Cameron Tucker y Mitchell Pritchett de Modern Family.

Estados Unidos: La audacia de una nueva mirada

Mientras que la televisión estadounidense subvierte a cada rato los clichés que ella misma crea sobre los estereotipos gays, Colombia parece todavía estancada en una rancia representación de afeminados peluqueros o, si acaso, emotivos dise ñadores. Una mirada a dos modelos contrapuestos.

2011/06/23

Por Giuseppe Caputo

Tres series de televisión transmitidas actualmente en los principales canales de los Estados Unidos están generando discursos alrededor de la homosexualidad que van mucho más allá del reconocimiento de la identidad sexual como un conflicto personal, familiar y social: Glee, ganadora del Globo de Oro a la mejor comedia o musical en el 2009; Modern Family, un falso documental galardonado con el Premio Primetime Emmy ese mismo año, conocida en Colombia principalmente por la participación de Sofía Vergara; y United States of Tara, producida por Steven Spielberg y creada por Diablo Cody, ganadora del Óscar al mejor guion por la película Juno.

 

Algunos personajes de estas producciones trascienden la percepción de la homosexualidad como una realidad vergonzante o repulsiva y, al igual que en su momento lo hicieron los protagonistas de las flamantes Will and Grace (trasmitida desde 1998 hasta el 2006) y Queer as Folk (desde el 2000 hasta el 2005), encarnan posiciones inéditas en la esfera audiovisual con respecto a la otredad sexual, la homofobia y la paternidad gay.

 

Los dos papás de Rachel Berry: la naturalidad como revolución

 

Así se introduce Rachel Berry, de 16 años, en el primer episodio de Glee: “Nací del amor: mis dos papás mezclaron sus espermatozoides en una probeta y aún hoy ignoramos cuál es mi verdadero padre, cosa que me parece increíble. Ellos me miman con las artes. Me dieron clases de baile y lecciones de canto”.

 

Vemos una foto de ambos en ese momento y nunca más vuelven a aparecer en las dos temporadas que lleva la serie al aire. Sin embargo, es frecuente oír a Rachel empezar una conversación diciendo “Mis dos papás piensan que…” sin empalagos ni vergüenza. En el mismo programa hay un personaje gay —Kurt Hummel—que es víctima del bullying y otro —Dave Karovsky— que es la clásica representación del homosexual enclosetado y homofóbico. Mientras ellos viven las tribulaciones de las minorías en sociedades puritanas y retrógradas, la sincera naturalidad con que Rachel —primera generación de adolescentes hijos de gays— habla de sus padres es refrescante y rompedora.

 

Marshall Gregson: Otredades

 

Marshall tiene 14 años, vive en Kansas y considera que su madre, Tara, una mujer que sufre trastorno de identidad disociativo, lo hace interesante, “cosa que me encanta”. No le gusta “oír hablar de vaginas”, cocina platos sofisticados para toda su familia y lee. Lee todo el tiempo. Entender su homosexualidad como una cuestión irrelevante, vacía de conflicto y carente de atractivo contiene una idea fascinante: que la otredad sexual ya no es otredad.

 

Kurt Hummel y Dave Karovsky: rehabilitar al homofóbico

 

Kurt piensa que Dios es idiota porque “primero me hace gay y luego tiene a sus seguidores persiguiéndome y diciéndome que esto es algo que elegí, como si alguien eligiera ser un blanco de burlas todos los días de la vida: soy infeliz. Ser el único gay asumido del colegio me deprime. Hay un neardental que hace de mi vida un infierno y nadie parece notarlo”, confiesa. Se refiere a Karovsky, un atleta que deplora no solo que Kurt sea gay sino que “se lo restriegue en la cara todo el día” por la forma como se viste: “La próxima vez que quieras expresarte vistiéndote como un fenómeno de circo mi puño se va a expresar contra tu quijada”, le grita. Después le da un beso y lo amenaza de muerte si le cuenta a alguien lo que ha sucedido.

 

Estudiantes del colegio utilizan una expresión muy interesante para referirse a Karovsky: “Hay que rehabilitarlo”, un término históricamente utilizado por corrientes homofóbicas (y que, por supuesto, continúa vigente en algunos círculos) para referirse a la “normalización” de los gays. Rehabilitar al homófobo: un discurso que no contiene electrochoques ni privaciones sexuales sino, para seguir citando a los protagonistas de Glee, “educación”.

 

Cameron Tucker y Mitchell Pritchett: Ventajas competitivas de ser minoría

 

Cameron y Mitchell, de la comedia Modern Family, acaban de adoptar a Lilly. Sus preocupaciones principales giran alrededor de la crianza en sí misma: por qué no está gateando, por qué no sabe armar torres con los cubos. “Tu papi pelirrojo es malgeniado”, oímos a Cam decir de vez en cuando. Y cada vez que pronuncian la palabra “adopción” aplauden y sonríen “para quitarle la carga negativa al término”.

 

Uno de los momentos más interesantes de la comedia ocurre cuando deciden matricular a Lilly en una guardería y solo queda un cupo. “Tienen que relajarse”, les dice una trabajadora del colegio. “Ustedes son padres gays que han adoptado a una bebé asiática. Les aseguro que pueden entrar a la escuela que quieran: a todos los institutos les gusta presumir de su diversidad”.

 

“Esta es la primera vez que ser gay es una ventaja competitiva. Por primera vez somos la primera opción”, dicen entusiasmados. Pero la escuela otorga el cupo a “una pareja de lesbianas interraciales minusválidas con un bebé africano”. La serie se burla no solo de la discriminación positiva y de la competencia y mutuo rechazo entre minorías sino también de esa suerte de burocracia del lenguaje utilizada para referirse a estas.

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