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Los restos del naufragio .

Juan Carlos González reseña Lake Tahoe, la última película del mexicano Fernando Eimbcke

2010/03/15

Por Juan Carlos González A

Bajó por fin la marea y ya se ven en la playa los restos del naufragio. El mar arrojó una casa, una carpa, unos juguetes, algunos objetos de colores y a tres personas: una mujer que se resiste a salir del agua, un niño que no abandona la carpa y un joven que quiere huir de ahí sin saber bien a dónde. Por eso se va sin rumbo en el automóvil familiar, por eso lo estrella contra un poste, por eso existe Lake Tahoe (2008).

Juan se llama el muchacho: la mujer es su madre, el niño es su hermano, la casa es su hogar, la tragedia es de todos. Tardamos en comprender la naturaleza del hecho trágico que está en el fondo de esta película, pero vemos desde temprano su impacto. Juan camina las calles de un pueblo mexicano de tierra caliente sumido en el eterno letargo de una mañana que parece igual a la mañana de ayer y que será idéntica a la mañana de mañana. Un pueblo sin prisa, adormilado, aturdido en el sopor de una siesta matutina tan prolongada que parece absurda. Marco perfecto para el deambular entristecido de Juan, que pretende encontrar un mecánico que le ayude con su auto. No va a ser tarea fácil lograrlo en ese sitio de vernácula arquitectura y morosas costumbres, adaptado a una rutina paralizante que difícilmente va a variar.

Juan se resigna lentamente a que el tiempo es maleable en ese pueblo. Y que antes de ver su auto reparado tendrá que soportar ser acusado de un robo, pasear un perro, ver una película sobre un monje Shaolín, cuidar un bebé y ser cómplice de un robo. Él se deja llevar por la lógica curiosa de este sitio, arrastrado por una cadena risible de circunstancias que lo alejan —y eso es bueno— de la realidad contundente de ese naufragio del que quiere huir. Sin pretenderlo Lake Tahoe se convierte en una comedia donde nada es de por sí gracioso, pero en conjunto y a partir de la fina observación de la conducta de los habitantes del pueblo, se obtiene un humor absurdo que choca con el rostro inexpresivo y la actitud impávida de Juan, Buster Keaton apesadumbrado que no sabe con certeza lo que ocurre a su alrededor.

El director de la magnífica Temporada de patos (2004), el mexicano Fernando Eimbcke se aproxima al dolor de Juan desde lejos, con una cámara estática que privilegia los planos generales y que espera con paciencia a que el personaje entre al cuadro y salga de el. Pocas veces lo sigue, pocas veces hay un plano-contraplano que le añada ritmo a un filme construido estéticamente con la misma celeridad de los habitantes del pueblo donde vive Juan. Largos y constantes fundidos a negro sirven de elipsis temporales y para realizar algún cambio de posición de una cámara siempre respetuosa y discreta, nunca intrusa ni agresiva. Ante todo es testigo del dolor, de la confusión, del desasosiego de un joven que quisiera ante todo despojarse de su falsa coraza y encontrar un hombro en el cual apoyarse y llorar.

El resultado es un filme contemplativo, exigente y bellamente manufacturado, cruce de influencias cinéfilas donde se ve el influjo de Keaton, Jim Jarmusch y Antonioni, pero que dan origen —en la alquimia que hace Eimbcke— a algo nuevo, al estudio digno de la reacción post traumática de un muchacho sin muchas palabras en la voz, pero sí muchas lágrimas que llorar. No todos los días se atestigua la muerte como rito de paso para convertirse en adulto. Juan sobrevivió al peor de los naufragios: ahora deberá acabar de quemar lo que quedó de la nave paterna, ponerse en paz consigo mismo y echarse otra vez al mar. Es su destino.

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