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Un túnel del tiempo

Es una ciudad tranquila, parsimoniosa, blanca, monástica. Tiene una actividad cultural discreta pero viva y sin los aspavientos de las grandes ciudades. En sus calles alternan los músicos, las parejas de novios y los fantasmas de sus trece ex presidentes.

2010/03/15

Por Julio César Londoño

Cuando Arcadia me propuso hacer un reportaje sobre la oferta cultural de Popayán, el tema no me entusiasmó. Primero, porque he descubierto que soy alérgico a la cultura: en cuanto piso el umbral de un museo se me alborota el lumbago, los festivales de poesía me deprimen, el teatro es un cine de pedal, la música sinfónica es histérica, a los conferencistas prefiero leerlos, el ballet clásico me parece mañé y el moderno es muy fino para mí.

No creo que nadie se resista el arte en general. Uno quiere tres actores (Juliette Binoche, Jack Nicholson y otro), ciertos libros, unas canciones y ya, hasta ahí. Las demás, las diez mil obras de los mil artistas con los que hemos tenido ese trato superficial que los diletantes estilamos son apenas brebajes que tenemos que tragar para descubrir a esos pocos terrícolas entrañables que han compuesto para uno, a esos “parces” que nos hablan al oído y para siempre.

Pero finalmente acepté el encargo porque la situación está muy dura; y porque Popayán me encanta. Es bella, lenta, anacrónica y completamente refractaria al progreso. Está detenida en algún momento impreciso que oscila entre el siglo XIX y los primeros años del XX, atrincherada en sus muros de calicanto, sus faroles y sus empedrados. Nadie se sorprendería si se topara en cualquier esquina con el general Tomás Cipriano de Mosquera, o el fantasma de alguno de los trece ex presidentes de la República que ha parido la ciudad. Permance libre de trancones, TransMilenios y tecnologías, y está bien así: un café internet en Popayán es tan disonante como un reloj digital en las paredes de Altamira o un pterodáctilo en el cielo de Manhattan.

Quizá por esto mismo es modesta la “oferta cultural”, un concepto tan moderno como el que más. El sector del cine es crítico. La ciudad tiene una sola sala, sus sillas y equipos son casi de la época del general Mosquera y la programación es de una indigencia conmovedora. Por fortuna ya está anunciada la construcción de dos grandes centros comerciales; de manera que dentro de poco los payaneses podrán disfrutar de carteleras idénticas a las de las grandes ciudades del país, es decir, Shrek 7, Harry Potter 14, George Clooney, Jennifer Aniston y todo el Bluff de la bonanza del novísimo cine colombiano, fenómeno que, salvo algunas películas como Al otro lado del espectro, huele mal.

Tulio Enrique Mosquera, vicerrector de Bienestar y Cultura de la Universidad del Cauca y “pariente colateral del general Mosquera”, opina que la pobreza de la cartelera payanesa tiene el mismo origen aquí que en todas partes: el monopolio de la distribución del cine por parte de la todopoderosa industria estadounidense.

Por fortuna es una ciudad anacrónica, como les contaba, y tiene seis cineclubes que salvan al payanés de la globalización de la pendejada. El jueves, por ejemplo, el día de mi llegada a la ciudad, pude ver en el cineclub del Teatro Bolívar los 400 golpes de Truffaut. Los cineclubes me los descubrió Carolina, una bella estudiante de diseño que apareció colgada del brazo de mi fotógrafo, Álvaro Muñoz, un documentalista que me inspiró confianza desde el primer momento porque me confesó sin aspavientos que era un pésimo lector y que ni siquiera había leído a García Márquez. Esto es lo que necesito, me dije, un animal gráfico, y agradecí que el fotógrafo que había contratado Arcadia se hubiera largado: “¡Yo soy un artista! ¡No me cambie las locaciones!”, fue lo último que dijo antes del portazo.

Popayán, o al menos su sector histórico, es de una pulcritud pasmosa: todas las paredes son blancas, los avisos dorados o en madera o en piedra sahara, el espacio público es tan ordenado como en Ámsterdam, las calles limpísimas. Hasta los vándalos se han contagiado de la sobria elegancia de la ciudad y se limitan a estallar una sola bomba de pintura negra, digamos, sobre un muro alto, largo y blanquísimo.

Las opiniones sobre la vida cultural de la ciudad dependen de la edad del entrevistado. Los mayores se quejan de que la gente ya no lee y que no hay sitios para conversar ni con quien hacerlo. La realidad es que se les han ido muriendo los amigos y, claro, la muerte de los amigos es el fin del mundo. Los jóvenes rezongan menos. Quizá no son tan exigentes o se dicen “esto es lo que hay” y lo disfrutan. O lo inventan. Se reúnen a tomar café en Tierra Adentro, enseguida del hotel La Herrería, o en Kaldivia, en la Calle de las Monjas, o se van a tomar cerveza y a escuchar grupos de músicos locales en La Iguana Bar en la Calle de San Francisco o en Madeira Café en la Calle de Piedra Grande o simplemente se tiran en los amplios andenes cubiertos del Banco de la República, un punto de encuentro muy popular entre los jóvenes.

