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El ojo enamorado

La mayoría de las fotografías personales que componen Annie Leibovitz, A Photographer’s Life, 1990-2005 (una exposición y un libro que tienen el mismo nombre) habían permanecido en cajas repletas de películas que su autora, la fotógrafa norteamericana Annie Leibovitz no había revelado. Y entre ellas, la narración fotográfica de su historia de amor.

2010/03/15

Por M Belén Sáez de Ibarra

Annie Leibovitz es una de las más celebres “fotógrafos” de nuestro tiempo y una de las pocas mujeres reconocidas en su oficio. Por eso es forzoso utilizar el género masculino de la palabra. Por su lente fotográfica ha pasado una representativa parte de la historia de Estados Unidos de los últimos cuarenta años: artistas, músicos, bailarines, fotógrafos, poetas, actores, intelectuales, líderes, políticos, empresarios y celebridades. Si no ha escuchado su nombre habrá visto al menos alguna de sus fotografías. ¿Recuerda a John Lennon desnudo, de costado, vulnerable, rodeando estrechamente con sus brazos y piernas a Yoko Ono; aferrado a ella, a su explayada cabellera negra, acostados en el suelo, ella vestida de suéter negro y jeans, serena y poderosa? Esta fotografía le ha dado la vuelta al mundo no sólo por la no convencional forma de exponer la relación íntima de la pareja que causó hondo malestar entre los músicos de los Beatles, sino porque fue tomada horas antes del asesinato de Lennon, en 1980. Las fotos de Leibovitz han aparecido desde entonces, aun sin saberlo, cientos de veces frente a nuestros ojos. Revistas como Rolling Stone, Vogue, Vanity Fair le han comisionado por décadas fotografías para portadas y reportajes que se han convertido en íconos de la cultura.

Susan Sontag fue una polémica intelectual de su tiempo. Conocida ampliamente por todo tipo de públicos y respetada por el círculo intelectual contemporáneo, utilizó sobre todo el ensayo para ocuparse del más amplio espectro de la vida social: el arte, la cultura, la economía y la política. Controvertida por sus declaraciones y participaciones públicas; crítica de la política de seguridad internacional de su país Norteamérica, del que decía estar avergonzada –“En Estados Unidos sólo podría vivir en Manhattan porque aquí viven muchos extranjeros”–, causó polémica cuando corresponsabilizó a los líderes norteamericanos de la devastadora tragedia del 11 de septiembre de 2001, en Nueva York, y la condena a la decisión de enviar tropas norteamericanas a Oriente Medio y la invasión a Irak. Por esas opiniones fue acusada por influyentes columnistas de traidora y se esparció un rumor que la apodaba Osama Bin Sontag.

“Con Susan fue una historia de amor”, ha dicho Leibovitz. Se conocieron en 1988 en el registro fotográfico que le hacía Leibovitz a Sontag para la contraportada del libro El Sida y sus metáforas, una especie de continuación del libro publicado en 1978, La enfermedad y sus metáforas, en el cual Sontag se ocupó de desocultar nuestras más naturalizadas creencias sobre la enfermedad en nuestro cuerpo, explorando en el lenguaje y la literatura de una forma sencilla –con un estilo directo y diáfano– referencias e imágenes de nuestra cultura esparcidas en la cotidianidad. Sontag convivió hasta su muerte con diferentes formas de cáncer a partir de la mitad de los años setenta. Consideró el cáncer y el sida de especial interés como enfermedades atravesadas por la falsa idea de una muerte inevitable –enfermedades mortales– y cargadas de metáforas negativas de derrota y de vergüenza sobre las que no se podía hablar, las cuales había que evitar por feas y decadentes, desprovistas de romanticismo y espiritualidad.

Hace poco, en un reportaje de la BBC, Leibovitz recordaba ese primer encuentro con Sontag. Ella se mostraba segura, se conocía muy bien a sí misma y tenía bajo control la sesión de retratos que se disponían a iniciar, “Ella decidió entonces que me iba a conocer”. De ahí en adelante se hicieron pareja hasta la muerte de Sontag, ocurrida en diciembre del 2004. Una relación íntima de apoyo y de crítica.

