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¿Llegó el fin?

Verbalia, La Caja de Herramientas y Exopotamia han cerrado definitivamente sus puertas. Las librerías independientes en Colombia, en vías de extinción.

2010/03/15

Por María Alejandra Pautassi

En las pocas librerías pequeñas que quedan, las de librero, se vive la tras escena de la vida intelectual y cultural de una ciudad: son lugares para pasar las tardes leyendo, conversando, descubriendo autores, títulos, temas; son las que guardan libros raros, que no se encuentran en cualquier estantería, que no circulan hace mucho tiempo; libros editados con juicio en otros países o por editores independientes, lejos de la avalancha comercial de best sellers que inunda las librerías de cadena y los supermercados. Que cierre una librería independiente significa la desaparición de un centro cultural. Muchas veces, años de tradición editorial. Que cierren tres en cuestión de días, es un golpe en la cara a los lectores, y una voz de alarma para libreros y editores. El primero de agosto cerraron tres librerías claves en el paisaje cultural de Bogotá: Verbalia, hija de una importante tradición editorial; La Caja de Herramientas, conocida como “la librería del Centro Andino” (aunque su nombre tiene ya más de 20 años), y Exopotamia, famosa por su vitrina a la entrada la de la Biblioteca Luis Ángel Arango. Las tres, sin excepción, tenían un excelente capital humano, de experiencia y de trabajo.

Un negocio como pocos

Cuando María Claudia Carrasquilla compró el nombre y el goodwill de La Caja de Herramientas hace dos años no era consciente de lo que implicaba el negocio. Un buen día dejó su trabajo en la Alcaldía de Bogotá, invirtió sus ahorros en La Caja porque pensó que ya era hora de vivir de lo que más le gustaba: el mundo del libro. Durante el primer año le fue bastante bien. “Incluso aumentaron las ventas —dice— y tuvimos varios encuentros literarios”. Pero cuando la dueña del local decidió venderlo, Carrasquilla dejó el negocio. “Pensamos en irnos a otro sitio, a lo mejor a otro centro comercial. Pero si el negocio era difícil en un centro comercial como el Andino —hubo un descenso en ventas en el primer semestre del 2008, aunque nunca perdieron—, en otro sitio sería peor”. En un negocio tan lento, recuperarse de tres meses malos no es fácil, pero, más importante, Carrasquilla y López pagaban una tarifa reducida por un local privilegiado “porque la dueña sabía cómo era el asunto”.

Que las pequeñas librerías cierren no es un fenómeno nuevo ni exclusivo de Colombia. A finales de los años 70, muchas desaparecieron en las grandes ciudades de Estados Unidos. Lo mismo ocurrió en ciudades de Francia, España y Alemania, países con una importante tradición lectora. El lugar de las grandes librerías lo ocuparon las grandes cadenas. La razón, según Jason Epstein (mítico editor del New York Review of Books, creador de los libros de bolsillo y la Book Expresso Machine) era que la relación alquiler-stock no se correspondía: los altos costos de arriendo e impuestos en las grandes ciudades no hace inviable un producto de poca rotación como el libro. Una librería como La Caja de Herramientas, que no pasa de 60 m², tiene un lugar limitado para almacenar libros y, por lo tanto, también lo son sus ventas. Además, para que un libro se venda, llame la atención de un cliente, debe estar expuesto. Bien sea en una mesa de novedades o recomendados, o en una estantería. Pero el tiempo que un libro está en una estantería cuesta y puede ser demasiado en comparación con su precio al público.

El de las librerías es un negocio costoso. Y lo es más si “para vender libros se necesita tiempo”, como dice Vanesa Villegas, librera de Exopotamia y encargada de administrarla desde que Elvia Sánchez y Ricardo Rozental, los dueños, salieron del país hace cinco años. “A no ser que sea un libro para una clase o un comprador que llega por una razón muy específica, un libro no se vende solo. La mayoría de los que vienen llegan con una idea vaga de lo que quieren —explica—. El trabajo está en intuir lo que quieren”, agrega. Alba Inés Arias, librera desde hace 12 años en la Lerner norte, una de las librerías independientes más grandes en el país y con 40 años de tradición, está de acuerdo. Los ingresos de la librería no dependen de las novedades. Los best sellers del momento, de hecho facturan un porcentaje pequeño de sus ventas del mes. Su negocio está en los clientes que compran muchos títulos de un mismo tema: investigadores, profesores universitarios y periodistas. En una palabra, lectores especializados. “Pero atraer (y mantener) un cliente de este tipo es lo más costoso que hay”, dice. Lleva tiempo, conversaciones de horas (que pueden o no terminar en una compra de 40.000 pesos), y una complicidad de años entre librero y cliente.

Esa es la razón por la cual para Vanesa Villegas mantener Exopotamia no es rentable. Ella también ha cultivado clientes durante años. Cuando hablé con ella en el Juan Valdez del Museo del Banco de la República, en media hora la saludaron tres personas que la conocían por la librería. Pero como ella, además de atender clientes, es la que hace el trabajo administrativo (desde catalogar y recibir pedidos de libros, hacer devoluciones y hasta facturar), la vida se le va en la librería. En su caso, “la ecuación negativa no se debe tanto a los altos gastos de mantenimiento. Ni siquiera eliminando los gastos de arriendo, de servicios y los impuestos, es sostenible. Un librero gana entre el 35 y el 40% del valor de un libro. Y ese porcentaje no compensa el tiempo que uno pasa en la librería. Si el tiempo que uno invierte —continúa— no se traduce en plata, no tiene sentido seguir con una librería. Por lo menos, si se ve como negocio”.

