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Amores literarios entre México y Colombia

García Márquez, Alfonso Reyes, Álvaro Mutis y José Gorostiza son solo algunos de los protagonistas de una relación que ha sido una larga, honda y fructífera conversación literaria entre los dos países

2010/03/15

Por Equipo Editorial Conaculta *?México D.F.

Al referirse al paso que hizo el poeta mexicano José Gorostiza por la convulsionada capital colombiana en 1948, Juan Gustavo Cobo Borda no duda al afirmar que las dolencias que el escritor mexicano tuvo por aquellos días y que lo postraron en cama con fiebre, se debieron, ni más ni menos, a que el poeta mexicano sufría de una “infección poética. La fiebre de la creación”, la misma que, asegura Cobo, le permitiría comenzar a perfilar su “Declaración de Bogotá” —poema publicado ese mismo año.

No sería sin embargo Gorostiza ni el primero ni el último poeta mexicano en caer bajo el influjo de esos “males de poética infección”, esas “fiebres de la creación” a las que alude Cobo Borda. La historia de la conversación lírica entre mexicanos y colombianos ha sido y sigue siendo larga y fructífera, honda y múltiple. Han transitado por la lista de iluminados por los influjos de la fiebre creativa Carlos Pellicer, que ya en 1919 con “Preludio” había regalado una mirada inmortal de la Bogotá de entonces; Jaime Torres Bodet, compañero de Gorostiza en aquel viaje; Gilberto Owen, desde luego, quien estableció su residencia, se casó y tuvo dos hijos; y en tiempos más recientes, escritores de la talla de José Emilio Pacheco, Hugo Gutiérrez Vega, Vicente Quirarte, Marco Antonio Campos y María Baranda, por citar solo algunos nombres.

Poco más de seis décadas después de que José Gorostiza evocara a la capital de todos los colombianos como arropada “en un tenue plumaje de llovizna”, México acude como país invitado de honor de la Feria Internacional del Libro de Bogotá 2009. Lo hace con la distinción de ser la primera nación que acuda por segunda vez como invitado de honor a este evento, sin duda, uno de los acontecimientos de mayor trascendencia en la vida cultural colombiana.

Invitado por vez primera en 1993, México presentó entonces una delegación que incluyó a plumas de prestigio y solidez intelectual como Carlos Monsiváis, José Emilio Pacheco, Elena Poniatowska o Fernando del Paso, entre otros. Bajo el lema de “México, un libro abierto”, ofreció a los visitantes a la Feria cerca de quince mil volúmenes a la venta acompañados por un programa cultural esforzado por articular los valores de modernidad y tradición, memoria y transformación, que imperaban en el México de fines del siglo XX.

Muchas cosas han cambiado desde entonces y la propia Feria Internacional del Libro de Bogotá ha recogido los frutos de estos años de consolidación hasta erigirse hoy en día como un espacio cultural privilegiado por los lectores colombianos reconocido entre creadores y profesionales del libro por toda Iberoamérica.

Pero hay cosas que no cambian, asuntos cuya persistencia nos va haciendo lo que quiera que seamos. Entre toda el agua que ha pasado bajo nuestros puentes persisten la amistad y la admiración recíproca: interminables veneros de empatía que se multiplican y bifurcan para recordarnos lo difícil que es encontrar dos países entre los que la coincidencia y no la diferencia sean la constante más natural.

Las relaciones culturales entre mexicanos y colombianos se han desarrollado a la sombra de esta extendida convicción de identificación fraterna y el intercambio de ideas y argumentos que ha enriquecido a ambos países permea ya las médulas de ambas culturas: la simpatía obvia entre nuestros autores y editores es también una conversación vitalísima en la arena de la cultura popular.

Los nombres de Álvaro Mutis, Gabriel García Márquez, por supuesto, Fabio Jurado, Marco Tulio Aguilera Garramuño, Eduardo García Aguilar, R-H. Moreno Durán, Antonio Montaña, Fernando Vallejo, sin dejar de lado, desde luego, a Porfirio Barba Jacob aparecen como metáforas de ese gran ir y venir de versos, sitios, enunciaciones y nostalgias que no se sabe ya, ni falta hace, si han ido de México a Colombia o viceversa.

“Soy mexicano de corazón” ha dicho el crítico, ensayista y narrador Antonio Montaña, quien llegó a México en calidad de exiliado en 1954. Para volver, ha afirmado también Montaña, no es necesario viajar, a México se le revive releyéndolo, viviéndolo a través de ese imposible sentimiento de lejanía que todo mexicano siente al llegar a Colombia. No hay manera de sentirse lejos de casa cuando se camina por la avenida Caracas y se descubren mariachis por todos lados, cuando por doquier se habla de María Félix, Jorge Negrete o Javier Solís como si fuesen a aparecer en cualquier momento en medio de una plaza bogotana.

