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Una agenda oculta

Tras décadas de olvido e inoperancia, la capital del Magdalena empieza a abrir los ojos a la cultura. ¿Quiénes son los responsables de un buen festival de teatro y un empeño en que la gente lea más?

2010/03/15

Por Diego de la Rosa

Con una sofocante temperatura promedio de 33° C bajo la sombra y fuera del espejismo turístico de El Rodadero, el primer pensamiento que inspira la costera ciudad de Santa Marta para quienes la visitamos es el de un pueblo fantasma. Calles sucias y por algún motivo despobladas en hora pico son la constante en el aún hermoso centro histórico, que alberga edificaciones influenciadas por la arquitectura del periodo republicano. En la plaza central, dos ancianos toman café mientras miran en silencio el horizonte infinito del Mar Caribe que, afortunados, tienen justo en frente.

Estoy en la plaza del Parque Venezuela, un acogedor pasaje cubierto de frondosa vegetación en el centro de la ciudad, utilizado frecuentemente como sitio de encuentro, escenario cultural y “parchadero” en el que los samarios de todas las clases y edades se refugian del sopor y ven pasar el tiempo mientras toman café, fuman cigarrillos o simplemente “miran lejos”. Allí me entero de todo lo que necesito saber para conocer cómo funciona la vida cultural de Santa Marta, consagrada por la Constitución de 1991 como “Distrito Turístico, Cultural e Histórico”.

A pocos metros, en una enorme mole de concreto erguida frente a la playa, está el Banco de la República, edificio que alberga desde 2001 la única biblioteca pública de que dispone la ciudad. La entidad maneja también desde 1980 la primera “sucursal” regional del Museo del Oro ubicada en una antigua casa cercana. Aunque ambos espacios lucen algo desgastados por el tiempo y el uso, registran, según sus directivas, un promedio de 700 visitas diarias que se traducen en un aproximado de 208.000 visitantes al año, en su gran mayoría estudiantes de colegio que asisten sin costo alguno. Nada mal para una ciudad que, según el Censo Nacional de 2005, cuenta con unos 415.000 habitantes.

A la salida del Museo, un joven estudiante al que le pido indicaciones, me ordena: “Tienes que ir a la Alianza”. Y no es difícil entender por qué lo dice. A solo un par de cuadras, muy cerca de la popular “calle de las putas”, en una llamativa casa pintada de color amarillo está la Alianza Francesa, que se ha establecido como uno de los espacios culturales más atractivos de la ciudad, en particular para el público juvenil que disfruta una oferta ininterrumpida de películas francesas y europeas a través del cineclub, una programación de conciertos que abarca desde música clásica hasta electrónica, pasando por jazz y chanson française, y una arrojada selección plástica que acoge la obra de talentos emergentes –que no tienen acceso a espacios más tradicionales– y la exhibe con desenfado en sus pasillos y salones.

Ya es de tarde y el calor aprieta. Tras un par de breves citas en el café del parque, recorro en un taxi desvencijado cinco kilómetros de camino hasta la Quinta de San Pedro Alejandrino, atracción turística de alto nivel administrada y cuidadosamente conservada por la Fundación Museo Bolivariano de Arte Contemporáneo, centro cultural creado en 1986 que exhibe en sus cuatro salas permanentes una exquisita selección de obras de artistas naturales de los países bolivarianos, maneja una biblioteca especializada en artes plásticas y realiza eventos culturales de danza, música y artes escénicas en un hermoso teatro al aire libre, rodeado de árboles centenarios que bañan de agradable sombra el escenario. La Quinta alberga también en sus predios el Jardín Botánico, que, además de contar con trece valiosas colecciones vivas registradas ante el Instituto Alexander Von Humboldt, sirve como refugio para mujeres adineradas que ocupan su tiempo libre en el cultivo de helechos y flores exóticas.

La distancia desde el centro de la ciudad, donde es posible caminar a todas partes, y entradas que oscilan entre 6.000 y 9.000 pesos por persona, limitan sin embargo el acceso del público samario a este espacio. Una veintena de colegialas en uniforme y un grupo de turistas cachacos recorren el inmaculado espacio entre murmullos. El museo, financiado en gran medida con aportes de la empresa privada y más recientemente con una contribución del gobierno venezolano, recibe anualmente la visita de unos doce mil estudiantes cuyas entradas son sufragadas por el gobierno local.

