La historia del crosdressing femenino podría contarse desde Juana de Arco hasta Madonna, pasando por marineros, piratas y soldados que se atrevieron a vestir de hombre.

“No hay sufrimiento alguno cuando se es un muchachito”

Marineros, soldados, monjes y escritores. A lo largo de la his toria, algunas mujeres optaron por el disfraz masculino para acceder a círculos de poder o, sencillamente, para poder sobrevivir. Aún hoy, el vestirse de hombre tiene connotaciones provocadoras.

2010/10/13

Por Gloria Esquivel

En 1738 la actriz Charlotte Charke se vio obligada a cambiar la falda por el pantalón y a convertirse en Charles Brown para poder conseguir un trabajo de mayordomo que la sacaría de la pobreza. En 1989 Madonna apareció en el video de la canción “Express Yourself” vestida como un alto ejecutivo de Wall Street; un claro desafío al poder masculino, pues en este tema la cantante insta a las mujeres a no conformarse con lo poco que les puede dar un hombre. En 1431 Juana de Arco fue condenada a la hoguera por transgredir los dictámenes bíblicos de “No vestirá la mujer traje de hombre [...] porque abominación es a Jehová tu Dios”. En 1932 la actriz Marlene Dietrich fue fotografiada entrando al legendario Press Ball vistiendo un smoking. A lo largo de la historia han existido miles de casos de mujeres que han ocultado su género y que han desafiado todo tipo de convenciones sociales para poder acceder, o burlar, el poderoso mundo de los hombres. Biografías que parecen sacadas de relatos de espías, en donde el precio que se paga por poder infiltrarse en los círculos masculinos es el de cortarse el cabello, fajarse los senos y esconder las curvas. Un tabú histórico que algo tiene también de envidia del pene. O no por nada en 1946 Anaïs Nin escribió en su novela Pájaros de fuego: “no hay sufrimiento alguno cuando se es un muchachito”.

 

Tan sólo en el período de la Edad Media se han documentado 119 casos de mujeres que cambiaron sus vestidos para poder acceder a lugares que les eran vedados: los claustros religiosos. De estas, 34 llegaron a ser santas. Sus vidas, contadas siempre desde la mirada masculina, dan cuenta de un pasado tormentoso que sólo pudo quedar atrás en el momento en el que negaron su feminidad y se internaron en un monasterio. Para los abades los disfraces no pasaban del todo desapercibidos. Santa Marina y Santa Pellagia —cuyos rasgos femeninos son casi imperceptibles en las estampas que las representan— fueron aisladas de los demás monjes al ser consideradas una especie de eunucos o de hombres incompletos a los cuales no les crecía la barba. El ser capaces de reconocer su inferioridad por ser mujeres, el querer aspirar a ser hombres y el distanciarse de su condición femenina y del pecado de Eva eran méritos más que suficientes para ser canonizadas.

 

Tal vez ninguna de estas mujeres se atrevió tanto como la mítica Papisa Juana, presuntamente la única mujer que alcanzó el Pontificado. Para los hombres que escribieron la historia del medioevo, ella pagó su engaño al ser desenmascarada por su frágil cuerpo, cuando en pleno oficio religioso se desmayó y dio a luz. Queda la impresión, después de leer otros relatos del “crossdressing” medieval, que estos fueron escritos como un recordatorio de que la mujer que se disfraza de hombre es tan sólo un hombre fallido. El cuerpo femenino siempre traiciona. Como le sucedió a Hildegund von Schnoauu, una “monje” que murió de una hemorragia en el útero mientras sus compañeros de monasterio observaban asombrados como se descubría su secreto.

 

Si examinamos la historia de estas mujeres infiltradas, podemos encontrar que las razones médicas son el único medio por el que han podido ser descubiertas. Adelantándonos un poco en el relato, encontramos que durante la Guerra Civil estadounidense 250 mujeres combatieron en el ejército confederado disfrazadas de hombre. Aprendieron a fumar, a jugar billar, a coquetear con mujeres y hasta a orinar paradas. Usaban pelucas y bigote. Cambiaron sus enaguas por suspensorios y algunas hasta afeitaron su rostro a la espera de que les saliera barba. Todo esto funcionó hasta que fueron heridas y desenmascaradas. Como en todo relato de espías, el ser descubierto conlleva un castigo por haber tenido acceso a grandes secretos. En el caso de estas soldados las consecuencias fueron atroces. Los altos mandos militares las catalogaron de prostitutas o de enfermas mentales y terminaron sus días en la cárcel o en sanatorios. Además, sus historias, que habían sido seguidas por la prensa, fueron desmentidas. Nadie debía saber que cientos de mujeres habían peleado dentro de las filas del ejército y que habían ganado batallas. Aún hoy, testimonios como el de Loreta Velásquez (1842-1897) —sobre el que se hará un documental para el History Channel— son considerados como la fantasía de un ama de casa sureña que tenía mucho tiempo libre para inventar este tipo de historias.

