonces, cuyo nombre aquí no merece ser recordado, ordenó “tumbar el resto de rancho que había” y disponer de una amplia suma de recursos públicos para “construir una casa digna del Nobel de Literatura colombiano”.

Haciendo gala de su “creatividad”, los contratistas designados por el Ministerio de Cultura colombiano se pusieron manos a la obra, y a vuelta de poco la casa estuvo terminada con todas las de la ley. Desafortunadamente su asepsia horrorizó a los habitantes del pueblo, por lo que se convertirá en un “elefante blanco” que costó cerca de 800 millones de pesos, en medio de un municipio que carece de alcantarillado y servicios mínimos de salud, y cuyos habitantes se encuentran atrapados en la más extrema pobreza.

Con el paso de los días, nadie quería hacerse cargo de la nueva casa de los abuelos de Gabo y, como el presupuesto del Ministerio de Cultura es irrisorio, éste ya no contaba con los rubros suficientes para sufragar los gastos de celaduría y realizar otras adecuaciones necesarias en el terreno. Pese a ello, la Ministra de Cultura y sus asesoras también soñaban con una casa-museo: destinaron otros millones de pesos para comprar muebles, vajillas y bacinillas en algunos anticuarios de Bogotá y Santa Marta, con los cuales querían adecuar los cuartos de la casa para recrear una memoria impactante del lugar. Se supone que los objetos comprados están guardados en algún misterioso rincón de Colombia.

Con todo, hace unos meses, ninguna institución quería hacerse cargo de la casa de los abuelos de Gabo, hasta que por no se qué inspiración a alguien se le ocurrió la idea de entregarle la custodia de la casa-museo a la Universidad Nacional de Colombia. Entonces por delegación del señor rector, me correspondió como decano de la Facultad de Ciencias Humanas aceptar oficialmente el bendito “comodato”.

Tras varias reuniones en las que se precisaron cláusulas y parágrafos, llegó el anhelado día de la entrega oficial y, luego de pasar una noche en Santa Marta ensoñando el regalo, muy de mañana viajé en compañía de la secretaria de cultura, del gobernador de Magdalena y de otros funcionarios del Museo Nacional, en varias camionetas 4x4 que nos transportaron a toda velocidad rumbo a Aracataca.

Al llegar, descubrí una suerte de “templo bautista” en lugar de la vieja casa de los abuelos de Gabo. Quedé estupefacto ante semejante edificación y, con un nudo en la garganta, no tuve más remedio que declinar en nombre de la Universidad Nacional tan creativo regalo. ¿Quién se había atrevido a recrear olímpicamente aquel “lugar de la memoria”? Desde mi punto de vista, y dadas las características del supuesto museo, era casi imposible restablecer allí el mínimo recuerdo.

Lo único que aún no habían arrancado era el frondoso castaño “bajo cuyas frondas arcaicas debieron morir orinando más de dos coroneles jubilados de las tantas guerras civiles”, y la casita de los guajiros que, por pertenecer a la servidumbre, seguramente despreciaron los guardianes del patrimonio. El resto parecía un multifamiliar estrecho, con espacios de muñequero y precarias instalaciones eléctricas, donde supuestamente colocarían los muebles que a no sé qué gringo recrearían torpes anécdotas de Cien años de soledad.

En conjunto primaba una fría pulcritud rodeando un pretencioso jardín sembrado de artificios. Eso sí, todo muy dispuesto para engatusar turistas. Pero ni sombra de olores o sabores condimentados, de esos que en otro tiempo sazonaban el caldo de las añoranzas. Mucho menos cabía la posibilidad de imaginar los ecos de antaño, aquellos cuchicheos de las abuelas cuando bordaban en bastidores para contarse cientos de chismes en la fresca de la tarde.

La gente del pueblo afirmaba que tenía ganas de apedrear o quemar esa casa, que se sentían indignados ante semejante desperdicio de recursos públicos, especialmente por la ramplonería de quienes en nombre de la sacrosanta cultura tumbaron el rancho que había y, sin consultar a los habitantes de Cataca, levantaron ese pretendido museo.

De otro lado, el mayor temor de los responsables del proyecto era que la casa se convirtiera en sitio de parranda para los políticos de la Costa, dado el capital cultural de los servidores públicos del Caribe. Pese a ello, la Universidad Nacional no podía asumir los platos rotos de otros y, aunque teníamos todas las ganas de colaborar, sólo vislumbrábamos como remedio abandonar la idea de recrear en ese sitio un museo, y consagrar más bien la casa como centro cultural, administrado por el pueblo de Aracataca para promover la literatura de Gabo entre los habitantes de la Costa.

Ahora bien, para Gabriel García Márquez, como para muchos otros maestros de la literatura, el mayor receptáculo que contiene el mundo es la casa. A manera de espacio sagrado, ella representa un elemento capital para toda pasión de escribir. La casa significa para él un mundo soñado. Similar al mar o al vientre materno, es un estado ideal que permite recrear el universo. Pero, más que un hogar, la casa paterna, la de sus abuelos, como él mismo lo dice en sus memorias, “era un pueblo”, el libro fundamental en su “destino de escritor”.

Desafortunadamente mi recorrido por Aracataca corroboraba esta vez la imposibilidad de Macondo. En lugar de estación de ferrocarril sólo veía rieles corroídos en un potrero que jamás volverá a tener tren ni telégrafo, nostalgias carcomidas con el paso de los años, del mismo modo que ya no hay buques que recorran al Magdalena.

Similar al tiempo perdido en el que casas y rutas se vuelven fugitivas, sentía que las leyendas del realismo mágico superaban negativamente su edad, y mostraban desgraciadamente un rostro de tragedia, incapaz de recrear el alma infantil de otro momento, ya no lanzando a puñados sus riquezas, sino escupiendo flaquezas, con la enorme dificultad de fundir semejante patetismo en una creación nueva.

Finalmente, no juzgo los hechos ni condeno los nombres. Sólo concluyo, citando las palabras del Nobel en una Una conversación infinita con Miguel Fernández-Brasso, a manera de profecía auto-cumplida: “De la noche a la mañana los abuelos estaban muertos, las termitas habían derrumbado la casa y el pueblo estaba en la miseria. Fue como si por allí hubiera pasado un viento de destrucción (…) Tan pronto como tuve noción de lo que era un relato, comprendí que en aquella tragedia masiva había material para escribir una novela en la que todo fuera posible… Mi problema era destruir la línea de demarcación que separa lo que parece real de lo que parece fantástico. Porque en el mundo que trataba de evocar esa barrera no existía”.

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