Titular de la emisora La Cariñosa publicado el 13 de junio de 2011.

Ningún orgullo

La visibilidad de los gays en los medios es cada vez más evidente. La prensa se ocupa de sus reivindicaciones. Pero, ¿qué tanto subvierten los clichés? Una mirada al cubrimiento de las marchas de junio en algunos medios impresos del país.

2011/06/23

Por Camilo Jiménez

En los medios colombianos, impresos y en internet, cada vez es más difícil encontrar perlas de este tamaño: “Loquitas protestaron por falta de reconocimiento en adjudicación de pensión”. Pero que las hay, las hay: el titular apareció en el portal de la emisora La Cariñosa el 13 de junio, en vísperas de que esta revista se fuera a la imprenta. Se refería al plantón que organizaron algunos miembros de la comunidad LGBT frente a las oficinas de La Previsora de Seguros, en protesta porque la empresa no ha querido reconocer el seguro de vida que Sebastián Romero, edil de Chapinero fallecido en febrero pasado, dejó a nombre de su compañero permanente durante más de diez años, Arturo Sanjuán. Así que además de la ramplonería, se cuela en el titular una mentira: no era una pensión, era un seguro de vida lo que reclamaban los asistentes. Y mejor les ahorro el disgusto a los lectores de esta nota y no hablo de la foto —que no fue tomada durante la protesta, sino en una versión del desfile— ni de los términos de la “noticia”.

 

Cada vez es menos frecuente este tipo de tratamiento, digo, pero el cubrimiento en los medios del “asunto gay”, particularmente del desfile que se celebra a finales de junio todos los años, comporta una paradoja: es esporádico y rutinario. Esporádico porque unos años sí se cubre con despliegue y otros es como si no pasara nada el último domingo de junio. Rutinario porque cada año la nota es la misma, pareciera que tan solo cambian la fecha y un par de datos mínimos: tantos miles de asistentes, reclamación de derechos, pintas estrafalarias y algún rasgo de color más bien pálido.

 

El año pasado el día de la marcha, domingo 27 de junio, El Espectador dedicó la primera página al evento con un gran titular: “Orgullosamente gay”. Por supuesto que digo gran por el tamaño que le dieron al título, no por su originalidad. Pero ese no es el punto. En el interior, dos páginas se dedicaron a destacar el trabajo del Centro Comunitario LGBT fundado en Chapinero bajo la administración del alcalde Luis Eduardo Garzón, a recoger testimonios de personas vinculadas al Centro, a contar qué hace y qué ha hecho. La página siguiente la dedica el diario bogotano a “La rumba gay en la ciudad”, una nota panorámica sobre el corredor gay de Chapinero deteniéndose en un par de sitios. Es la única vez que el desfile y el activismo gay tienen un despliegue notable en el diario, al menos en los últimos cinco años. Para El Tiempo fue como si el desfile no hubiera tenido lugar, ni el sábado ni el domingo. El lunes 28 sí publicaron un recuadro en la primera página, con foto y la nota aquella escrita con plantilla, que pudieron haber hecho años atrás y desempolvarla: “La comunidad gay se hizo sentir. Más de 30,000 personas marcharon ayer por las calles de Bogotá como parte de la celebración del orgullo gay. Durante el recorrido, los participantes le reclamaron al Estado que les permita a las parejas homosexuales la adopción legal de hijos”.

 

El año anterior, 2009, el asunto pasó agachado en ambos periódicos, si acaso publicaron notas mínimas que anunciaron el desfile en pastillas de la sección “Bogotá”. Y en años anteriores, lo mismo. El cubrimiento se limita a un anuncio los días anteriores y a una nota breve el día posterior. Insisto, la misma nota con datos intercambiables, como si se tratara de una plantilla. Las fuentes, las mismas también: Marcela Sánchez, la directora de Colombia Diversa —la más seria institución que trabaja en Colombia por la defensa de las personas LGBT—, el abogado Germán Humberto Rincón Perfetti y algún funcionario de la alcaldía de turno. Ignoro si sea casualidad o política editorial, pero en junio de los últimos tres años El Tiempo ha publicado alguna nota sobre sida: su aumento en las cárceles colombianas, alguna medición reciente de la enfermedad. Revisándolos en paquete pareciera más una política editorial que una mera casualidad, pero todo puede pasar.

 

El 16 de junio del 2008 El Tiempo dedicó una página entera a asuntos de la comunidad LGBT, en tanto se acababa de aprobar en California el matrimonio entre personas del mismo sexo. Dedicaron la nota principal a las dos mujeres que emprendieron la batalla legal para poderse casar en ese estado americano, y una segunda nota sobre una pareja de colombianos en España que pensaban adoptar un bebé aprovechando los derechos adquiridos por personas LGBT en ese país. Dos días después el infumable Poncho Rentería dedicó su columna al matrimonio gay, con la candidez que lo caracteriza: “Sí, que se casen pero en voz baja, sin tantos fotógrafos, sin dar tanta boleta ni tanto visaje, sin volver un jolgorio la boda”. No voy a comentar nada al respecto.?Lo que sí debo decir es que otros columnistas y aun el mismo editorialista del periódico han tratado asuntos relativos al desfile, a los derechos y al respeto a la comunidad LGBT con mayor dignidad y gobierno. Armando Benedetti Jimeno, por ejemplo, publicó una columna iluminadora sobre los alcances legales de esas reformas el 25 de junio del 2007, titulada “La agenda diabólica”. Con unas cuantas frases contundentes me explicó todo el asunto, y entendí con claridad el despropósito de negarles a los homosexuales sus derechos: la igualdad “deriva de la condición de ciudadano, es decir, de lo político, y no de la condición humana que le precede”. D’Artagnan también dedicó su columna de ese día a la decisión del Congreso de no aprobar derechos patrimoniales en uniones de personas del mismo sexo, todo por una leguleyada: el proyecto quedó “sepultado por una simple falta de conciliación entre las Cámaras”. Y en el editorial del diario bogotano se hace una panorámica del movimiento gay en Colombia y sus avances en visibilidad y trabajo legislativo por la igualdad de derechos. No encontré igual grado de insistencia en las páginas editoriales recientes de El Espectador, al menos en junio de los últimos años.

 

El desfile gay se mueve entre la fiesta y la reivindicación política. Asistí seis años consecutivos, y pude ver que cada año crecía en asistentes, en color, en seriedad de algunos grupos y en despelote de otros que solo quieren divertirse. Y está bien, de eso se trata. Pero he podido ver también que los diarios, al menos los bogotanos, publicaron con pocas excepciones la misma nota aburrida y rutinaria de siempre. Han ignorado la cantidad de historias, de risas y lágrimas, de trabajo, de soledad y solidaridad que hay detrás del día emblemático de la comunidad LGBT. Veremos con qué salen este año y los que vienen.

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