 

Y es que el “crossdressing” femenino, aunque silenciado en el mundo real, ha sido reconocido por la literatura como una hazaña que vale la pena contar muchas veces. Desde El decamerón de Boccaccio ha habido un sinnúmero de ficciones que han tocado el tema. Cimbelino de Shakespeare —en donde Imogen, su recursiva protagonista, toma el disfraz masculino para escapar de la muerte, o Peregrinaciones de un alma triste, novela romántica argentina escrita por Juana María Gorriti (1818 –1896) en donde Laura-Emmanuel, su protagonista, reniega de “las dificultades infinitas que las faldas encuentran en todo” y emprende un viaje a lo largo de Latinoamérica en traje masculino, son sólo algunos de los ejemplos en donde el maldecir la feminidad se convierte también en una manera de entregarse a la aventura.

 

Basta con revisar la historia de los “best sellers” con cuidado para encontrarse con que a principios del siglo XIX, junto con los relatos de piratas, las historias autobiográficas de mujeres “marineros” que se disfrazaron para poder trabajar en los barcos eran el éxito editorial de la época. Está, por ejemplo, la vida de Amira Paul, mejor conocida como Jack Brown, quien en 1816 después de ser abandonada por su esposo en la pobreza más extrema trabajó como ayudante de cocina en un navío británico. Con un particular humor, Paul no sólo transgredió las normas de la época al adoptar un alter-ego, sino que describió con lujo de detalles todas las minucias de su vida como hombre. La manera en la que inventó un dispositivo para orinar que consistía de un tubo de metal amarrado a su entrepierna, el recordar siempre colocar su paquete —hecho de retazos— un poco ladeado hacia la izquierda o las anécdotas sobre cómo se ganó la fama de generoso por darle dinero a las prostitutas sin obtener favores sexuales a cambio, dan cuenta de una inteligencia que bien podría ser envidiada por cualquier héroe de novela picaresca.

 

Sin embargo, y de forma paradójica, las intrépidas historias de estas aventureras rebeldes muchas veces no fueron bien recibidas por las mismas mujeres, quienes consideraban que aquellas que negaban su género o estaban malditas, o estaban del todo volcadas hacia el bando de los hombres. Este es el caso de los primeros comentarios que recibió la obra de la novelista George Eliot (1819-1880) de parte de distinguidas damas, quienes refunfuñaron por su decisión de adoptar un seudónimo masculino como maniobra literaria para poder publicar tranquilamente sus obras: “Es una exageración absurda del estilo masculino, como el pavoneo en la manera de andar de una mala actriz dentro del atuendo de un hombre”.

 

Comentarios ponzoñosos levantó también la escritora francesa George Sand (1804-1876) quien no sólo tomó el seudónimo masculino para poder publicar, sino que llevó su trasgresión un paso más allá al usar ropa de hombre, fumar y bailar en público como medio para expresarse libremente. En épocas en las que el corsé restringía el movimiento de las mujeres y, literalmente, las aprisionaba hasta el punto de no poder siquiera respirar, que Sand saliera por las calles usando pantalones, foulard, que cambiara los pesados tocados por un sencillo sombrero de copa y, no contenta con eso, que se atreviera a entrar en lugares públicos reservados únicamente para hombres significaba un reto descarado a las convenciones sociales. La escritora, que pasó de esposa reprimida a novelista erótica casi en un pestañeo, logró estar en boca de las damas francesas quienes la tildaban de romántica, de lesbiana y de feminista y quienes no podían parar de comentar sus hazañas en burdeles y en salones de baile.

 

Esas damas que renegaban del disfraz de la mujer y que veían a las infiltradas como traidoras que habían podido escapar de la terrible prisión doméstica y que se habían olvidado de sus compañeras encorsetadas en el camino, no alcanzaron a sospechar que, en ese par de pantalones que nuestras espías se colocaron, se estaban germinando los primeros movimientos feministas. Rosa Bonheur (1822-1899) le imprimió un tono político a su pelo corto y a su preferencia por los overoles. Ella, que militaba activamente con los sansimonianos (socialistas utópicos) en el momento más álgido de la revolución republicana de 1848, decidió colgar las faldas y esconder sus curvas como un manifiesto de igualdad entre los sexos.

