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  • Fotogramas del documental La Siberia (2015), codirigido por Gerrit Stollbrock e Iván Sierra.

Deseo de ruinas

Este documental se hunde en una historia imposible de contar de manera totalizante: la vieja fábrica de Cementos Samper, en La Calera, endeble y a punto de sucumbir, guarda no solo la memoria de sus trabajadores sino la de un lugar que surtió a Bogotá de materiales para su construcción. Uno de sus directores recuenta su historia.

2015/07/18

Por Gerrit Stollbrock* Bogotá

Si no queda grabado es como si nunca hubiera existido, ¿no?”, dice Álvaro Triviño, un personaje del documental La Siberia, sobre la emblemática planta de Cementos Samper y el pueblo industrial del mismo nombre, cuyas ruinas reposan en las inmediaciones de La Calera, Cundinamarca. Lo afirma justo antes de que veamos el desplome de la torre más icónica del cable que bajaba la caliza de la mina de Palacio, hoy parte del parque natural Chingaza, por obra de los chatarreros.

Esa afirmación puede explicar, en buena parte, el entusiasmo que sentimos Iván Sierra y yo cuando invitamos a los antiguos trabajadores de la fábrica a participar en el documental. De la plétora de ‘mitos’ sobre el futuro de La Siberia, todos coinciden en que a su monumental ruina le espera su demolición definitiva. Sin duda, el pasado tiene cierto parecido al hielo seco: de su estado sólido pasa de inmediato al gaseoso, se convierte en sueños. “Esto, esto es un como sueño, palabra que sí…”, dice don Hernando Cifuentes, otro de los personajes del documental, perplejo en medio de las ruinas. Tal vez por eso es que del pasado necesitamos registros, pruebas, documentos.

 
Fotogramas del documental La Siberia (2015) codirigido por Gerrit Stollbrock e Iván Sierra
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Usado por primera vez por John Grierson, el padre del documental británico, el término documental parece tener desde sus inicios esa promesa de registro póstumo del presente. Esa fue la fascinación que despertó el invento del cinematógrafo por los hermanos Lumière: el registro visual del presente, de lo contrario en perpetuo e inasible movimiento. Y esa fascinación por el registro sigue, por supuesto, muy vigente. Sergei Loznitsa, director de cine ucraniano, afirmó al referirse a Maidán, su documental sobre la inmensa movilización ciudadana en contra del gobierno de Ucrania en la plaza de Kiev a finales de 2013, que inicialmente no estaba pensado como una película: “solo quería fijar los eventos en la cámara, porque era un evento histórico”. Le queda a los ucranianos, y a nosotros como sus testigos distantes, ese sobrecogedor documento de historia reciente. Aunque la clásica definición de documental del propio Grierson, como “el tratamiento creativo de la actualidad”, parece responder mucho más a la sed de la inmediatez, al ansia humana de capturar el presente. Vista en un horizonte de tiempo más amplio, revela que todo documental tiene, de un modo u otro, y a pesar de la diversidad de sus recursos audiovisuales, algún impulso que busca suplir el ansia de memoria.

La Siberia cerró definitivamente en 1998. La idea del documental nació once años después y fue rodado en 2010. Pertenece entonces a lo que David MacDougall, uno de los antropólogos visuales más prominentes, llamó alguna vez “películas sobre memoria” (Films of memory). ¿Cuál es su diferencia con los demás documentales? Es un grupo de piezas un tanto extraño, propio de quienes llegaron muy tarde al registro del presente, de quienes aspiran a capturar con la cámara, paradójicamente, lo que ya no está: los acontecimientos ya tuvieron lugar y en muchos casos los espacios desaparecieron, los actores de la historia ya murieron y los archivos audiovisuales terminaron en algún botadero, si es que existieron. Parten, pues, de la ausencia y tienen que echar mano, en mayor o menor medida, del resto del arsenal de recursos del documental, para complementar de algún modo la presencia de espacios transformados o derruidos; de los envejecidos sobrevivientes o, en su defecto, sus descendientes; de las cintas mohosas en 16 milímetros que algún afortunado encontró en el cajón del abuelo.

 
Fotogramas del documental La Siberia (2015) codirigido por Gerrit Stollbrock e Iván Sierra.

La tarea parece condenada al fracaso, y estos documentales a someter a sus espectadores a un inexpugnable aburrimiento: si alguna vez hubo acción, esta ya pasó. A pesar de todo, la tarea no parece muy distinta de lo que la mayoría de personas podría asociar a la palabra “documental”: todos los recursos audiovisuales, incluidas simulaciones 3-D, reconstrucciones históricas (reenactments) y animaciones, conspira en canales como The History Channel o National Geographic, para narrar indistintamente la caída del Imperio Romano o la operación Jaque. La pirotecnia audiovisual pretende encubrir la ausencia, saltar olímpicamente por encima del abismo del tiempo y mantener, a como dé lugar, la atención del espectador en una historia que necesariamente ya ha tenido su desenlace: es la Historia al alcance de la pantalla, según tratan de decirnos.