Adentro, el Banco organiza recitales, talleres de literatura y proyecciones de cine animé. A su biblioteca acuden 1.200 usuarios por día y “no todos vienen a hacer tareas”, me asegura Javier Antonio Velasco, el coordinador cultural de la entidad.

Popayán tiene un periódico, una emisora cultural y un canal regional de televisión. Consultarlos, hay que decirlo, no es una experiencia demasiado voluptuosa.

El viernes, Giovanni Quessep me dice que la vida cultural de la ciudad es muy pobre. Un personaje que solicita la reserva de su nombre, me cuenta que la obra del poeta Valencia lleva años sin reeditarse porque su familia dice que los editores son unos ladrones hachepés, y que los programas de formación artística son deficientes. El hecho de que solo un programa de la Facultad de Artes de la Universidad del Cauca (artes plásticas) esté acreditado, parece darle la razón.

El sábado aproveché un descuido del fotógrafo y me volé con Carolina a visitar librerías. Las librerías son muy lánguidas: sólo hay una que merezca ese nombre, se llama La Ciudad Universitaria, es bonita, diversa y pequeña, casi portátil; la más tradicional es Macondo pero su dueño solo la abre cuando está de genio y quiere tertuliar con sus amigos; la otra es el Fondo Editorial de la U. del Cauca, que funciona en una pieza de la Casa Caldas y está compuesta en su totalidad por esas colecciones especializadas, sesudas e ilegibles que las universidades estilan. Se consigue La virgen de los sicarios, o la demostración novelada de que en el fondo del alma de cada colombiano hay un sicario agazapado. Las librerías no tienen, en cambio, Anna Karenina de Tolstoi, ni Esperando a los bárbaros, de J. M. Coetzee. Habla bien de los payaneses el hecho de que no lean al facundo conde ruso ni a Coetzee, ese brillante émulo africano de la parsimonia narrativa decimonónica. Yo también prefiero a nuestro energúmeno y vertiginoso paisa.

En síntesis, no es mucho lo que tiene para escoger un lector en Popayán. La explicación de los libreros es breve: el surtido es pobre porque la gente no compra libros, y no los compran porque son muy caros.

Hay poetas, narradores y cuenteros, pero la crítica literaria no despega por culpa de esa plaga pedante, el estructuralismo, una cosa llena de flechas y “sintagmas” que se empeña en despedazar la rosa para buscar el misterio de su encanto. Y lo logra: la despedaza.

Una queja se repite: el presupuesto cultural de la ciudad se va, íntegro, en dos eventos mimados: la Semana Santa y el Festival Gastronómico. Tourism is money, Watson.

Existen varios museos públicos, entre ellos el de Arte Religioso en la Calle Santo Domingo, el de Historia Natural, el Guillermo Valencia en la Calle del Humilladero, el Martínez en la Calle del Ejido y la Casa Mosquera en la Calle de los Próceres, pero apenas los miré, unos por el lumbago del que les hablaba y otros porque están cerrados la mayor parte del tiempo. Claro que si uno insiste un poco alguien va a la vecindad y despierta al portero y el buen hombre corre y lo abre y atiende al visitante con erudita amabilidad. El número de “museos secretos” es mucho mayor; como el doña Lidia Valencia, “parienta lejana del poeta”. Su casa, al igual que muchas otras hidalgas moradas payanesas, es un museo privado. Permanece cerrada porque no tiene apoyo del municipio para mantenerla abierta. “Y por seguridad. Ya me han robado varias veces”. Queda a una cuadra del puente del Humilladero y guarda una estupenda colección de armas. En grandes panoplias forradas en paño púrpura hay bayonetas, arcabuces, cadenas rematadas en esferitas de hierro erizadas de púas, sables herrumbados, puñales muertos de sed, alfanges llenos de arabescos y pistolas de gas, de pedernal, de fósforo, en fin, toda la gama de ingenios que hemos ideado en el curso de los siglos para sobrellevar al prójimo. Doña Lidia conoce la historia personal de cada una de estos instrumentos pero solo se detiene en algunos y nos cuenta minicuentos de amores fatales y conspiraciones arteras. Sus relatos tienen la riqueza del detalle, el tino de la poesía y la economía de los maestros; y un humor que ilumina un rostro perfecto que el tiempo no ha podido arruinar. Ella es la mejor pieza de su museo, me digo, la beso y salgo.

En los parques es frecuente encontrar grupos de músicos callejeros del sur de Colombia, Ecuador y Perú que interpretan aires andinos con unos atavíos indígenas demasiado teatrales; sobrevestidos, digamos. Killa Raymi es un bar donde se presentan estos grupos y los parroquianos, jóvenes urbanos de bluyines y zapatillas, bailan las danzas indígenas en medio de nubes de humo seco y destellos estroboscópicos.

La semana es tranquila, monástica. La vida nocturna empieza a moverse el jueves. El día fuerte es el viernes. Los sábados son reposados y sus tardes tienen aire de domingo. Como en todas partes, la mañana del domingo es fácil pero la tarde está siempre nublada por la inminencia del lunes, y en sus calles solitarias solo se ven unas bolas de heno que ruedan impulsadas por los vientos del volcán Puracé con el fondo de una quena que llora en alguna parte para nada, para nadie.

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