Jaime Quevedo, director del Centro de documentación musical de la Biblioteca Nacional de Colombia.

Memoria para escuchar

Música, discursos políticos, voces literarias, tradición oral, programas radiales, transmisiones deportivas... En la tercera y última entrega sobre la situación de los archivos en el país, la pregunta es por el estado de los archivos sonoros. ¿Qué tan bien librados salen quienes deberían conservar esa memoria?

2011/07/19

Por Yeniter Poleo

Durante años Serrat no se escuchó en el Huila. En el sello de sus discos se escribía en letras grandes la frase “esto no” y en casos de suprema prevención se hacían profundas incisiones con puntilla en la superficie negra del vinilo. Fueron las obras maestras de la censura radial contra todo lo que sonara, literalmente, a izquierda. Lo descubrió el profesor de la Universidad Surcolombiana, Olmedo Polanco, en su reconstrucción de la historia de la radio en ese departamento durante el periodo del Frente Nacional (1958-1974). Polanco me cuenta que sus fuentes han sido “los viejos hacedores: periodistas, locutores, técnicos de sonido” que rememoran, pero de archivos sonoros poco. “Ha sido una labor muy dispendiosa” pues la radio, que tantos significados ha dejado en los recuerdos personales, “no tiene memoria de sí misma y en las regiones, peor”.

 

Más al norte, en el Chocó, Giovanni Córdoba se refiere a la misma época: “Afros e indígenas entraron a participar en el Frente Nacional y esa violencia los tocó de manera brutal, afros matando afros, pero eso no está escrito y para narrar una historia incluyente hay que recoger testimonios orales porque no existen otros registros”. El director del Centro Nacional de Estudios Afrocolombianos añade una historia que escuchó: “Aquí en Quibdó había una calle por donde no podían caminar personas negras, pero eso tampoco se veía como violencia”. Se lo contó su padre. La multiculturalidad de la nación colombiana, proclamada por la Constitución hace veinte años, comparte una certeza sobre lo que vale el patrimonio sonoro y guarda resistencia ante la fugacidad de las ondas hertzianas, voces, acentos, melodías y lenguas en que se expresa.

 

Niñas bonitas

 

En el cuarto piso de la Biblioteca Nacional de Colombia ha funcionado de todo. Estuvo el Archivo Nacional hasta que la Ley 80 de 1989 ordenó su dilución en el nuevo Archivo General de la Nación (AGN), y su techo sostuvo hasta 1993, contra todo pronóstico, las pesadas antenas de Inravisión. En la actualidad, ocupa un ala el Centro de Documentación Musical de la BNC, el más importante del país. Su coordinador, Jaime Quevedo, se mueve entre anaqueles repletos de material en distinto formato (cintas de carrete abierto, vinilos, acetatos, casetes, mini disc) y va relatando cómo han digitalizado audios, y partituras o compilado programas de mano. Cuando llega a la sala de los equipos de reproducción, me sugiere que la dictadura de la tecnología ha fomentado una especie de actividad artesanal: “Si se daña un rodillo, una aguja, hay que mandarlos a hacer porque ya la industria no produce repuestos. Por eso cuidamos estas máquinas como niñas bonitas, porque no hay más”. Ha sido un centro receptor de todos los géneros y soportes. “Muchísimas prácticas de la música funcionaron porque había fotocopias, pero otras se basaron en la oralidad, ¿cuántas veces has visto a un acordeonero vallenato tocando con partitura?”.

 

Quevedo menciona que existen dieciocho centros de documentación musical en el país y destaca la pasión de los coleccionistas como fuente. Uno de esos amantes fervorosos fue el todero Antonio Cuéllar (plomero, electricista) que reunió más de quince mil discos de música popular producida aquí y en América Latina. En 2003 la Universidad Distrital adquirió esa colección que administra su propio centro junto al legado de lo que fue la Academia Superior de Artes de Bogotá.

