En el televisor, una imagen de la película 'Bajo el cielo antioqueño'

¿El cine antioqueño superará el tema de la violencia?

Compartimos este artículo del especial "Preguntas Imprudentes sobre Medellín" de nuestra edición 71. Víctor Gaviria ha logrado probar lo que prueban los grandes narradores: que en su rincón del planeta también suceden las tragedias griegas.

2011/09/16

Por Ricardo Silva Romero

Claro que sí. Pero si no quiere superarlo, si vuelve a caer en las ficciones que documentan las grietas de su sociedad, deberá tener muy claro que no está cometiendo un error. Claro que sí: claro que pueden filmarse, en Medellín, historias que no ocurran en los sótanos de la mafia ni en los empinados barrios sembrados por la violencia: pequeños dramas intimistas, por ejemplo, en los que pase lo que pasa dentro de cualquier hombre. Pero si no llegara a suceder, si el cine medellinense se quedara el resto de la vida contando la ciudad que cuentan las extraordinarias obras de Víctor Gaviria, tendremos que insistir en que “los buenos directores cuentan lo que ven” cada vez que los espectadores se quejen porque “todas las películas colombianas son sobre el conflicto”: tendremos que decir que el cine hecho en Medellín no logra superar el tema de la violencia porque la violencia no ha sido superada.

 

Las ficciones hechas en Medellín, de los relatos de Tomás Carrasquilla a las narraciones de Jesús del Corral, han tendido siempre al realismo. Han pintado con afecto el paisaje, las costumbres, las leyendas de la región. Y han retratado a sus personajes, pícaros de mirada fija que por poco, a punta de palabras, logran ocultar su pasión por el dinero, con un humor tan crítico como compasivo. Así, de la misma manera, ha sucedido en las películas. Ver Bajo el cielo antioqueño (1925), la primera gran epopeya de nuestro cine mudo, una ambiciosa producción de 131 minutos dirigida por Arturo Acevedo Vallarino, es conocer una sociedad orgullosa, valiente e irascible en la que la solución de fondo es el dinero: la turbulenta historia de amor entre el astuto Álvaro y la inocente Lina (cualquier parecido es pura coincidencia) solo será posible cuando él se convierta en millonario.

 

Sí hubo películas colombianas de los treinta a los sesenta. Sí hay. Por lo brumosas, por lo esporádicas, por lo pocas, no podría decirse que dieron lugar a algo semejante a una cinematografía nacional. Pero sí podría asegurarse que les sirvieron como borradores y como inspiración a los cineastas colombianos que se dieron a conocer a finales de los setenta. Desde esos tiempos habría que recordar, ya que hablamos de cine hecho en Medellín, los valientes documentales experimentales de María Regina Pérez y Juan José Escobar, la influencia innegable que ejerció en los cineastas paisas (como guionista, director y productor) el fallecido realizador chileno Dunav Kuzmanich, y de cómo San Antoñito (1986), dirigida por el bogotano Pepe Sánchez, logró convertir el cuento de Carrasquilla en una parábola sobre los paisas.

 

Resulta fácil comprobar, sin embargo, que Medellín comenzó a quedar en el mundo gracias a las películas de Víctor Gaviria. Gaviria, poeta venido desde el neorrealismo, fuerza detrás del festival de Santa Fe de Antioquia, parte fundamental de la primera generación de autores cinematográficos colombianos, ha construido una obra que no solo ha puesto en el mapamundi a su ciudad sino que, aun cuando en un principio sus personajes, encarnados por actores de la vida real, parezcan seres extraterrestres, ha logrado probar lo que prueban los grandes narradores: que en su rincón del planeta también suceden las tragedias griegas, las parábolas bíblicas y los géneros cinematográficos. Sus mediometrajes Los habitantes de la noche (1980), Que pase el aserrador (1985) y Los músicos (1986) lo convirtieron en el cronista sensible e implacable de la vida bajo las escalofriantes reglas del juego de su tierra. Y su celebrada trilogía del infierno paisa, Rodrigo D. no futuro (1990), La vendedora de rosas (1998) y Sumas y restas (2004), dio la noticia de que aquí ha estado ocurriendo una tragedia: que la pasión por el dinero ha venido arrasando con todo.

 

La obra consistente de Gaviria, que sigue, entre el documental y la poesía, a una serie de ángeles caídos que tratan de sobrevivir en las cuevas violentas de Medellín con la poca fuerza que les queda, ha marcado a los cineastas de los tiempos de la Ley de cine. Apocalipsur (2007), de Javier Mejía, una de las mejores películas colombianas de la última camada, parte de las experiencias de Gaviria (de esa honesta recreación de la vida en la ciudad) para narrar a una generación que se acostumbró a vivir en suspenso. Los colores de la montaña (2011), de Carlos Alberto Arbeláez, se vale de las técnicas neorrealistas que sabemos para respondernos la pregunta “¿de dónde vienen esas familias rotas que un día amanecen en los lugares más inciertos de la capital de Antioquia”.

 

Claro que sí: los cineastas paisas siguen cayendo en el tema de la violencia. Pero es el país, no sus narradores, lo que está atrapado en el horror. Y no deberíamos ir por el mundo diciendo que “aquí solo se hacen películas de narcos”, sino lamentando que no se hagan las suficientes para comenzar a digerir la pesadilla.

 

A nuestros cineastas, abrumados por las limitaciones, durante décadas les costó mucho valerse de los géneros cinematográficos a la hora de narrar: en Colombia no solían producirse películas del oeste ni comedias románticas, sino —como si ese fuera el único género posible— “cine colombiano”. En los nuevos tiempos de la Ley de cine, sin embargo, varios directores cinéfilos, liberados de las culpas que trajeron tantas ideologías y educados en la idea de que lo que en verdad importa es el relato, están cambiando las cosas. Los hermanos Juan Felipe y Carlos Esteban Orozco, ya que hablamos de realizadores de Medellín, han estrenado un largometraje de terror titulado Al final del espectro (2006) y una producción de acción bautizada Saluda al diablo de mi parte (2011). Y el escritor Andrés Burgos edita su ópera prima, Sofía y el terco (2012), como una road movie con todas las de la ley.

 

Son un par de ejemplos que, sumados, dan una buena noticia: la violencia no dejará de ser tema, pero estamos aprendiendo a narrarla.

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