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La poesía, la plata y un bombón

¿Cómo reaccionarían todos los que critican la frivolidad en los medios masivos ante un melodrama de, por ejemplo, la vida de Jorge Luis Borges?

2010/03/15

Se llama Carla Bruni. Para quienes no la conozcan, un par de referencias eruditas: fue durante años la modelo más famosa de Italia –es despampanante–, y llegó a estar entre las veinte top models mejor pagadas del mundo. Fue novia de Mick Jagger, Eric Clapton y Donald Trump. Pero ahora, Carla Bruni canta. Difícil no hacerse una imagen de inmediato. Difícil no pensar que Carla Bruni es la encarnación de eso que la gente culta llama frivolidad. Difícil no juzgarla desde el terrible prejuicio intelectual que sólo piensa en dicotomías simplistas: bueno/malo; serio/frívolo; profundo/light.

Pero resulta que Carla Bruni acaba de lanzar su segundo disco y, oh sorpresa, todas las canciones son musicalizaciones de poemas. De poemas de nombres tan míticos como Emily Dickinson, Dorothy Parker, W.B. Yeats, W.H. Auden, Walter de la Mare y Cristina Rossetti, entre otros. Es decir, de algunos de los poetas más respetados de Occidente. Estamos hablando del curubito de la literatura.

Una vaga sensación de incomodidad, de una cierta violación de algo sagrado, se instala en los lectores serios, en los intelectuales, en los académicos. Aunque si entrasen a www.myspace.com/carlabruni y escuchasen esa voz un poco aperezada que arrastra los versos con una mezcla curiosa de lujuria y desdén, es muy posible que tuviesen que tragar saliva. Es fabulosa.

Pero Bruni es una estrella del pop. Su primer disco vendió dos millones de copias. Sale en todas las revistas del corazón. ¿Qué decir entonces? Muchos cantantes han musicalizado poemas, pero para curarnos en salud los llamamos “cantautores”. Nadie tacharía de frívolo a Leonard Cohen, a Paco Ibáñez o a Joan Manuel Serrat. Muy por el contrario, son ídolos por excelencia de los defensores de la tradición intelectual.

Al preguntarle por la Bruni a Juan Felipe Robledo, uno de los poetas colombianos más reconocidos de las nuevas generaciones, dice: “La noticia es una maravilla. Muchos poetas se van a poner felices con esto, porque lo que hace es ganar lectores para la poesía. Sólo los viejos ortodoxos protestarán, pero es por un prejuicio. Lo más seguro es que ni siquiera la oigan antes de opinar”.

El debate sobre los umbrales de eso que llamamos “alta cultura” se vuelve más complejo con la segunda noticia que nos acaba de llegar desde el mundo de la poesía, y de la cual el New Yorker acaba de publicar un extenso artículo (The moneyed muse). Se trata de la donación de doscientos millones de dólares por parte de la nonagenaria heredera Ruth Lilly a la revista Poetry, tal vez el ícono cultural más sagrado del mundo poético norteamericano. La donación será manejada por John Barr, ex banquero de Wall Street y presidente de la fundación que publica la revista. Barr ha dicho que “la poesía americana está lista para algo nuevo porque nuestros poetas llevan escribiendo lo mismo durante demasiado tiempo”. Que “los poetas se han dedicado a escribir para sí mismos y por eso no venden”. Y que el resultado de ese alejamiento del público ha sido el de “una poesía que no es robusta, ni resonante, ni [¡ojo!] entretiene”. Pero esperen, ahí no acaba la cosa. Dice que “la mente humana es una gran plaza de mercado, especialmente cuando de elegir su entretenimiento se trata. Si miramos un drama en la época de Shakespeare, o la novela del siglo XIX, o el cine de hoy, todo pareciera indicar que el arte entra en su época dorada cuando se dirige a o es energizado por el público general de su tiempo”. Y Barr quiere usar la plata que tiene para revitalizar la poesía.

La avalancha de críticas ha sido brutal. “Quieren cambiar la poesía, pero la poesía se cambia a sí misma”, asegura un poeta. “Someter la poesía a las leyes de la economía y campañas de mercadeo es una grosera intromisión en un territorio del cual los ejecutivos deberían estar vedados”, dice otro crítico.

El debate está servido. ¿Hasta dónde llegar? ¿Cómo reaccionarían todos los que critican la frivolidad en los medios masivos ante un melodrama de, por ejemplo, la vida de Jorge Luis Borges? ¿Es preferible que la alta cultura se quede en su torre de cristal y que el territorio de la frivolidad tenga sus límites cómodamente trazados para tranquilidad de los intelectuales?

Parte de la respuesta está en una reseña crítica que el novelista británico Will Self escribió sobre ensayos de Bob Dylan: “No es que el trabajo de Dylan se atreva a aspirar al estatus de la poesía; es, simplemente, que, junto con el trabajo de otros músicos inspirados, ha reemplazado por completo a la poesía, en ese pedazo del alma colectiva que necesita de lo lírico”.

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