 

El paisaje suena

 

En Medellín también reconocen el valor de los archivos particulares pero recuerdan centenares en deterioro. Fue hace trece años cuando la Universidad Eafit inició su investigación sobre musicología histórica: “Desde el principio nos dimos cuenta de que los archivos musicales estaban en estado precario, era un horror”, describe Fernando Gil, coordinador de la maestría en Música. Hallaron personas muy mayores que habían atesorado discos, recortes de prensa y documentos, convencidas de su gesta pero sin recelo del moho. Por fortuna, el equipo ha recuperado miles (el más antiguo, data de 1860), inclusive libretos de radio escritos por el barranquillero Hans Federico Neuman, disponibles ya en Internet en la Biblioteca Digital Musical. En esa ciudad hay más fondos como la Fonoteca Departamental Hernán Restrepo Duque con trescientos mil fonogramas y el Centro de Valores Musicales Regionales de la UDEA. Tras la pista del patrimonio sonoro también encontramos otras maneras de preservar, por ejemplo, la ministerial. “Vamos más allá del inventario y rescate hacia el reconocimiento y dinamización de las músicas tradicionales y populares”, enuncia Jorge Franco al explicar los Territorios Sonoros de Mincultura, que tienen un fuerte componente de capacitación. “Desde el Estado nos parece importante el espacio de práctica para lograr la apropiación; por eso fortalecemos las escuelas municipales de música con gestión, dotación e investigación”. En 2011 esperan cubrir 774 escuelas en un mapa de siete territorios: la marimba, la chirimía, el joropo, la gaita, la canta y el torbellino, la rajaleña y el vallenato. Otra vía es la comercial, como la de Discos Fuentes, fundada en 1934. En 1987 comenzaron a digitalizar su catálogo y ahora ofrecen descargas por Internet. Ahí se puede oír desde “El twist del guayabo” de Los Golden Boys hasta “Lenguaje de mi piel” de Kraken.

 

Las joyas de la corona

 

Hubo muchos rodeos antes de que la HJN estrenara en 1929 las transmisiones de radio en Colombia, pero superadas las dilaciones surgieron varias emisoras, algunas discontinuas, pero en conjunto bienvenidas en la cotidianidad de aquellas gentes apacibles. El esplendor inicial alcanzó hasta finales de los años 30, lapso en que se probaron formatos de programa, se incorporó la publicidad y sucedieron tragedias como la muerte de Gardel (citada como génesis del radioperiodismo en el país). De esa década no se conserva nada. No había noción, como en el resto de América Latina, y las emisiones eran en directo. La grabación número uno es del miércoles 1 de febrero de 1940 a las 8 pm: ante el micrófono el presidente Eduardo Santos inau-guraba la Radiodifusora Nacional (hoy Radio Nacional de Colombia). Desde entonces, la emisora pública empezó a guardar ciertos materiales, además de la música. Al cabo de 71 años, Dora Brausin, coordinadora de la Fonoteca de la RNC, me dice que podemos escuchar ese audio y tantos más (126 mil documentos) ahí mismo y en la Web. Es el archivo de palabra más antiguo y más grande del país, aunque reconoce que no se tiene todo: “De los radioteatros creemos que se llegó a conservar un 30% y sin embargo es una cantidad enorme, valiosa. Tenemos discursos, programas, conferencias, todo sobre el Bachillerato por Radio; desde 1970 grabamos completos los festivales de música (vallenata, porro, gaita)”, y no para de contar. “Somos radio pública”, me dice abajo en el archivo mientras exhibe la larga colección de discos compactos que han editado, muestra del homogéneo proyecto cultural estatal que fue la RNC: programas de Manuel Zapata Olivella, Guillermo Abadía, conferencias (1951-1958), Radio Sutatenza, 60 años de un sueño. Esa compilación sobre Radio Sutatenza se hizo con sus archivos pero sobre todo con los de la Biblioteca Luis Ángel Arango, que adquirió la colección en 2008. “Monseñor Salcedo tenía visión. Documentaba cada actividad. Tenemos libretos, grabaciones, discos de la Reforma Agraria, fotografía de las mingas, cartillas de alfabetización, la correspondencia”, enumera Diana Restrepo, directora técnica. También las promociones de ese ícono de la educación campesina por radio (1954-1989), en voces clásicas como La Sonora Maravilla o Los Tolimenses, que advertían entre chiste y chanza sobre: “Los primeros usilios cuando a uno lo muerde una culaura”.

