El escritor Gonzalo García Valdivieso, autor de "Los putos castos".

Memorias inconfesables

Una mezcla entre investigación antropológica y autobiografía. Gonzalo García Valdivieso escribió en "Los putos castos" una radiografía sobre ser homosexual en la clase alta de Bucaramanga. Arcadia habló con él.

2011/06/29

Por Juan Darío Restrepo

Cinco años duró Gonzalo García Valdivieso escribiendo un relato sobre su infancia y juventud en el seno de una familia tradicional de Santander. Conocido por mantener una polémica columna hace algunos años en el diario El Tiempo, este antropólogo logra escribir y editar un impresionante documento etnográfico homosexual en clave autobiográfica, cuya gran virtud –más bien escasa en este tipo de trabajos– es el ímpetu de su escritura, la crudeza del relato y la aguda reflexión irónica sobre la doble moral y la homofobia en la alta sociedad colombiana.

Los putos castos: ¿podemos decir que es una autobiografía novelada?

Yo quise hacer una especie de los Hijos de Sánchez, el libro más leído de la antropología latinoamericana, porque todo lo que hacemos los antropólogos se queda en los anaqueles de los escritorios, en las bibliotecas de las universidades. Antropología así no vale la pena hacer. Yo quería investigar sobre la doble moral de la sociedad colombiana, exclusivamente la de la burguesía. Mi familia era perfecta porque era la típica familia burguesa colombiana, con todos los arribismos, prepotencias y racismos.


Pero el texto va más allá de la escritura antropológica o de una búsqueda del origen de la homosexualidad. ¿No había más bien intensiones literarias, autobiográficas?

Mi tesis de grado en la Universidad de los Andes fue sobre la clase dirigente nacional y mi maestría en Inglaterra fue sobre la oligarquía financiera colombiana. Este libro es una prolongación pero con personajes reales, utilizando a mi familia como tema de investigación. Me dije, si yo voy a tener autoridad moral tengo que utilizar personajes reales. Todo está ahí pero a través de un relato íntimo. Para el lector es mucho más atractivo esto que un montón de generalidades sobre la política o la doble moral de la Iglesia. Yo lo pongo tranquilamente en un caso particular y, a pesar de esto, fue muy difícil abrir la intimidad. El libro tiene valor y credibilidad por eso. ¿Ustedes no se han dado cuenta de que todos los escritores colombianos que han tocado el tema sexual o el erotismo llegan a un punto en que paran? Nadie quiere penetrar en la parte íntima. Yo me dije: ¿cómo hago un libro sobre el drama del machismo hacia los homosexuales? Lo mejor era una narración personal. Hice todo el esfuerzo para que el libro tuviera valor literario.

¿Exigió el libro un largo proceso de documentación y de trabajo de campo? Es un prodigioso ejercicio de reconstrucción histórica.

Tengo una memoria privilegiada por una sencilla razón: mi familia, mi papá -machistas a morir- me hicieron sufrir lo inimaginable. Desde que nací tuve un papá como enemigo, que se dio cuenta de que yo era homosexual. No es que yo sea amanerado pero mi padre por cualquier razón lo detectó. Yo tuve ese enemigo acérrimo y él fue mi gran competidor. Yo, en lugar de dejarme opacar, me lancé a atacarlo. Por eso desarrollé esa memoria, porque todas las cosas que me pasaban me hacían sufrir y se me quedaban grabadas.


¿Cómo se vivía la homosexualidad en Bucaramanga?

En Bucaramanga había gente que tenía fama de homosexual, o eran muy amanerados. El que no fuera amanerado no figuraba como homosexual. Allá ese tema no se tocaba. Yo tuve sexo con muchos amigos de mi papá y de gente prestante y que tenían hijos y que figuraban como los grandes machos. Pero como el tema no se había destapado y la sociedad no lo reconocía, la homofobia no era tan pública. Se veía como un asunto de juventud, de adolescencia, de manías que con el paso del tiempo -y con la irrupción de las mujeres- iba a desaparecer.

¿Entonces, el deseo circulaba de una manera más genuina?

Los únicos que figurábamos como homosexuales éramos los pasivos. Los activos eran representantes del machismo. En Bucaramanga no había bares, ni espacios homosexuales. Y ahí entra el tema de la pedofilia. Es un tema que vale investigar a fondo pues es mucho más popular de lo que se cree. Muchos machos tienen sexo con niños muy jóvenes porque no han desarrollado características masculinas. Y no se sienten homosexuales porque se están acostando con una persona que prácticamente puede ser hombre o mujer. Es mucho más común de lo que se cree.

A propósito: ¿qué piensa del proyecto de penalizar el abuso de menores?

No olvidemos algo que señalo en el libro: el abuso de menores hacia mayores. Seamos claros: yo a los doce años tenía claro lo que quería y lo que me gustaba. Para mí era más fácil manipular a un adulto que tener sexo con un compañero del colegio de mi edad. Uno busca al mayor porque uno quiere tener sexo con una persona más experimentada.


¿En los capítulos del seminario las cosas fueron tan crudas como las relata?

Me costó trabajo narrarlo, pero así fue. Es otra cosa que no se ha investigado. Qué pasa con las personas que no pueden tener relaciones sexuales con el género opuesto, como los curas. El sexo busca salidas como sea. Pero dentro de los curas con los que me acosté, puedo decirlo, abiertamente homosexuales había muy pocos. La mayoría no tenía manera de realizar su sexualidad sino en el colegio, porque les quedaba más cómodo.

Al final del relato hay encuentros con importantes políticos, ministros, personajes públicos.

Un ministro, amiguísimo de mi casa, fue el que me enseñó a manejar: me sentaba encima de la verga y así yo aprendí. Y después llegaba a mi casa a hablar de moral.

¿Cree que es un libro que deberían leer los jóvenes? Entre otras, para que no digan que todo lo homosexual ha sido siempre fácil…

Creo que la homofobia ha cambiado de expresión mas no de intensidad. Dentro de la sociedad colombiana hay un engaño: pensar que porque la gente va a Theatrón tiene mucha más libertad y esto no es cierto.

¿Cree que en la Colombia de hoy puede repetirse su historia?

Por supuesto. No con la misma dinámica, tal vez con otro lenguaje y otras características, pero la homofobia va igualita, produciendo el mismo dolor.

Decidió auto-editarte con su sello BananaRosa. ¿Fue tan difícil encontrar un editor?

Lo mandé a todas las editoriales importantes y todas lo negaron; hasta Gabriel Iriarte, gerente de Norma, que fue mi compañero de universidad, me dijo que no. Gustavo García de Ícono Editores tampoco creyó en mí; por eso no se hizo cargo del libro, aunque lo distribuye. Todos se murieron del susto.

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