Sí, Medellín compite con Bogotá. Lo curioso es que compita a pesar de que ambas ciudades se encuentren en escalas tan distintas que a simple vista descartarían una competencia. En términos cuantitativos, Medellín podría ser a Bogotá lo que Guadalajara es al DF, Concepción a Santiago y Córdoba a Buenos Aires. Es decir, ciudades intermedias que, pese a su importancia, no logran resistirse a la fuerza centrípeta de la capital.
Pero es que en esta relación poco importan las cifras. Bogotá ha sido para Medellín rival, ejemplo y contraste. Esta relación, que ha tenido sus altos y sus bajos, tiene sus raíces históricas.
Frutos de mi tierra, la primera novela de Antioquia, escrita por Tomás Carrasquilla en 1896, surgió en el marco de un debate cultural de Medellín con Bogotá. En el momento en que la novela apareció, despuntaba el pensamiento crítico en la región. Por primera vez en la vida republicana, Antioquia disminuía el volumen de su discurso autoadulatorio —excepción hecha de algunos disidentes— e impulsada por la derrota en la guerra de religión de 1876 y por el centralismo que se impuso con la Constitución de 1886, comenzó a examinarse críticamente.
Estos dos hechos —la derrota y el centralismo— hicieron que Antioquia creara de forma acelerada una tradición cultural para oponerla a la de Bogotá: si en la capital se dictaban tratados de la lengua, en Medellín se reivindicaba la manera propia de hablar; si las revistas bogotanas —en especial El Mosaico— eran las únicas que se asociaban a la alta cultura, los hombres de Medellín creaban publicaciones como El Montañez, El Repertorio, Lectura y Arte o Alpha. Y lo que más preocupaba: ¿si Bogotá era cuna de varias novelas, por qué Medellín no había podido tener la primera? “¿Sería —se preguntaba entonces Carrasquilla— que en Antioquia no existía materia novelable?
No, no había existido; tenía que aparecer el pensamiento crítico hacia dentro y hacia fuera para que Frutos de mi tierra y las siguientes novelas pudieran aparecer.
De este debate letrado, Medellín salió fortalecida. En él se formaron, entre otros, Luis Tejada, León de Greiff, Baldomero Sanín y Fidel Cano, fundador del periódico El Espectador que en 1923 fue expulsado de la ciudad a Bogotá por los conservadores, para el bien de la capital y para perjuicio de Antioquia. Para este momento, la efervescencia crítica y cultural había disminuido y el discurso más acrítico se había impuesto nuevamente en la plaza.
Sería necesario vivir los horrores de la violencia a finales del siglo XX para que Medellín volviera a revisarse como ciudad y a vivir otro proceso de conversión, primero cultural, luego político y finalmente urbano. Este, como el de hace un siglo, estaría originado por la saturación de la violencia y, de nuevo, animado por la experiencia de trasformación que había vivido Bogotá, pero este se daría en un escenario de descentralización política.
Gracias en parte a esta descentralización que llegó con la Constitución de 1991, Bogotá logró pensarse más como ciudad que como capital y plantearse problemas cotidianos de los ciudadanos. Medellín quiso seguir este ejemplo. La ciudad, que en los ochenta había iniciado un proceso de renovación de los espacios culturales, quiso replicar a su manera la experiencia política y urbana de la capital: no solo eligió gobiernos independientes —Fajardo, Salazar— sino que también le apostó a una democratización de los espacios públicos.
Según el urbanista Alejandro Echeverri, líder en este proceso, Medellín optó, después de estudiar varias ciudades —Bogotá incluida—, por un modelo de trasformación urbana acorde con sus condiciones positivas y negativas: EPM y el metro vs. la violencia y las exclusiones. Así, mientras en la capital se habían privilegiado los tejidos y las redes —la cicloruta, las alamedas y el Transmilenio—, Medellín prefirió hacer intervenciones a profundidad en ciertas zonas de frontera y de violencia, mucho más parecidas a las de las favelas de São Paulo y de los barrios pobres de Barcelona.
“Este proceso —dice Echeverri— apenas comienza; se necesitan al menos veinte años para ver resultados duraderos”. Pero con todo y lo insuficiente que puede ser, ya tiene efectos hacia dentro y hacia fuera: la vida cotidiana de muchas personas ha cambiado; el Orquideorama, el Parque de las Esculturas, las bibliotecas y otros símbolos han reemplazado al Coltejer y al Pueblito paisa en las postales de la ciudad; Medellín se ha vuelto un ejemplo para ciudades como Detroit o Bombay, y se ha abierto un espacio en la diplomacia internacional: si antes todo se tramitaba por la cancillería, desde hace pocos años la ciudad gestiona directamente recursos y eventos con otros gobiernos y ciudades del mundo.
Estos cambios, sin embargo, no han tenido mayor resonancia en Bogotá. Para vencer esta distancia, surgió este año, la iniciativa de la Facultad de Arquitectura de la Universidad de los Andes y de Urbam (el Instituto de estudios urbanos y ambientales de Eafit) de mostrar el desarrollo urbano de ambas ciudades en la semana de la arquitectura de Londres y en la revista inglesa Architecture and Design.
En esta última aparecen las fotos de San Victorino y del Parque Explora como hitos de dos ciudades paralelas y comparables. Pero ¿qué tan parientes son estas imágenes? ¿Cuánto ha tenido que ver la una con la otra?
Parece claro que Bogotá sí ha tenido que ver con Me-dellín, sobre todo en los momentos en que los antioqueños se hacen más críticos de sí mismos y dejan de lado su encierro montañoso y peligroso. Pero esto parece no ser recíproco, aunque este tema —la relación de Bogotá con las otras ciudades y especialmente con Medellín— dejémoslo quieto. Es harina de otro costal.
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