La periodista colombiana Sylvia Duzán.

La promesa cumplida

A veinte años del asesinato de la periodista Sylvia Duzán, Arcadia pasa revista a la agudeza de sus textos.

2010/10/13

Por Francisco Barrios

En los años ochenta las pandillas juveniles de “bíyis” del norte de Bogotá nos producían terror a los que no pertenecíamos a ellas ni a su mundo. Parchaban en un sitio de “maquinitas” llamado Uniplay, ubicado en la salida de atrás al parqueadero de Unicentro y por el que era mejor no asomarse. Al miedo que nos producían se sumaba la vergüenza de que para los adultos este fenómeno fuera algo intrascendente, propio del mundo de los adolescentes, porque estos tipos eran realmente peligrosos: consumían drogas, andaban armados, y sus famosos “tropeles” solían terminar con heridos. Tal vez la primera periodista que llevó esta realidad a la prensa nacional fue Sylvia Duzán, que se internó en el mundo de las pandillas y mostró en crónicas como “La decadencia de la gallada de Unicentro” que personajes legendarios como “el negro Tadeo” y Esteban no eran simplemente una versión local de John Bender, el colegial desadaptado de la película The Breakfast Club. “Sin pretender liderar una avanzadilla intelectual que profundizara en la sociedad que les había tocado vivir,” afirma Duzán, “[los bíyis] conformaban la primera logia norteña capaz de retar la calma chicha del centro comercial.” Tadeo, el que “metía el puño, jugaba mucho a las patadas, tiraba a los cojones”, apareció muerto de un disparo, y las crónicas de Duzán pasaron a convertirse en el preámbulo de testimonios de la delincuencia juvenil hoy considerados clásicos, y que aparecerían meses después del asesinato de la periodista (el libro de Alonso Salazar, la película de Víctor Gaviria Rodrigo D: No futuro y la teleserie “Cuando quiero llorar no lloro” o “Los Victorinos”, dirigida por Carlos Duplat).

 

Sylvia Duzán nació en Bogotá en 1958, empezó a estudiar Economía en la Universidad de los Andes, pero abandonó la carrera y empezó a trabajar en la revista Semana y a escribir para el Magazín Dominical de El Espectador. Seguía así la tradición de su familia: su padre, Lucio Duzán, así como su hermana María Jimena, fueron columnistas de este diario. Desde mediados de 1982 y hasta febrero de 1984 estuvo a cargo de la sección Vida Moderna de Semana. Después trabajó como periodista free-lance para la misma revista y para publicaciones como La Prensa, El Espectador y La Gaceta de Colcultura. También realizó documentales para la televisión y en 1986, junto con Ramón Jimeno, Olga Behar, Gladys Jimeno, Eduardo Arias y Salomón Kalmanowitz, su esposo, fundó el semanario Zona. Ya consolidada como reportera de primera línea, fue mucho más allá de entrevistar pandilleros para buscar a personajes del bajo mundo y la naciente cultura del sicariato de Medellín.

 

No conocí a Sylvia Duzán y, ahora que soy casi diez años mayor que ella cuando la mataron, no puedo evitar pensar en ella como la “joven reportera intrépida” que suele ser la otra cara de algún superhéroe; la periodista capaz de inspirar una confianza tal en sus entrevistados que logra obtener de ellos testimonios que erizan la piel por su candidez. En su perfil de un sicario “Si uno no mata, lo matan a uno”, le pregunta a su entrevistado por los inicios de su banda de sicarios, a lo que él responde: “Teníamos peleas jugando, por cualquier cosa, que no tapaban un gol, peleas de defensa, puñaladas contra los ladrones que se metían con nosotros, pero éramos sanos.” Y continúa: “¿Cuántos muertos se necesitan para ser un sicario profesional? No muchos. Pero el problema no es simplemente matar. Es aprender lo que se está haciendo. Sacar alguna cosa provechosa para uno.” Y más adelante ella le pregunta dónde consigue las armas: “(…) los policías mismos que las quitan nos las venden a nosotros. ¿Y sabe que baratas?” En otro de sus perfiles, esta vez de un jalador de carros, logra de él la siguiente confesión: “Cuando yo me retire de esto me gustaría ser decorador residencial. (…). Que arreglar unas cortinas, que un tapete…y allá sí que no me robo nada.”

 

A finales de 1989, la productora de documentales Citurna le propuso a Duzán realizar un documental sobre iniciativas de paz en medio del conflicto colombiano. Este documental estaba destinado a Canal 4 de Londres. La periodista decidió incluir en su documental a la Asociación de Trabajadores Campesinos del Carare (ATCC), surgida dos años atrás por iniciativa de un grupo de campesinos del corregimiento de La India, cerca a Cimitarra, Santander, y que tenía por objetivo evitar que los actores del conflicto, ya fueran la guerrilla, los paramilitares o el ejército involucraran a la comunidad acusándola de tomar partido. El título del documental de Duzán se llama “Las guerras de la coca”.

 

Después de un largo viaje, la periodista logró reunirse en la cafetería La Tata, en Cimitarra, con los directivos de la Cooperativa Campesina del Carare, Josué Vargas, Raúl Barajas y Saúl Castañeda. A las 9:45 de la noche del 26 de febrero de 1990 los dirigentes y la periodista fueron asesinados por paramilitares a quienes Sylvia posiblemente habría querido algún día entrevistar.

 

Al momento de su muerte, además del documental para Canal 4, Duzán estaba trabajando en una antología de la famosa revista bogotana Chapinero para Tercer Mundo Editores y en un libro sobre los sicarios de Medellín. Aunque no tengo la menor duda de que Sylvia Duzán podría haber hecho mucho más, creo que es impreciso hablar de ella como “una promesa truncada”. La calidad de su escritura y, sobre todo, del trabajo de reportería que la respalda, se debe precisamente a que sólo alguien tan joven pudo acercarse a esos fenómenos en su momento y dar cuenta de ellos de una forma tan atinada.

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