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  • El británico Roddy Doyle, autor de Una estrella llamada Henry.

Muchos Henry

Se llamaba Henry y su nombre lo heredó de un hermano muerto. Desde niño supo que no tenía lugar en el mundo, pues nunca pudo superar la nostalgia de su madre, la muerte de sus hermanos hambrientos, el asesinato de su padre que no era más que un miserable

2014/12/10

Por Marta Ruiz

sicario de barrio, usado por el capo del momento en la ciudad para deshacerse de sus enemigos. Se hizo en la calle, aprendió a sobrevivir como lo hacen quienes crecen en los bordes de la urbe, con un poco de picardía, de trucos, de mentiras.

Entonces llegó el IRA y convirtió su sagacidad callejera en violencia política. Henry se hizo combatiente y en el alzamiento de Pascua fue quizá el más aguerrido. Nunca pudo saber si lo que lo motivaba a levantarse en armas tenía que ver realmente con algún nacionalismo, alguna ideología, o con el gusto y la costumbre adquirida de disparar. El olor de la pólvora. No tenía arraigo ni moral. El impulso de la violencia palpitaba en su corazón desde que tenía memoria, y se había hecho normal. Necesario. “Ya no existía una manera limpia de luchar, y tampoco había un Dios al que darle gracias”. Sin embargo, en el fondo de su corazón soñaba que la organización guerrillera se convirtiera en una especie de redención, de leitmotiv para su violencia.

Se trata de una novela profunda: Una estrella llamada Henry, de Roddy Doyle, en la que el autor de The Commitments, de Paddy Clarke Ja Ja Ja y de la Mujer que se estrellaba contra las puertas se mete en el corazón de la violencia política, con la historia conmovedora de un desarraigado que encuentra un nicho para sentirse alguien en el grupo armado, un joven que busca pertenecer a “algo”, tener un “ideal” que se le esfuma entre las manos, y en el que su amargura, el deseo de venganza y la docilidad se mezclan. Henry tendrá que recorrer un largo camino para entender que por lo menos en Dublín, crimen organizado, mafia y maldad no están distantes de quienes dicen alzarse por altruismo. Que todos usan seres como él, perdidos en el mundo, como carne de cañón, como fusibles. “Todos ellos eran maestros del disfraz y de la invisibilidad”. Y se rebela a su manera.

Por supuesto, esa combinación de desenfreno y orfandad era su mayor atractivo. “A las mujeres siempre les gustaron las cicatrices; y a mí me encantaban las mujeres” dice. Y encuentra, como cualquier chico de barrio, en el amor y en la temprana paternidad un aliciente, un bálsamo para su furia.

La historia de Henry puede ser contada en cualquier país del mundo que ha visto transmutar la violencia política en criminal, y viceversa. Si bien las ciencias sociales pueden trazar una línea divisoria entre criminales y rebeldes, entre guerrilleros y bandidos, entre idealistas y matones sin dios ni ley; la novela muestra una sola alma joven, en diferentes contextos, con una única pulsión por la violencia. Y el acto de matar como un escape al desasosiego y la soledad, como la búsqueda de una identidad que le ha sido arrebatada aún antes de nacer.

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