La llovizna que me sorprende al salir sólo revuelve el calor. A medida que avanza la tarde, Santa Marta se ve más animada. Mi última cita es en el Centro Cultural San Juan Nepomuceno de la Universidad del Magdalena, una apacible y antigua edificación, sede del Museo de Arte que cuenta con tres salas y un récord de exposiciones periódicas con artistas locales y nacionales. Además de la edición semestral de Galería, única revista cultural de la ciudad, San Juan Nepomuceno dispone de un cómodo auditorio múltiple, una librería y la emisora “cultural” de la universidad en la que es posible sintonizar desde programas informativos hasta el reggaetón de moda, género que es sin lugar a discusión, el soundtrack permanente de la localidad.

Cae la noche y me dirijo a Burundún, una suerte de bar y anticuario que además de magníficas piezas de colección y muy buena comida, ofrece una alternativa al estruendo insufrible de los locales nocturnos en el resto de la ciudad. Autodenominado “el sitio de la bohemia en Santa Marta”, el lugar es frecuentado por parejas de cierta edad que conversan y se divierten viendo antigüedades al ritmo de son cubano, tango y música colombiana.

Allí, debo encontrarme con Simón Sánchez, responsable de Tumbacuatro, fundación dedicada a la promoción y difusión de la actividad cultural en Santa Marta a través de afiches de bajo presupuesto que enumeran los eventos del mes y se distribuyen por toda la ciudad. Esta iniciativa independiente, ha servido para vigorizar el trabajo de una prensa local apática y poco especializada que se limita a transcribir boletines de prensa y enviar fotógrafos a los eventos, pero se abstiene de realizar cubrimiento formal de las actividades. Ni hablar de crítica cultural.

Y es debido a ese desdén de los medios que tal vez no se conocen actividades como el Festival Internacional de Teatro del Caribe que con el apoyo de UNESCO y 18 ediciones ininterrumpidas, pasa prácticamente inadvertido en el resto del país. En su más reciente edición, el Festival presentó compañías de Venezuela, México, República Dominicana, España y Argentina. Explican sin embargo quienes han asistido a las presentaciones que a menudo se irrespetan los horarios y se cambia arbitrariamente la programación sin aviso alguno. Su directora, Patricia Moreno, que asegura haber recibido 22 mil espectadores en su última edición, apunta al respecto que “en Santa Marta no existe el tiempo. Eso hace parte de nuestra cultura”.

En este orden, se encuentra también la Jornada de Cine y Video Bolivariano, un certamen audiovisual creado hace cinco años por Manuel Quinto, peculiar personaje conocido en la ciudad por su afición al cine y su manía de llamar “pípi” a todo el mundo. La idea de la actividad que dirige es convocar a realizadores de los países bolivarianos para participar en una competencia audiovisual. El público de la muestra, asegura Quinto, es abundante cuando se realiza al aire libre y más bien reducido en recintos cerrados. Lo que resulta extraño si se conoce que en la ciudad existen cuatro o cinco cineclubes que proyectan semanalmente en distintos escenarios y en la Universidad del Magdalena se encuentra el único programa formal de cine y audiovisuales disponible en la costa caribe.

Con la llegada tardía de los centros comerciales a la ciudad hace un par de años, llegaron –también atrasados– los multiplex de Royal Films y Cinemark que se disputan en ocho salas comerciales las preferencias cinematográficas del público local. A este respecto, Cinemark ha creado el programa “Jueves de Cinearte” en el que se proyectan las películas extranjeras e independientes que logran colarse en los circuitos de exhibición comercial. La sala, sin embargo, tampoco se llena.

Poeta al Mar Abierto

A lo largo del recorrido, cada una de las personas entrevistadas termina irremediablemente por hablarme del poeta Hernán Vargascarreño, responsable del programa de recitales Poesía Mar Abierto, acción cultural que bien podría ser considerada como la más significativa en la historia reciente de Santa Marta.

Luego de 133 presentaciones en un espacio de 16 años y medio, con la presencia de unos 145 poetas venidos de todos los rincones del país y el mundo, con auditorios colmados por un heterogéneo público, la actividad llegó a su fin por falta de apoyo del gobierno local.

“Santa Marta es una ciudad estéril para la lectura y ni hablar de la poesía, que es lo que menos se lee, lo que menos se edita y lo que menos se publica. Eso nos motivó a empezar este trabajo”, me dice Vargascarreño contrariado mientras enciende un cigarrillo. Sus palabras no podrían ser más precisas.

El programa de recitales que dirigió hasta septiembre pasado, sumado a la publicación y distribución gratuita de unos 20.000 ejemplares de modestos libros de poesía y cuadernillos literarios, representa toda una proeza particularmente en una ciudad en la que el índice de analfabetismo supera el 14%, según señalan cifras de la Gobernación departamental, la cobertura en educación básica secundaria es de tan solo 68% según un reporte del Ministerio de Educación Nacional, no existe ninguna biblioteca pública estatal y solo es posible encontrar dos librerías de carácter comercial.

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