Tal vez sin conocer este prólogo sería imposible comprender por qué, al morir Sontag, Leibovitz se consagró a una exposición y un libro que causaron polémica porque mostraban la imagen de la de la enfermedad y la muerte de una manera descarnada. Leibovitz comenzó a trabajar en un momento muy doloroso: después de la muerte de Sontag, falleció su padre y poco tiempo después nacieron dos de sus hijas. La preparación de la exhibición fue fundamentalmente un proceso de duelo. De ahí el enfoque personal de la muestra y del libro que son una experiencia de recogimiento sobre su experiencia vital que incluye su trabajo profesional. “Porque mi vida es una sola”: Así lo cuenta en la introducción del libro, en la cual insiste en que estas imágenes –que incluyen también las de su padre en el lecho de su muerte– pertenecen a la vida de sus seres amados. Leibovitz considera estas fotos personales más ricas y cercanas a su estilo de trabajo como artista en la Escuela de Bellas Artes de San Francisco en la que se formó: “Más vivo y descarnado… Me percaté de que mi trabajo profesional había perdido inmediatez y era más superfluo”, le dijo a Vanity Fair, en junio de 2009.

El hijo de Sontag, David Rieff, criticó duramente la exhibición de las fotografías de su madre agonizante. Leibovitz asegura como respuesta a las innumerables preguntas que se le han hecho sobre la polémica que Sontag habría estado de acuerdo en mostrar las fotografías: “A ella siempre le gustó el debate. Hablar sobre las cosas. Seguro que pensaría que esto (la enfermedad) es algo que pasa en la vida; entonces está bien mostrarlo”.

Nuestra cultura visual –en donde no solamente juegan un papel las industrias mediáticas sino también las prácticas artísticas– está llena de imágenes duras en donde se trafica con el dolor de los otros sin ningún pudor: en ese tipo de imágenes no existe contexto, la vida está ausente en ellas. Al decir del filósofo francés Guy Debord, en su libro La sociedad del espectáculo, de 1969: “Las imágenes que se han desprendido de cada aspecto de la vida se fusionan en un curso común, donde la unidad de esta vida ya no puede ser restablecida. La realidad considerada parcialmente se despliega en su propia unidad general en tanto que seudo-mundo aparte, objeto de mera contemplación. La especialización de las imágenes del mundo se encuentra, consumada, en el mundo de la imagen hecha autónoma, donde el mentiroso se miente a sí mismo. El espectáculo en general, como inversión concreta de la vida, es el movimiento autónomo de lo no-viviente”.

Las imágenes de Sontag lejos de encarnar la indigna parodia del espectáculo, nos acercan a la humanidad que habita en ellas, aproximándonos a un cuerpo amado: cuando Leibovitz captura estas imágenes con la ansiedad de retener un instante de intimidad. Están acompañadas por la secuencia de registros de una vida en común con ese cuerpo. En la exposición-libro aparecen fotografías de Sontag desnuda, con su cuerpo maduro, erotizado por un lente que ve y se siente conmovido más allá de lo que aparece.

Mostar un cuerpo enfermo no es cosa de nuestros días, pues el lenguaje de nuestro tiempo no da cabida a la humanidad de la herida. Pero es necesario. No hay que sentir vergüenza de nuestros cuerpos insanos y de nuestra finitud. No somos parte de un engranaje perfecto; la vida nos hiere con su roce. Esa es nuestra condición. El teórico español de Estudios Visuales José Luis Brea, lo expresa profundamente en su texto “Muestra tus heridas” de 1994, “…Nos sabemos heridos, los unos en los otros, y todos en el mundo. Pero no queremos, ya, hacer de todo esto un drama. Traemos con nosotros heridas –incontables heridas: la historia de la humanidad es la de sus campos de batalla– pero ni queremos regodearnos en el lecho fácil de su narración inmunda, ni pretendemos entonar las virtudes salvíficas de algún universal remedio. No nos queda ya mucha esperanza, pero tampoco nos entregamos a la amarga melancolía de la convalecencia. Mostrar, esto es todo. Una herida es siempre un territorio límite, escapado a su destino. Y el hombre, sí, es la herida del mundo, su extravío. Que el hombre muestre su herida, que se muestre a sí mismo como herida –esto es necesidad y honradez. Y no hay cura en ello, pero tampoco lamento puro: sino conocimiento, conocimiento de sí, de uno mismo, de sus lugares, sus territorios, sus límites, sus pliegues y sus rompimientos, de sus heridas. Imaginar un cuerpo todo hecho de heridas, de órganos que fallan a su misión. A dónde dirige sus funciones, cómo sobrevive. Sólo el hombre es capaz de existir herido, sólo para él la herida es condición… Muestra tus heridas, sí: sólo ellas son tu verdad”.

Leibovitz siempre logra sorprender. Quizá por la honestidad de su mirada que no conoce fórmulas. Esta fotógrafa ha registrado durante su carrera escenas glamorosas, cuerpos plenos de juventud y destreza, la pulsión del carácter de interesntes personajes de nuestra cultura. Nos enseña ahora con estas fotos de su intimidad –que parecen casi una caricia– cómo el paso del tiempo, la enfermedad y la muerte no pueden arrancarles belleza a los cuerpos que amamos.

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