 

Otros dos archivos con mucho por decir son la Fonoteca de la Emisora Cultural de la UDEA, el fondo universitario más grande en Colombia. La estación, que funciona desde 1933, comenzó en 2002 una gran renovación tecnológica, incluida la digitalización de contenidos. En el norte de Bogotá está el otro reservorio, también en proceso de transferencia de sus sonidos que datan de los años 50, entre estos los programas de doña Gloria Valencia de Castaño. Toda la memoria de la HJCK está ahí, viva. “Tengo una base de datos de cuarenta mil registros”, aproxima Luis Aza, fonotecario. Un inmenso archivo.

 

Tiempazo

 

La ley contra el hampa era un dramatizado sobre crímenes reales narrado de tal manera que espeluznaba y daba miedo; hacían reír los personajes de Los chaparrines o La escuela de doña Rita; daba qué pensar el humor político de El pereque; había héroes como Kalimán; despertaban fantasías los amores truncos de El derecho de nacer; emocionaban los relatos de gestas deportivas; y claro, la música era la música. Esa radio que congregaba, que nutría las conversaciones, que contenía los alientos, dejó de existir. Tantos programas que alentaron espíritus, tantas horas de transmisión, voces, por eso el universo de la radio comercial es inabarcable, como sus archivos, lo que es preocupante: “Nos quedaría solo la voz de las instituciones, como la Radio Nacional, pero no nos queda la historia del día a día que pasaba por las emisoras comerciales. Nos quedaría una mirada hegemónica como patrimonio radial, no ese coro heterogéneo del entretenimiento como bien simbólico con que la gente construye sentido”, me alerta el investigador y docente de la Javeriana, Nelson Castellanos.

 

Radio Santa Fe fue de las primeras estaciones comerciales (1938) y continúa estoica en el 1070 del dial AM. “No tenemos registros sonoros de aquella primera época, aunque la música sí. Fuimos los primeros en Bogotá en transmitir la Sonora Matancera; los discos llegaban a Barranquilla. La música colombiana se tocaba en vivo en nuestros estudios”. El locutor y productor César Augusto Duque me entrega, sin embargo, un tesoro, un CD con fragmentos de clásicos: La hora de los novios, El mundo de locos, disponibles en la Web de la estación. Duque “nació” en la radio, es hijo de la actriz que hizo el papel de “Nananina”; de su paso por otras cadenas, recuerda: “En unas habitaciones grandísimas estaba el archivo de Caracol, pero después fueron necesitando espacio para oficinas”. El estado actual de ese archivo es una incógnita. Hablé con César Moreno Hernández, en Caracol Radio, quien me pidió un correo con preguntas. Al parecer lo reenvió internamente para solicitar apoyo con las respuestas, pero aún no lo ha encontrado. No obstante, hace dos años, se dio una conferencia en el Seminario Internacional sobre Archivos Sonoros, organizado por la Radio Nacional, a cerca de esa colección. Se mencionó que había énfasis en guardar lo reciente aunque a veces aparecían cosas viejas: “¿De dónde salen esos archivos? No tengo ni idea, pero allá están”, expuso Manolo Bellón, quien estaba a cargo de ese proyecto. Agregó que la gestión se hacía “para ponerlos a disposición de la empresa”. En RCN, el director nacional de Sonoro, Jaime Rodríguez, me describió lo que tienen: un banco FM desde 2006; noticias desde 2005 y deportes desde 1970. “Hay mucho aún en análogo”. La reorganización empezó hace siete años. Insisto en lo histórico y dice lo que recuerda: “Hay audios de Hebert Castro, de la radionovela Montecristo, algo de Los Tolimenses, clásicos RCN, el 5-0 de Colombia a Argentina”. En Todelar no hubo un incendio, me asegura el jefe técnico, Hernando Montañez, ante la leyenda de que allí había perecido su archivo de radionovelas. “Fue un trasteo; había hijuemil cajas con papeles que se iban a quemar, pero algunas tenían cintas. Cuando me di cuenta, ya era tarde”. Dice que ha abogado por una política de empresa para digitalizar “porque piden mucho de lo viejo; tenemos fragmentos de Kalimán, Solución a su problema”, y da un dato: “El que tiene un buen archivo es Campuzano”. Entonces ubico a Jorge Eliécer Campuzano y me lo confirma: “Tengo el Colombia-Rusia del Mundial de Chile, el récord de Cochise Rodríguez, Pambelé campeón; porque yo lo que tengo es deportes, eso es lo mío”.

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