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Adiós, Hollywood

Series exitosas como Sex and the City, 24 Horas y Desperate Housewives conquistan a las estrellas de Hollywood , que poco a poco abandonan la pantalla grande. ¿Popularidad, mejores pagos o crisis de creatividad en el cine?

2010/03/15

Por Camila Moraes*?Bogotá

Si Julia Roberts, alejada del star system desde que tuvo gemelos, estuviera preocupada en cuidar su carrera hoy, seguramente estaría en la televisión. Se buscaría quizás un rol como el de Glenn Close –otra actriz de cine reconocida– en la serie Damages, donde hace de una poderosa abogada y es muy respetada por su trabajo, a pesar de no ser en el ambiente supervalorizado de la pantalla grande. Si fuera hombre y le gustara la acción, tal vez sería un Jack Bauer en 24 Horas y disfrutaría las ventajas de una de las más grandes audiencias de la televisión abierta. Si prefiriera la comedia, se conseguiría un empleo tan bien pagado como el que Ray Romano tenía cuando era protagonista de Everybody loves Raymond y se ganaba 1.8 millones de dólares por episodio grabado.

Los actores de Hollywood se están pasando a la televisión. Hoy en día, prendemos la tele y no son pocas las estrellas del cine norteamericano, el más importante y económicamente fuerte del mundo, que llenan la programación de la pantalla chica con series que no solo alcanzan grandes audiencias, sino que tienen enganchados a los espectadores –que hace mucho dejaron de mirar la cartelera para más bien quedarse en casa, pendientes de sus seriados preferidos.

Si se trata de cine o televisión, hoy la diferencia ya no se nota por el casting. Eso muestra hace tiempo la programación: George Clooney haciendo de médico en ER, Sarah Jessica Parker protagonizando la notoria serie femenina Sex and the City (que ahora volverá en forma de película), Jennifer Beals de lesbiana de The L Word, Charlie Sheen en el trío de Two and a Half Men, Alec Baldwin de ejecutivo cómico en 30 Rock y James Spader de abogado manipulador en Boston Legal.

Esta tendencia, hoy bastante clara, empezó en los noventa con series de culto como Friends y Archivos X. De hecho, Jennifer Aniston y sus compañeros de Friends alcanzaron una popularidad y pagos (un millón de dólares por episodio para cada “amigo”) antes inalcanzables para actores de televisión y reservados con exclusividad a los mejores remunerados de Hollywood, como su ex novio Brad Pitt. Pues la cosa evolucionó de tal manera que, hoy en día, Pitt y su actual novia, Angelina Jolie, se volvieron productores ejecutivos de una serie del canal HBO, todavía por estrenar, que retratará la vida de funcionarios de organizaciones humanitarias. El encargado de escribir el piloto es Scott Burns, guionista de El ultimátum Bourne y productor de Una verdad inconveniente o, en otras palabras, otro trasteado de Hollywood. Y en la misma NBO, el respetable actor de cine Edward Norton (El club de la pelea, La estafa maestra) es también productor ejecutivo de una serie de diez horas llamada Undaunted Courage, una colaboración con la National Geographic. Conclusión: delante o detrás de cámaras, la televisión se volvió un lugar interesante y un buen negocio.

El hecho de que el cine estadounidense esté perdiendo sus talentos y que las series norteamericanas sean hoy un polo de atracción tiene un porqué: la televisión dominará el futuro de la narrativa. Esta es la opinión, por ejemplo, de Robert McKee, de 65 años, uno de los más famosos “entrenadores” de guionistas de Hollywood, cuyos 5.000 alumnos hasta hoy suman 476 nominaciones al Emmyx, 141 de ellas conquistadas.

Autor de una biblia para los contadores de historias, el libro Story (Regan Books, 1999), McKee cree que el ascenso de series televisivas como Six Feet Under, Sex and the City, Deadwood y Los Soprano corre en paralelo con el declive del cine. En una de sus varias entrevistas a la prensa sobre el asunto, el especialista afirma que, además de la crisis creativa de Hollywood, “esta tendencia, que observo hace veinte o treinta años, tiene que ver con un cambio en el mercado de guiones, que hoy valoriza historias del tipo ‘multiprotagonista’, ‘multienredo’, preconizadas en el cine por Robert Altman, muy exploradas por el cineasta mexicano Alejandro González Iñárritú y que llegaron a su ápice en la televisión”.

