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Una cena con un premio Nobel

El premio Nobel de Física de 1996 estuvo en Medellín invitado a la Lección Inaugural de Ingeniería Física y la celebración de los diez años de la Escuela de Ciencias y Humanidades de la Universidad Eafit. ¿Por qué sentimos tan lejos a los científicos si ellos parecen más cerca de nosotros de lo que creemos?

2010/05/20

Por Lina María Aguirre

Douglas Osheroff está sentado en un restaurante giratorio que ofrece una vista aérea de Medellín a diecinueve pisos de altura. Es de noche e intenta ubicar la Universidad Eafit e imaginarse el río que divide la ciudad entre oriente y occidente. Le molesta el olor de la vela sobre la mesa y está claro que quiere comer pronto, aunque sea una hamburguesa. Lleva dos días intensos de presentaciones académicas, reuniones con colegas y estudiantes, entrevistas. Supongo (mal) que no querrá hablar mucho, y menos si esto implica una batalla con el volumen del guitarrista que va de mesa en mesa. Ordena una copa de vino blanco. Minutos después habla con entusiasmo de óptica, de Joan Baez y no pasa mucho tiempo antes de que esté cantando una vieja canción de Harry Belafonte. Sería fácil decir que un poco de Chardonnay mitiga cualquier cansancio pero la verdad es que Osheroff, Premio Nobel de Física 1996 y uno de los científicos vivos más importantes del mundo, tiene una estupenda versatilidad para conversar, y canta menos mal de lo que él –y su madre– han sospechado toda la vida.

Osheroff (Aberdeen, Washington, 1945) y sus tutores de doctorado David Lee y Robert Richardson descubrieron la superfluidez del Helio 3. ¿Para qué sirve esto en la vida práctica? Él responde citando a otro científico: “Damn little!”. (De muy, muy poco). Entre otras cosas, hay que enfriar el gas a unas temperaturas tan bajas que solo es posible hacerlo en un laboratorio. No obstante, esta investigación y otras relacionadas con el tema, son una parte fascinante de la vida de Osheroff y un hito importante para la historia ciencia: “No soy un genio, pero sí alguien que tiene buenos recursos que intento usar al máximo”. Su descubrimiento fue el resultado de un trabajo arduo pero también, dice él, de “serendipia”. Casualidades, un poco de suerte y el hecho de que hubo experimentos previos que salieron mal y le obligaron a replantearse sus proyectos.

Osheroff vincula su trabajo con otros aspectos de la vida fuera de los laboratorios. “En ciencia y en otras áreas hay que aprovechar todas las oportunidades, tener en cuenta que las ideas más simples pueden conducir a algo mucho más poderoso, saber qué es lo que uno no sabe y explorar regiones desconocidas del paisaje”. Quien habla es un hombre que conoce bien de matemáticas y no es un gurú edulcorado de la autoayuda tradicional. Despliega emoción por lo que hace pero reconoce la siempre presente posibilidad del fracaso: “Renunciar es también una posibilidad. Esto es horrible para algunas personas pero para mí ha sido fundamental decidir cuándo dejar un proyecto si no funciona”.

Desde que aprovechó una siesta de su padre para desbaratarle la cámara, a Osheroff le han gustado los retos. Poco después le dieron un reloj: “Lo desarmé y rearmé aunque me quedaron varias piezas superfluas por fuera. ¿Para qué las ponen?”. Descubrió el poder de los altos voltajes y la pólvora en su propia piel. Su infancia estuvo llena de experimentos caseros. Era un poco perezoso en el colegio y pensó en seguir periodismo porque “estaba fascinado con el poder de la gente de la prensa... pero odio los plazos de entrega, hubiese sido un pésimo reportero. Además siempre he tenido problemas con la ortografía”. En la universidad tuvo que estudiar duro por primera vez. Lleva más de dos décadas como profesor en Stanford, premiado a la excelencia en la enseñanza, pero el aula, dice, sigue siendo un reto. Uno de sus alumnos escribió en la evaluación del curso: “Las conferencias de Osheroff son tan malas que nunca fui”. En el 2003 enfrentó uno de sus mayores desafíos: aceptó integrar el Comité de Investigación del Accidente del Transbordador Columbia: “Todos eran expertos menos yo. Sacamos a relucir problemas de fondo de la misión y de malas decisiones administrativas de la Nasa”.