 

Sin embargo, fue la doctora Mary Walker (1832-1919) quien realmente generó un verdadero cambio político a través de la ropa. Disfrazada de hombre, ofició como cirujano durante la Guerra Civil estadounidense. Posteriormente, organizó a varias mujeres en torno de un movimiento civil que buscaba implementar los pantalones en el atuendo femenino y erradicar el uso del corsé. Para ella el propósito de esa prenda era “mantener a las mujeres en un estado de excitación antinatural” sin saber que, de esta atrevida acción que buscaba reformar los códigos de vestuario, surgirían los primeros brotes del movimiento a favor del voto femenino.

 

Para principios del siglo XX vestirse de hombre se convirtió en sinónimo de provocación de la mano de modernas señoritas que prefirieron atuendos que parecían sacados del armario de Dorian Gray o de Lord Byron a vestidos para bailar charlestón. La artista Romaine Brooks (1874-1970), la poeta Radclyffe Hall (1880-1943) y la escritora Vita Sackville West (1892-1962), fueron tan sólo algunas de las díscolas que, al atreverse a desafiar el universo masculino y al llevarse puesto (de manera literal) su gusto por explorar los límites del erotismo, levantaron también polémica al ser consideradas unas atrevidas lesbianas o, en el mejor de los casos, sospechosas bisexuales.

 

Es premonitorio el caso de la deliciosamente escandalosa novelista francesa Colette (1873-1954), tantas veces fotografiada usando saco y corbata, y quien siempre conservó su poderosa feminidad. Había algo en su manera de llevar la ropa masculina que no buscaba esconder su identidad como mujer sino conquistar con cierto erotismo ese poder viril que simbolizaba un par de pantalones.

 

Pero el uso de la ropa masculina no solamente significó una manifestación abierta de un gran vigor sexual. Para muchas artistas, vestirse de hombres expresaba una relación amarga con su condición femenina. No es gratuito que en su “Autorretrato con el pelo corto” de 1940, Frida Kahlo haya escogido la leyenda “Mira que si te quise fue por el pelo, ahora pelona ya no te quiero”, para aparecer con el pelo recién cortado y un traje de su esposo Diego Rivera. Este cuadro, el primero que Kahlo pintó después de divorciarse, expresó el dolor de la pérdida de su amor por medio de la amarga renuncia a su condición femenina. El pelo de Frida, tan admirado por Diego, aparece mutilado. Castrado, diría Freud. Por cierto, es este cuadro de Kalho el que inspiró la fotografía de Íngrid Betancourt que tomó Ruven Afanador para la reciente entrevista que le hizo Héctor Abad en El Espectador.

 

La historia de la poeta peruana Nelly Fonseca (1922-1963) es insólita: a los nueve años sufrió un accidente que la obligó a permanecer en una silla de ruedas. Desde ese momento y hasta sus 25 años, Fonseca se vistió como un hombre para esconder las heridas que había dejado el accidente. Con el pelo corto, engominado, las patillas bien cuidadas y unos trajes impecables, Fonseca escribió cinco poemarios bajo el seudónimo de Carlos Alberto. Desde el primero, Rosas matinales, que escribió a los 12 años, cultivó un tono marcial y viril que buscaba imitar los versos modernistas de Rubén Darío. No fue sino hasta 1947 cuando, gracias a una cirugía, recuperó la movilidad de sus piernas y se enamoró del actor argentino Juan Carlos Croharé, que Fonseca dejó crecer su pelo, comenzó a usar perlas, pintó su boca y volvió a vestirse como mujer. Ese mismo año, después de la trágica muerte de Croharé, Fonseca abandonó su seudónimo y le dedicó un poemario a su amado. Escribiría otros dos libros de elegías firmados con su nombre antes de morir a los 41 años de leucemia.

 

Es, tal vez, en uno de los poemas de Fonseca, en donde esa ambigüedad de quienes toman el disfraz de un hombre se revela: “Me llaman con otro nombre que suena a plata y a cristal. / Me llaman y no respondo”. La doble identidad del espía que se atreve a vivir como otro para conocer un mundo lleno de secretos que le es vedado. El llamado de estas rebeldes que se atrevieron a cambiar su atuendo para comprobar, si acaso es cierto, que cuando se es un muchachito no se sufre tanto.

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