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Ricardo Piglia soy yo

El escritor coincide con que su obra se asemeja a un cajón de ficheros reordenado y que su registro es la autoficción, un género que Enrique Vila-Matas define como «una autobiografía bajo sospecha».

2010/03/15

Por Hernán A. Melo Velásquez

En un tiempo, los escritores solían asistir a tertulias. Hoy “se encuentran para medirse”, denuncia el escritor argentino Marcelo Figueras, participante de la Semana del autor organizado recientemente por Casa América de Madrid en homenaje a Ricardo Piglia. ?

uando Piglia a su turno pontifica, la literatura aviva los espacios. Mientras él recuerda que escribir no es fácil, y habla de Mujica Lainez, quien sumergía su mano en agua tibia para alcanzar mayor fluidez, un seguidor recuerda que Juan Benet llegó a usar papel higiénico marca Elefante para escribir, mientras las hojas de periódicos le servían de papel higiénico; y otro, más allá, recordaba que Pavese decía: “Narrar es como nadar. Y cuando uno está en el agua no hay lenguaje”.

Piglia, remata recordando que Laurence Sterne, autor de Tristram Shandy, comparaba el ritmo de sus libros con el movimiento del carruaje en un camino.

Es la prueba de que todavía es posible que los escritores hablen de literatura, a pesar de que algunos digan –como anota en uno de los dos relatos de Prisión perpetua– que no deberían hacerlo para no usurpar el trabajo de críticos y profesores.

Tras leer Prisión perpetua, que podríamos llamar un libro de autoficción, y escuchar las ponencias esta semana sobre su obra en la Semana del autor, cabe preguntarse si no inventará en esta entrevista algo de su biografía personal o literaria.

En realidad, pienso que esta incertidumbre es la literatura misma. Aquello de si es verdad o no, es una pregunta que la literatura no se plantea. Los otros discursos sociales están mucho más clasificados en términos de si son verdaderos, si son científicos o son falsos. Me parece que uno de los campos de la literatura es, justamente, hacernos pensar en esos usos del lenguaje que no se pueden asociar con la mentira, sino en términos de construcción de mundos imaginarios que tienen una realidad propia, que reposa sobre experiencias. ¿Hasta dónde esas experiencias son iguales, simétricas o similares a las experiencias que suceden al mismo tiempo en la vida real? Esas son la cuestiones que en verdad la literatura suscita.

Uno sabía quién era el Quijote, pero el que no estaba muy seguro era el propio Alonso Quijano. En aquel tiempo no establecían una relación directa entre el Quijote y Cervantes. Hasta que un día a Flaubert se le ocurrió decir “Madame Bovary soy yo”, y ahí empieza, me parece, la literatura moderna.

En su libro Prisión perpetua su personaje, o mejor Ricardo Piglia, explica: “Narrar, decía mi padre, es como jugar al póquer, todo el secreto consiste en parecer mentiroso cuando se está diciendo la verdad”. ¿En sus libros este mecanismo no es inverso? Es decir, que su literatura consistiría, en buena parte, en parecer que está contando una verdad.

Sí, podría verse igualmente en sentido inverso. Tiene que ver con la literatura que a mí me interesa, y no solo la que escribo, y que en todo caso no se confunde con el periodismo que sí está obligado a que aquello que cuenta esté fundado en hechos reales y verdaderos.

¿Por qué ha dicho que borra sus huellas, siguiendo el consejo de Bertolt Brecht?

Porque creo que los autores están demasiado presentes en sus libros. En el mundo contemporáneo hemos sustituido a los libros por los autores. Por ejemplo, el periodismo cultural tiende a estar más interesado en hacer entrevistas a los escritores que en publicar una reseña de sus libros, llevados por una lógica que es de toda la sociedad, y no solo de los periodistas, que consiste en un mayor interés por la figura.

Muchos artistas han terminado por cultivar más un personaje, por construir con más cuidado y más artísticamente su figura que la obra misma. Como Bukowski o Hemingway, que se preocupaban por dar una cierta imagen del escritor que cazaba leones, que iban a la guerra o que eran amantes de una diva del cine. Cada día debía ser una cosa extraordinaria porque se suponía que el escritor, a la imagen de los medios, debía ser un escritor lo suficientemente insólito como para atraer la atención.

¿Qué une a los dos relatos de Prisión perpetua?

Que ambos se presentan como relatos autobiográficos. Que son paralelamente reflexiones sobre otro relato que es un poco amenazador o enigmático que se supone que es vivido por mí. Todo empieza como una historia ligada a mi propia experiencia y a valorar directamente el enigma que produce en mí alguien que conozco, un escritor. Son relatos autobiográficos que luego se desplazan y dejan de ser historias que cuentan mi propia vida, como excusa para intentar construir la vida de otro.

Algunos críticos han dicho que lo esencial de su literatura está en sus cuentos y sin embargo parecería que son sus novelas las que han retenido más la atención.

Los escritores somos más conocidos como novelistas. Hay una especie de iluminación enfocada más sobre los novelistas que sobre los cuentistas; y más sobre los cuentistas que sobre los poetas. Por motivos como que a la gente le gusta leer más novelas que cuentos y poemas. Las novelas son más rápidamente aceptadas. Los cuentos, también por motivos que no entiendo bien, encuentran más resistencia. Y ni digamos algo de los poetas.

Yo empecé escribiendo cuentos. Nosotros teníamos a Borges, que nunca escribió una novela. Borges fue entonces un milagro, nos permitió ver a los escritores que empezábamos que era posible ser escritor sin escribir novelas. Yo pienso que muchas de las novelas que se publican serían buenos cuentos de quince páginas, pero son pésimas novelas de doscientas. De los cuentos de Borges muchos escribirían novelas de 350 páginas.

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