Sobre la crisis del cine, Robert McKee opina que “hoy hacemos películas sobre películas, y no películas sobre la vida”. Es por eso que, antes de los actores, los mismos productores, directores y guionistas de la industria se volcaron a las series, hoy muchas veces “técnicamente impecables”.

Pues parece ser esa excelencia –y no los sueldos astronómicos, más típicos del cine– lo que atraería a la misma Julia Roberts. Es que la explosión creativa que vive la televisión desde hace unos seis años generó efectos inesperados: aumentó la competencia por papeles, puso más poder (y plata) en las manos de los que están por detrás de las cámaras y disminuyó los sueldos de los actores principales. Por eso, no se ven más pagos cinematográficos como el de Ray Romano, que en un año de veinticuatro episodios llegó a ganarse 43 millones de dólares por Everybody loves Raymond (que duró 10 temporadas, y terminó en el 2005) o de Kelsey Grammer, de Frasier (1993-2004), con 1.6 millones por episodio o poco más de 38 millones al año.

Pero esos son otros días: el actor de televisión más bien pagado hoy es James Gandolfini, el capo de Los Soprano, con 800.000 dólares por episodio, mientras Kiefer Sutherland, que dejó de lado una bien lograda carrera en el cine para protagonizar la exitosa serie 24 Horas, se gana no más que 400.000 dólares por episodio. Eso se explica porque tanto Gandolfini como Sutherland no están compitiendo entre ellos, actores de gran calibre, sino con otras historias. Tanto es así, que un actor de calibre mucho menor (Zach Braff) y de una serie que ocupa el 94º lugar del ranking televisivo (Scrubs) se gana un sueldo parecido: 350.000 dólares por episodio. Cosas de una posible justicia salarial. Según Dick Wolf, productor de Law & Order y uno de los negociantes más duros de la industria norteamericana, “a pesar de un actor reconocido ser muchas veces un ingrediente deseable en la receta, lo que cuenta actualmente en la televisión no son las caras de revistas de farándula, sino los guiones”.

De todas maneras, no hay que engañarse: el trabajo en la televisión compensa. Es lo que enseña la serie Desperate Housewives, que por su altísima audiencia (un promedio de 25 millones de espectadores por mes, según estadísticas oficiales de octubre de este año) generó franquicias –y con eso, claro, renta adicional– en Brasil, México, Chile, Argentina y Colombia bajo la supervisión del argentino Adrián Suar y su productora Pol-ka. Sin hablar de los DVD, fuente considerable de dinero para redes como HBO, y otras ventanas de exhibición, como los portales Yahoo, iTunes y MySpace, que ya venden algunas series televisivas por descargas a 1,99 dólares (el episodio) y representan un nicho bastante rentable. Ya en el mercado europeo, para tener una idea, cada episodio de Desperate produce dos millones de dólares. Todas esas, informaciones determinantes al momento de la definición de un sueldo.

Sin ostentar ningún nombre estelar y con sus pagos más ajustados, series como C.S.I., Lost, Heroes y Grey’s Anatomy se establecieron en los últimos años como campeonas de audiencia. C.S.I, por ejemplo, ocupa hoy, según los datos oficiales de octubre, el primerísimo lugar en el ranking de audiencia con cerca de treinta millones de espectadores por mes. Mientras tanto, películas importantes que se estrenaron hace poco en el mercado estadounidense alcanzan números que preocupan a la industria, como es el caso de Gone Baby Gone (drama policial dirigido por el popular actor de Hollywood Ben Afleck con apoyo de Miramax Films), que registró un decepcionante medio millón de entradas en su primera semana de exhibición.

Aparentemente, la televisión norteamericana, con sus ejemplos de profesionalismo técnico, constante renovación creativa, amplia exploración de ventanas de exhibición y competencia entre actores, está acabando con el viejo star system, antes una receta fácil de Hollywood y sus películas. Quizás con la presente amenaza, el cine norteamericano aprenda la lección. Y conquiste otra vez a Julia Roberts, que seguramente ya no necesita bultos de dinero.

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