La naturaleza que estudia la física es también un desafío y el escenario en el cual Osheroff encuentra una primera respuesta a lo que los científicos tienen hoy para decirle al resto de la humanidad. “Conocer mejor el mundo en el cual vivimos”, esa es la idea, dice. Exaltar la curiosidad, agrega. Mientras se preocupaba por las orquídeas anegadas en su jardín californiano, se maravilló en Antioquia con variedades de bromelias, palmas y los primeros yarumos de su vida. Una escena para recordar es él caminando silenciosamente por el borde de un lago acercándose a un par de tortugas que tomaban el sol. Les dedicó un rato y las fotografió admirado. Porque también es un fotógrafo apasionado: “Cada persona debe encontrar un medio que le permita conocer más de la naturaleza. En mi caso, la fotografía me ha permitido capturar imágenes memorables. También me ha enseñado que una buena foto depende de algo de suerte y de saber esperar pacientemente”. La curiosidad no es solo terrenal: “Del universo conocemos todavía muy poco. Hay mucho por descubrir. En los últimos siglos hemos aprendido mucho de lo que nos hace ser como somos, así como nuestro entorno. Pienso que cada persona debería apreciar por lo menos una fracción de este conocimiento y los científicos deberían trabajar para hacerlo aún más inteligible para más gente. Los humanos, como única especie animal inteligente, tenemos un legado y la tarea de comprender mejor este gran universo”.

¿Es este el momento de que dejar a la ciencia las preocupaciones sobre el afecto, la melancolía, la vida o la muerte? “Preocuparse no tiene nada que ver con la física, sino con las emociones humanas y me atrevo a decir que los físicos no las entienden mejor que los demás. Ciertamente no podemos predecir qué pasa después de la muerte. El hecho de ignorarlo es lo que produce preocupaciones... Aunque el material genético de los humanos sea idéntico, las experiencias no lo son. La forma como usted siente está influida por lo que ha vivido hasta ese momento. La ciencia no puede predecir cómo va a reaccionar alguien ante algún evento sin saber todos sus antecedentes, y aún si cuenta con ellos no puede asegurar un resultado. Cada uno de nosotros es de alguna manera muy individual. No creo que la ciencia pueda predecir con exactitud lo que sentiremos/pensaremos/haremos en determinadas circunstancias... Siempre le digo a mis estudiantes que lo más importante en la universidad será lo que aprendan a conocer de sí mismos en relación con la competencia, con la manera de enfrentar la dificultad, o de conocer lo nuevo... Uno no puede pasar la vida siendo impactado por sucesos. Si se da cuenta de que está creciendo y cómo está creciendo ya está aprendiendo un montón”.

Osheroff enfatiza el gusto por un amplio espectro de intereses en la vida: “Como físico y como ser humano me preocupan los conflictos internacionales, las epidemias, el calentamiento global. Además me interesa el futuro de los discos duros de los computadores, el Helio 4, la música clásica o cómo hacer feliz a mi esposa”. No han pasado quince minutos de conocer a Osheroff cuando ya él ha incluido a su esposa Phyllis Liu en la conversación. El matrimonio ha ido bastante bien: treinta y siete años, teniendo en cuenta que ella se demoró mucho en aceptarle invitaciones y cuando accedió a ir a su apartamento él le preparó tantos cocteles Scarlett O’Hara que después la tuvo que acompañar casi desvanecida a los dormitorios femeninos de la universidad.

La ciencia, dice Osheroff, nos da instrumentos para armar el rompecabezas vital pero probablemente tendremos que seguir prestando de la psiquiatría, la antropología o la literatura otros lenguajes que nos ayuden a conocernos mejor. Él admite la posibilidad de añadir la religión: “Conozco un muy buen científico que no solo cree en Dios sino en la religión organizada. Pienso que es ridículo decir que alguien es ignorante o estúpido por sus creencias. De otro lado, pienso que uno tiene que entender que las creencias son solo eso. Cosas en las que la gente cree y que básicamente no pueden ser comprobadas. No se le pueden imponer a nadie, que cada quien tenga las que quiera. No sabemos lo que pasó antes del Big Bang. A veces me gusta pensar que hay un Dios que creó todo esto y que es parte de mi trabajo hacerlo comprensible. En lo que no estoy de acuerdo es en la necesidad de tener una infraestructura para todo eso que no entendemos. Y luego pretender que un grupo en particular lo hace mejor que otro. En todo caso, la religión nunca debe estar por encima de la ciencia, que está basada en la evidencia”.

Al despedirnos, Osheroff me dice que no se considera en estricto sentido un humanista. En literatura prefiere algunas historias de heroísmo a novelas. En la universidad se las ingenió para pasar el curso sobre Joseph Conrad leyendo solo los comentarios de solapa de un libro sobre la imaginería en Nostromo. Sin embargo, la poesía acompaña con frecuencia su comprensión del mundo, y me sorprende recitando de memoria un poema de William Wordsworth, Poem Composed A Few Miles Above Tintern Abbey [Poema escrito a unas pocas millas de la Abadía Tintern], de 1798, que habla de paisajes y recuerdos queridos: “Cinco años han pasado; cinco veranos, con la duración/ ¡de cinco inviernos! y de nuevo escucho/ esas aguas...”.

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