Aunque la tentación de ceder definitivamente ante el artificio parece inmensa, sobre todo pensando en no perder las impacientes audiencias del presente –según estudios recientes, la mayoría de cibernautas solo soporta videos de 10 segundos–, algunas películas optan, no obstante, por contenerse. En la lista de obras maestras aparecen, por ejemplo, Shoah, de Claude Lanzmann o El fondo del aire es rojo, de Chris Marker. ¿Cómo se explica esto? En cada caso las razones pueden ser disímiles aunque haya cierto foco de interés justamente en la distancia entre pasado y presente. Estas que siguen son algunas de las razones que nos interpelaron en la realización de La Siberia.

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¿De qué podíamos echar mano once años después del cierre de La Siberia? ¿Cómo darle vida a ese inmenso esqueleto? Al parecer, existió un registro audiovisual de La Siberia contratado por Cementos Samper a Benjamín Villegas en los años setenta, pero no encontramos huella de él. Lo único que llegó a nuestras manos fue un video corporativo de unos cinco minutos, que explica, a través de planos fugaces y en forma casi incomprensible para quienes llegamos muy tarde a esa historia, el proceso de producción del cemento; inservible, a fin de cuentas.

 
Fotogramas del documental La Siberia (2015), codirigido por Gerrit Stollbrock e Iván Sierra.

¿Y qué hay de los testigos? Dice don Ángel Alayón: “Cuántos muertos, imagínese, todos, todos esos muertos desde que se fundó esa empresa hasta hoy en día. Quedan muy poquitos…”. Cinco generaciones de calerunos trabajaron o vivieron en La Siberia en algún momento. Don Álvaro Triviño replica entonces: “Que no, hombre…muy pocos no, si habemos más de 300, 600 pensionados que estamos vivos”. “¿Todavía?”, pregunta Alayón.

Quedan también miles de hijos de los antiguos trabajadores, que nacieron en la clínica de La Siberia y estudiaron en su escuela: “¿Cómo será el gentilicio, siberiano o siberiuno?”, se pregunta uno de ellos. “Es que uno habla de La Siberia y no la conocen…‘siberianos’ son los perros”, reflexiona a paso seguido. Son miles los testigos, pero viven como la diáspora de un mundo ya extinto.

Por otra parte, cada uno de ellos dispone de cientos de fotos de La Siberia, que hacen parte de sus álbumes de familia. Para la muestra, existe hoy un grupo en Facebook llamado “La Siberia: años dorados”, que tiene como fin recopilar algunas de estas fotos. Esto podría ser suficiente para hacer un documental: imagen y audio están cubiertos. Una historia más de un pueblo extinto y sus cien años de soledad, en versión audiovisual.

Sin embargo, es sobre todo la presencia inminente de la ruina lo que necesariamente interpela y cataliza la pregunta por el pasado de La Siberia: “porque prácticamente llegar a esta planta es como llegar al final de una ciudad o de un pueblo. Y uno se pone a pensar qué será la vida de la humanidad más adelante…si uno ve estas pocas ruinas así…yo creo que con el tiempo van aumentando y aumentando”, dice uno de sus guardias actuales.

Pero tomemos además en cuenta que este pueblo fantasma reposa apenas a 5 km de La Calera, donde habitan la mayoría de los “siberiunos” sobrevivientes. De historias de pueblos extintos desenterrados del subsuelo por los arqueólogos también están llenas las grandes producciones de The History Channel. ¿Para cuántos de ellos hay esa silenciosa convivencia de los vivos con los ‘restos’ de su propio pasado? Las transformaciones estrepitosas en la historia reciente de China, por nombrar un ejemplo lejano, han dejado varios de esos lugares al descubierto, y algunas de sus historias han terminado convertidas en documentales como 24 City, de Zhangke Jia, o el monumental West of the Tracks, de Tie Xi Qu. El conflicto colombiano ha dejado algunos pueblos fantasma mucho más cercanos, aunque desafortunadamente todavía es poco lo que sabemos de ellos.