Aunque una ganancia del 35 o 40% para un distribuidor directo parece ser exagerada en comparación con otros negocios, la mayoría de libreros están de acuerdo con que es poco comparado con lo que cuesta vender un libro. Las editoriales, sin embargo, no pueden pagar más. En editorial Planeta, por ejemplo, casi un 10% del costo de un libro va para los autores, el 20% está destinado a la impresión, el 10% al transporte y el 3% en comisiones para las personas que venden a las librerías. Si le sumas el 40% de comisión a distribuidores y librerías, queda un 17% para los costos de sostenimiento de editorial (facturación, publicidad, prensa, mercadeo, salarios). En este sentido, Gabriel Iriarte, director editorial de Norma, dice que “si el problema está en el descuento (el porcentaje que ganan las librerías) lo que se pone en duda es la viabilidad del mismo negocio editorial. Si a los libreros se les diera más descuento, no habría que cerrar las librerías, sino las editoriales”.

¿El fin de las independientes?

“El tema de fondo —dice Iriarte— está en la competencia con las grandes cadenas que tienen mayores espacios de exhibición, están mejor ubicadas, y pueden albergar mayor número de títulos. Aunque muchas librerías pequeñas están cerrando en otros países, algunas pueden sobrevivir, porque el mercado del libro allí es mayor”. Mientras en Argentina hay unas 1.700 librerías y en México 1.900, en Colombia solo se tiene noticia de 150 (y ahora menos). En promedio un colombiano compra alrededor de seis libros al año (incluidos textos escolares) y lee menos: en promedio 1,6. Y si Colombia se está peleando con Argentina el cuarto puesto en producción de libros de la región se debe a que imprimir en Colombia, desde hace unos años, es muy barato. No porque haya una gran demanda. “Yo veo difícil que en Colombia subsistan las pequeñas librerías —dice Iriarte—. Hacer librerías de nicho en un país donde el mercado es pequeño, es complicado”. Si la gente escasamente compra libros, si ni siquiera en las universidades se acostumbra ya a comprar textos —las fotocopias son mucho más baratas y masivas—, difícilmente se comprarán libros de literatura clásica, ensayo y otros temas en los que se tienen que especializar las pequeñas librerías por su tamaño.

Y eso es lo que más preocupa a Nicolás Arango, uno de los tres socios de Verbalia: “Llegamos a la crisis sin haber desarrollado un mercado fuerte, sin haber creado cadenas de librerías y sin que los pequeños libreros se hubieran agremiado de una forma efectiva”. De los tres libreros que acaban de cerrar, Arango es quizás el más pragmático. Hijo de Ricardo Arango, uno de los fundadores del sello editorial Oveja Negra (en su época, uno de los más importantes del país), politólogo y antropólogo y creador de una distribuidora de libros, Arango es, cuando menos, un hombre de libros. A pesar de su historia (o quizás por eso mismo), reconoce que lo que les ha faltado a los libreros y a las librerías —se incluye en este grupo, por supuesto— es tener una visión de negocio. “Que uno sepa de libros, no quiere decir que sepa de negocios”. Que los libreros se metan a en un negocio “con la idea romántica de que se van a sostener por amor al libro” es, desde su punto de vista, uno de los errores en la concepción del oficio. Sus palabras apuntan a que las librerías se deben insertar en el mercado. Pero ¿cómo, si la sobreproducción de novedades (el mercado de las grandes cadenas y estrategia de las editoriales para sobrevivir) y la acelerada rotación de libros (con lo que millones de títulos aparecen y desparecen a la velocidad de la prensa) parece no beneficiar a las pequeñas librerías?

“La sobreoferta no le sirve a nadie. Pero es lo que el mercado manda. El público busca novedades”, admite Alberto Sánchez, gerente comercial de Planeta. Y continúa: “El problema de las pequeñas librerías es que el mercado ha cambiado. El librero tiene que cambiar y adaptarse a lo que está ocurriendo en el mercado colombiano”. Además de una sobreproducción de libros de alta rotación, que es un fenómeno mundial, “el mercado muestra que los libros se mueven en centros comerciales. En Colombia ya no se hacen compras en la calle. Ya no es como hace unos años en la carrera 15. La inseguridad y las dificultades de parqueo han hecho que en Colombia, a diferencia de, por ejemplo, Barcelona, la gente no viva en la calle”. Sánchez, sin embargo, es optimista. “Las librerías pequeñas son viables. Pero se necesita tener al frente de esas librerías pequeñas no solo buenos libreros sino buenos gerentes, porque el mercado hoy exige que hagas marketing. Las librerías hoy en día no pueden esperar a que entre el cliente. Hay que salir a buscarlos”.

Aunque el negocio de las librerías no es fácil, su desaparición es peligrosa: pierden los lectores y las misma editoriales. Según Robert Max Steenkist, coordinador de la Red de Librerías del Cerlalc, el cuello de botella está en que “mientras las editoriales funcionan como negocios, con puntos de equilibrio y con el objetivo de generar unas ganancias, la venta de libros está regida por otros principios. La razón social de las editoriales es distinta a la de las librerías, cuya función es llegar a un nicho de lectores ofreciéndoles una diversidad de opciones y de títulos”. La una y la otra, sin embargo, se complementan. Para que las librerías pequeñas sobrevivan —y a la larga, el negocio de las editoriales sea viable— con las dificultades y particularidades inherentes del negocio, es claro que estas deben cambiar su modelo de ventas. “Como ha pasado en Argentina, México y Chile, las pequeñas librerías deben ampliar su catálogo de servicios (intentar acercar al lector a los autores, hacer eventos y ofrecer distintos servicios culturales —dice Steenkist y concluye—: Se trata siempre de vender libros. Pero hacerlo de otra manera”.

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