Endry Cardeño en su papel de Laisa Reyes. Foto cortesía TV Y Novelas.

Colombia: La explotación del cliché

Mientras que la televisión estadounidense subvierte a cada rato los clichés que ella misma crea sobre los estereotipos gays, Colombia parece todavía estancada en una rancia representación de afeminados peluqueros o, si acaso, emotivos dise ñadores. Una mirada a dos modelos contrapuestos.

2011/06/23

Por Federico Arango

El primer personaje abiertamente gay de la televisión colombiana fue Eurípides, interpretado por Carlos Barbosa en la telenovela El Divino de Caracol en 1987. Era un estilista cómico, ajustado al cliché de la loca emplumada, que fue muy querido por los televidentes. Lo mismo puede decirse, 24 años después, de Lucas de la Rosa, el aterciopelado diseñador de Chepe Fortuna. La conclusión es obvia: el lugar común del peluquero o el diseñador queer sigue mandando a la hora de poner a un gay en la pantalla.

 

Desde finales de los ochenta, lo gay comenzó a ser un ingrediente frecuente a la hora de concebir tramas. Y dentro del cliché, altas y bajas. En un extremo están, por ejemplo, Alex Barón Melo Rosa, estilista de La posada; Lucas Beltrán, presentador de farándula que hacía Sebastián Sánchez en El auténtico Rodrigo Leal y Willy (Manuel José Chávez) y Eduard (Julio Sánchez Coccaro), dos roles hechos a la medida del lugar común, protagonistas de La peluquería. En el medio, personajes con unos metros más de profundidad que cosecharon aplausos como el que hizo Juan Sebastián Aragón en Mascarada o el discreto ejecutivo Bernardo Vallejo (Guillermo Vives), hermano de Sebastián en Café, o el temperamental Hugo Lombardi (Julián Arango) en Betty la fea o Leandro (Andrés Felipe Martínez), el diseñador de Las aguas mansas. Y en la otra punta, los que se salieron del molde como Alcides (Juan David Galindo), obrero que decide salir del clóset a expensas de Harold, el peluquero (José Luis Paniagua) en el Último matrimonio feliz, Mauri (Patrick Delmas) y Fer (Jorge Enrique Abello) en Aquí no hay quién viva y, por último, el político enclosetado Carlos Hidalgo (Juan Pablo Gamboa) y el empresario Camilo Rincón (Juan Pablo Espinosa) y su relación construida sobre la tensión sexual en Secretos de familia.

 

Hay que rescatar propuestas arriesgadas que sucumbieron ante las ligas de la decencia. Ahí están Géminis, serie cuya trama, de frente, era un triángulo amoroso entre dos hombres y una mujer; Perfume de agonía, con un amor lésbico que incluyó el polémico beso entre Alejandra Borrero y Marcela Gallego en el marco de un síndrome de Estocolmo; El infierno, miniserie de Bernardo Romero Pereiro que llevó a los hogares colombianos escenas homoeróticas y que duró apenas tres capítulos y Los pecados de Inés de Hinojosa con sus icónicas escenas de cama a cargo de las divas Margarita Rosa de Francisco y Amparo Grisales. Pero son excepciones. Es claro que hay un lugar común que se niega a ser desbancado.

 

Germán Yances, crítico de TV, ve dificil que ese estereotipo pueda cambiar en el futuro cercano. “El televidente es un sujeto disperso; la recepción está llena de distractores y de múltiples ruidos. Ante eso, los productores aplanan y simplifican conflictos y recurren a los estereotipos”.

 

Pero los excesos se castigan y eso lo sabe Consuelo Cepeda, defensora del televidente del canal RCN: “Cuando los personajes gays son muy caricaturescos generan rechazo, el público claro que percibe que hay una burla”. Fabián Sanabria, decano de Ciencias Humanas de la Universidad Nacional es más crítico. Para él, así se reproduce “el modelo de la loca que bota pluma, que solo se realiza como sujeto social por sus opciones sexuales. El problema con esa caricatura es que los televidentes creen que es la única posibilidad. Se vuelve tan desafortunado como el cubrimiento de las marchas del orgullo gay, o las locas o los del cuero y las cadenas, puros extremos. Hay miles de posibilidades más”.

 

Ahora el público: ¿De verdad es tan pacato? Sí es así, ¿por qué el éxito de tantos personajes e historias gays más allá de que encajen o no en el estereotipo de la loca? Yances dice que el tono de comedia le baja el nivel de choque y confrontación a temas sensibles. Pero no solo eso. Aquí ayuda, y mucho, la solidez del personaje, Cepeda cuenta que no ha recibido ni una sola carta por Lucas de la Rosa, el de Chepe Fortuna. Aun así, sí hay todavía muchos temores. Sobre todo, detrás de cámaras existe el miedo a las quejas de los defensores de oficio de la moral y las buenas costumbres.

 

Y es que algunos padres de familia que pueden estar dispuestos a tolerar a un estilista amanerado e incluso a un carismático travesti, pero de ahí a que ellos, y sobre todo sus hijos, vean a una pareja homosexual haciendo fila para pagar el predial y recién levantados en una mañana de domingo hay una distancia importante. No quieren que sus criaturas en edad de definir su orientación sexual tengan a la mano un ejemplo que se escapa del blindaje que brinda el cliché. Aquí cabe el caso de Laisa Reyes. Cardeño recuerda como, finalmente y después de alguna resistencia inicial, el suyo terminó siendo el personaje favorito de los niños. Giraldo, sobre este caso, trae a colación una anécdota: “cuando ella estaba de moda, coincidimos en un reinado de la panela como jurado; la gente se le tiraba a tomarse fotos con ella, niños de 8 y 9 años se acercaban con sus papás”.

 

La otra gran pregunta es por las historias. ¿Le corresponde a libretistas romper esquemas? Consuelo Cepeda, defensora del televidente del canal RCN, cree que ellos “no pueden escribir sobre una realidad inexistente”. Sanabria, en cambio, sí les pide ser más audaces, “ellos reproducen la dominación, claro que son culpables”. Aquí no sobra tener en cuenta el temor que produce la ira del dios Ibope. Los dueños de los canales están poco dispuestos a jugársela por una historia en la que el gay no es un personaje secundario o si va a ser protagonista, como en La Peluquería, fuertemente estereotipado.

 

¿Cuánto falta para ver una historia en que lo gay esté en el centro de la trama? Si los personajes y las historias de este corte han pegado ha sido porque han sabido conectarse con el público dejando la orientación sexual como una dimensión más, o una línea dramática más; aquí el tema de la trasgresión, de los valores juega un papel menos determinante de lo que parece: quienes brincan cuando lo gay aparece en horario triple A parecen más una minoría organizada que sabe hacerse oír, que ha monopolizado el debate. Mientras tanto, el resto de la teleaudiencia, a juzgar por lo visto en estos últimos veinticuatro años, no tiene mayor problema con ver en la pantalla personajes e historias que desde hace ya un buen tiempo hacen parte de sus propios melodramas.

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