A ese afecto caudaloso y lleno de vida, México se ha propuesto corresponder desplegando su mayor esfuerzo para hacer que, incluso con las difíciles condiciones que su economía atraviesa, su presencia como País Invitado de Honor en la 22.ª Feria Internacional del Libro de Bogotá, constituya uno de esos momentos en los que dos viejos amigos, cómplices del quehacer cultural, reiteren aprecios, admiraciones y compromisos vitales mutuos sobre la marcha.

No es solo el hecho de que Colombia y México tienen pujantes industrias culturales y del libro, o el medio millón de visitantes que se esperan para la ya inminente Feria de este año. Tampoco es solo lo mucho que en materia de programas de promoción de la lectura tenemos que aprender de las exitosas experiencias colombianas, o cuánto hay que compartir sobre la comprensión de la cultura como elemento esencial para la cohesión social. Es todo eso y más. Es una historia intelectual compartida, es una manera de comer, de reírnos, de sentir; una forma de mirar el mundo que hemos ido construyendo juntos, una sensibilidad que nos hermana y nos multiplica.

Ya Colombia en 2007 regaló un inolvidable despliegue de su creatividad, pujanza cultural y dimensión vital como país. Hoy, le toca a México corresponder a ese regalo colombiano entregado en la Feria del Libro de Guadalajara de hace apenas un par de años.

Con una presencia que se extenderá sobre un espacio de más de 3.000 metros cuadrados, México acude a la Feria lleno del ímpetu y las “fiebres creativas” —como las llamó Cobo—, propias del país anfitrión y su ciudad capital. Bernardo Gómez Pimienta, uno de los arquitectos mexicanos contemporáneos de mayor renombre, ha sido el encargado de plasmar en el diseño del Pabellón México la visión de país innovador, fuerte ante la adversidad, cálido, orgulloso de su pasado y abierto al mundo, que hoy los mexicanos queremos compartir con nuestros hermanos, bajo el lema: “Más México en Colombia. Más Colombia en México”.

A los cerca de 50.000 volúmenes que serán puestos a la venta en una librería edificada sobre 500 metros cuadrados, habrá que sumarle la presencia de más de 35 autores representativos de diferentes generaciones que en distintos momentos han sido partícipes del continuo y fructífero diálogo intelectual entre México y Colombia.

Consecuente con el reconocimiento de las potencialidades que han caracterizado los vasos comunicantes entre la poesía mexicana y la colombiana, México ha tomado la determinación de hacer recaer el peso mayor de su delegación en los poetas, acompañados por un vasto programa cultural que más que servir como “marco”, apuesta a constituir un verdadero correlato que dé cuenta de México como una nación capaz de brindar manifestaciones culturales contemporáneas, al lado de expresiones que ponen de relieve la hondura de una identidad cimentada en tradiciones de larga antigüedad y aliento vital fresco.

Música, tradicional y novísima, cine reciente y clásico, teatro, muestras de la tradición y la vanguardia culinarias de un país que no se explica sin su cocina; plástica, gráfica, fotografía: las miradas que hacen universal lo que era local y viceversa; una extensa muestra de arte popular que hará revivir en los objetos el alma de sus creadores. Once intensos días de una Feria en la que la gran fiesta del afecto será la protagonista.

Cuando en 1945, Alfonso Reyes recibió de manos del gobierno de Colombia la insignia de la Gran Cruz de Boyacá, expresó su emoción evocando las batallas y esperanzas comunes entre ambos países. “Servimos como meros intermediarios para que se manifieste la amistad entre dos pueblos… Para Colombia sean nuestra gratitud y nuestros votos fervientes. Y, señor embajador, sépase y entiéndase que aquella nación —hermana mayor por la discreción y el civismo— no arroja en tierra estéril estas semillas de su generosidad. Si ya solo como mexicanos nos cumplía amar a Colombia, ahora doblemente nos compete como señalados por el fuego de su simpatía. El amor y el entendimiento de Colombia, nosotros los atizaremos gustosamente… Nosotros lo transmitiremos a nuestros hijos, a nuestros hijos de la carne, y a nuestros hijos del espíritu”.

Es de ese espíritu del que está hecha la conversación entre mexicanos y colombianos y es al alto honor y responsabilidad que compete a ese espíritu al que corresponderá nuestra presencia en la 22.ª Feria Internacional del Libro de Bogotá 2009.

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