En el caso de La Siberia, el dispositivo de rodaje por el que optamos fue confrontar justamente a nuestros personajes, directa o indirectamente, con la ruina, para capturar sus frágiles intentos por darle sentido a su propio pasado. La única acción que registró el documental fueron sus recorridos por el espacio en ruinas y los ‘sobresaltos’ del recuerdo. En un primer momento, la acción estuvo impregnada por la sorpresa del reencuentro con el espacio: “decían que La Siberia ya no estaba, que había desaparecido, que se había vuelto en ruinas…pero ahí está casi todo, ¡ahí está!”, dice don Álvaro Triviño luego de encontrarse con unas plantas generadoras que databan de 1930 –las chatarrizaron al poco tiempo–. El entusiasmo del encuentro se traduce en una narración, por momentos elegíaca, que tiene su espejo visual en el archivo fotográfico de los “siberiunos”, y que narra el nacimiento, esplendor y decadencia de La Siberia.

¿Pero cuál es el resultado a fin de cuentas? “Eso le queda faltando a las personas que lo ven (el documental), la historia, así sea escrita o hablada, al principio o al final. Ellos la cuentan, pero como se quedó en el aire, cómo que falta completar la historia”, nos dijo, con razón, una familiar de los Samper, antiguos dueños de la fábrica de cemento, cuando terminó el documental. En efecto, esa narración no es el resultado de emprender una cacería de quienes tenían la versión informada de la Historia; por el contrario, es el resultado de ordenar narrativamente los recuerdos que resultaron de una recolección necesariamente limitada y contingente de testimonios: es la memoria de La Siberia que nos compartieron 48 “siberiunos”.

La porosidad del relato es también el resultado de la lenta transformación de la sorpresa del encuentro en el desaire del vacío y la ausencia. Dice don Luis mientras camina por los enormes estantes vacíos del antiguo almacén: “como ven, ya no quedan sino los recuerdos…”. Y así como en la ruina se filtran por todas partes pequeños brotes verdes que lentamente van fracturando la promesa de eternidad del cemento, los recuerdos necesariamente revelan sus agrietamientos. De los “mitos” de La Siberia que fuimos recogiendo, como el épico retorno del ingeniero alemán Hans Heine, rescatado por una avioneta de Cementos Samper de manos de los ingleses hacia el final de la Segunda Guerra Mundial, todas las versiones parecen hiperbólicas, incompletas y disímiles unas de otras. “Dicen…dicen…”, subraya don Ismael cuando nos cuenta sobre la llegada de los alemanes.

Para corresponder estas travesuras de la memoria, visualmente decidimos conjugar el archivo fotográfico de los álbumes de familia de los “siberiunos” con el archivo audiovisual de La Siberia, pero la que queda en Rusia: las tormentas torrenciales de nieve y la soledad de la reclusión –La Siberia, Rusia, fue usada como prisión por siglos– capturan cierta hipérbole del heroísmo de esas hazañas del pasado, responsables de nutrir la explosión urbana de Bogotá con cemento.

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Se preguntará el lector qué quedará de él como espectador en todo esto. Si no hay acción, porque esta ya fue, y tampoco hay una versión informada que nos cuente sobre lo que no sabemos, ¿qué es lo que, a pesar de su impaciencia, lo podría mantener atento? En efecto, con este anuncio ya habremos perdido una parte de la ya reducida audiencia de los documentales. Hay que sentir cierto deseo de ruinas, siguiendo el nombre de una exposición de la Tate Modern del año pasado (Ruin Lust), sentir simpatía por la nostalgia, querer preguntarse por el paso del tiempo, algo que muchas veces parece justamente perdedera de tiempo. Sin embargo, creemos que, como otras “películas de memoria”, poner en evidencia la distancia entre el acto de recuerdo y los ‘hechos’, exponer la fragilidad del acto de recuerdo, tal vez tenga algo que decir.

Si nos detenemos en la actual efervescencia de procesos de memoria social en la arena pública en Colombia, esta parece estar signada, con razón, por el temor al olvido. En un contexto tan sensible y polarizado, marcado por un conflicto que sigue presente, la fragilidad de los actos de memoria, los olvidos que son intrínsecos al acto de recordar, son sinónimo de alguna clase de impunidad, de rendición en plena batalla campal por las responsabilidades de los horrores de la guerra.

En un contexto así, en que las luchas por la memoria parecen obligar a llenar la agenda del presente con relatos completos, con sentidos blindados ante la porosidad del tiempo y, consecuentemente, a olvidar la fragilidad del recuerdo y ocultar sus ruinas, los “documentales de memoria” tal vez pueden aportar a la compresión de que existe una fragilidad de la memoria, intrínseca al acto de recordar, tanto en términos de los medios (no todo está disponible), como de los fines (no todo es recordable, también hay que olvidar). Si desde Judith Butler la vulnerabilidad humana es el punto de partida de la comprensión del otro, podríamos pensar que esa fragilidad común de la memoria también sea otro de los pequeños bastiones que podrían contribuir al reencuentro entre memorias disímiles, a reestablecer otro poco la humanidad del “otro”.

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