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¿Cuál decadencia?

Tres poetas jóvenes reivindican la poesía en Colombia, un país que se ha preciado siempre de sus poetas, sin jamás apoyarlos. Aunque muchos medios declararon que con la muerte de la poetisa Matilde Espinosa estábamos ante el desierto, ellas tres demuestran otra cosa.

2010/03/15

Por Santiago Espinosa

Tras la partida de Matilde Espinosa ocurrida hace dos meses, revistas, portales y medios nacionales, anunciaban su muerte como un síntoma de decadencia de una poesía colombiana que dejó de sonar. Y se lamentaban, nostálgicos, porque la supuesta época dorada de León de Greiff había desaparecido.

Esta nostalgia, sin desconocer los méritos de Matilde Espinosa, tiene todos los tintes de un autoengaño. La poesía colombiana vive un momento fecundo, con nombres que aparecen a lo largo y ancho del país. Recitales llenos, revistas que se agotan. No hay que olvidar que el Festival Internacional de Poesía de Medellín reúne a miles de personas encantadas en torno a los poemas.

Prueba de que la calidad está superando las barreras nacionales son los incontables premios a poetas como Juan Manuel Roca, la publicación de nombres como Giovanni Quessep en editoriales extranjeras y la ya rutinaria traducción de nuestras voces a lenguas como el rumano o el noruego. Lenguas a las que, valga decir, nunca fueron traducidos De Greiff ni Eduardo Carranza.

¿Cuál decadencia, cuál muerte de la poesía en Colombia? Quizás la respuesta se encuentre, cada vez más, del lado de los medios y no de la poesía. Desconocer tantas publicaciones, la aparición de poetas de hondura e importancia es, como se ha dicho tantas veces, el síntoma de un país virtual presentado por los medios, y no de una poesía que es terca en su calidad, necesaria en sus búsquedas.

En el caso particular de las mujeres, la tal decadencia es más que incomprensible. El verso transparente de Piedad Bonnett, por ejemplo, o los ecos todavía recientes de María Mercedes Carranza, superan en ambición poética a los libros de sus predecesoras. No en vano Mario Campaña, poeta y crítico ecuatoriano, las incluye en su reciente antología y afirma lo siguiente a propósito de las dos: “En la literatura contemporánea en lengua castellana no conozco nada más esencial y por tanto más perentorio que la poesía que escriben las mujeres en hispanoamérica”.

Al revisar los libros de María Clemencia Sánchez (Itagüí, 1970), Lucía Estrada (Medellín, 1980) y Andrea Cote (Barrancabermeja 1981) no es muy difícil que estemos de acuerdo con Campaña: con las voces femeninas está sucediendo algo importante, que vale la pena estudiar por separado. En las tres, cada cual a su manera, ocurre un lenguaje decantado, maduro, pues pareciera no tener ningún atisbo de edad. Cada libro es recorrer las estancias de un mundo interior cada vez más alusivo, cada vez más complejo. Una vez abierto el poemario parece que ya no es posible salir, que estos versos, reflexivos y penetrantes, se han tomado la voz de la conciencia.

La importancia de estos poemas, su originalidad, las ha traducido a varias lenguas, le han dado a María Clemencia Sánchez el Premio Afranio Parra Guzmán, en Cuba; a Andrea Cote, pese a su edad, el Ponts de Strugas que da la UNESCO, y la revista Alhucema de España ya tiene a Lucía Estrada en su consejo editorial. Las tres aparecen en antologías nacionales e internacionales.

No es esta una poesía de mujeres para mujeres. Nada de un feminismo panfletario ni de artificios. Y sin embargo la pregunta por la mujer no se puede desechar del todo, ¿de dónde esa hondura, esa capacidad de imaginar y recrear el mundo? Pareciera que hay toda una historia detrás, propia de las mujeres, y que tras el silencio, la exclusión, ahora se nos destapa ante estos libros como una caja de Pandora.

Consciente de esta situación, nos trae Lucía Estrada Las hijas del espino. En el poemario encontramos una vasta galería por el mundo interior de Alma Mahler, Penélope, Rose Beruet –esposa de Renoir–, y otras cincuenta mujeres. Cada poema, más que un dato biográfico, es la ampliación de una memoria colectiva.

Estrada nació en Medellín y allí vive. Trabajó en el Festival Internacional de Poesía, y ahora se le ve dando recitales en todo el mundo, haciendo prólogos, notas para revistas: sobreviviendo. Actualmente trabaja en la corporación Otra Parte, casa del maestro Fernando González. En Las hijas del espino, como en sus tres libros anteriores, aparece una búsqueda por encontrar ese lenguaje primario, esencial. No hay aquí atisbos de biografía, de anécdota. El poema nos cae, como lo dice en unos de sus versos, “hasta que no queda ningún vestigio/ de la sangre que acuñó su moneda”. Poesía escrita desde el misterio que nos recuerda el valor ceremonial de la palabra.

María Clemencia Sánchez, en su libro El velorio del amanuense, muestra otro buen ejemplo de este ascetismo del lenguaje. Cada palabra es el encuentro de lo exacto, como si las cosas estuvieran desprovistas de tanto disfraz y se nos mostraran, por un instante, en su dolor y belleza. Sánchez estudió lenguas en Medellín y se ha dado a conocer por sus traducciones. Ahora vive en Cincinnati, Ohio, donde termina un doctorado en literatura hispanoamericana. Antes de la consumación, que saldrá publicado por la Universidad Nacional, es uno libro conmovedor. El padre muerto, la vida de la poeta; Marilyn Monroe, Frida Khalo y otros seres de olvidos y leyendas, aparecen uno a uno como un enorme fantasmario; como las últimas palabras de un mundo que agoniza. Todo el libro parece un testamento, la voz de quien sabe, tras lo ganado y lo perdido, que no quedan sino contadas palabras. Dice en su poema a Janis Joplin: “Aquí van juntándose las sombras/ El deseo ya rendido ante el puñal,/ Van muriendo las risas/ Y el minuto siguiente de la nada”.

Otra aventura poética es la de Puerto calcinado, único libro de Andrea Cote. El paisaje canicular de la infancia, su relación con el cuerpo, el intento de entender ese paisaje a través del cuerpo, se muestran en un mundo muy propio. Aquí hay un lenguaje difuso, pero honesto y revelador. Nació en el calor de Barrancabermeja, y allí fundó un festival de poesía. A su llegada a Bogotá estudió Literatura en Los Andes, dio clases, y ahora anda por Philadelphia haciendo un doctorado en la Universidad de Pensilvania.

En las orillas de este puerto calcinado, donde “hay río quemante/ como las aceras” y en el que “la infancia es territorio en el que el espanto anhela/ no sé qué oscuro rincón para quedarse”, cruza la niñez con sus derrotas, la sexualidad, los muertos de una violencia corriendo por el río. Como en Blanca Varela, la ausencia de Dios lo invade todo, recordándonos que esta poesía, a tono con la de Sánchez y Estrada, en sintonía con la poesía contemporánea, busca un espacio para lo sagrado ante el materialismo ramplón de las sociedades. Fantasmas, sueños, seres imaginarios. Un espacio para el alma, la imaginación de lo invisible, en medio de esta máquina moderna que todo lo vuelve materia de consumo, peso muerto.

Poetas consagradas a su oficio. Aquí hay una verdad que debe ser escuchada. ¿Qué más queda por decir? Ante estas poetas no queda más sino volverlas a leer, y confirmar que ante el olvido de los medios, en silencio, están desatando un verdadero acontecimiento en sus mundos interiores, en sus palabras de aguas para adentro.

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