El Museo de Arte Moderno de Cartagena; el render del Museo de Arte Moderno de Barranquilla, que estará listo en 2016.
  • El nuevo edificio del Museo de Arte Moderno de Medellín.

Entre el entusiasmo y el olvido

La situación de nuestros museos parece un reflejo del país en el que vivimos: de museos ejemplares a otros en decadencia, la manera en que concebimos el espacio público y la inversión cultural retrata nuestras políticas públicas sin maquillaje: desiguales, descuidadas, a veces notables, casi siempre irregulares, y muy pocas veces, ambiciosas.

2015/07/18

Por Fernando Escobar* y Cristina Lleras** Bogotá

¿Podemos llamar museo al museo efímero del olvido –proyecto curatorial del 15 Salón Regional de Artistas Zona Centro–, a pesar de que es transitorio y carece tanto de colecciones como de un edificio, condiciones sine qua non para que una institución de estas características se considere como tal? Insistimos que sí, en cuanto la propuesta nos ha llevado a repasar, al día de hoy, la naturaleza misma del sentido de museo. Lo hicimos revisando la situación de un grupo de museos de arte en el país y su relación con los contextos en los que están inscritos. Porque si la premisa es que no se puede ser museo sin edificio ni colecciones, ¿qué pasa con aquellos que cuentan con esto, pero no actúan como tales?

Es cómodo caer en la trampa de pensar el museo como un ente abstracto o recipiente del interés de unos pocos, resultado de una ensoñación. Sin embargo, los museos reaccionan a contextos sociales específicos, son la radiografía de una época, con la potencia y la ausencia que ello significa. Por ejemplo, y para volver al foco del análisis que haremos a continuación, este semestre ha estado cargado de sucesos protagonizados por los museos de arte moderno en Colombia, que nos sirven como punto de partida para examinar lo que estas instituciones nos dicen sobre las ciudades que los alojan:

1. El Museo de Arte Moderno de Cartagena estuvo a punto de cerrar sus puertas por falta de presupuesto para su mantenimiento.

2. En Bucaramanga hay confusión sobre el futuro de la institución ante la salida de su directora Lucila González, luego de 26 años de ostentar ese cargo.

3. El Museo de Arte Moderno de Bogotá sigue pareciendo irrelevante y ha perdido impulso frente al nuevo referente del arte en la capital: ARTBo.

4. El Museo de Arte Moderno de Barranquilla, parte del Parque Cultural del Caribe, anuncia que estrenará edificio en 2016.

5. En Cali, un equipo de trabajo que inició labores a finales de 2014, construye hoy políticas y programas para restablecer los lazos de La Tertulia con la ciudad.

6. El Museo de Arte Moderno de Medellín inaugurará este segundo semestre un nuevo edificio para albergar talleres, colecciones y exposiciones.

No es casual el orden de esta lista. Los primeros tres museos develan un problema; los otros, un florecimiento.

Los museos que detrás de su nombre, son una persona

Después de esquivar permanentes momentos de crisis, como lo señala el artículo “El calvario de un museo en Cartagena” (El Universal, 15 de marzo de 2015), el Museo de Arte Moderno de Cartagena sigue en la cuerda floja. Yolanda Pupo de Mogollón, directora desde su fundación en 1972, dijo: “Pienso que no he sido buena para conseguir recursos, a veces no sé por qué me eligieron para esto, fue una verdadera rifa de tigres. Parte de lo que le pasa al museo hoy, es porque creo que yo no he sabido asumir el cargo en la parte de conseguir financiación, pero a mí me lo dieron, y como es ad honorem, nadie lo quiere. He hecho lo que he podido hacer, pero sé que me faltan las condiciones para ser una mejor directora”. Una confesión preocupante y que, en contravía del crecimiento imparable de la ciudad, hace que nos preguntemos si es hora de repensar la institución y modificar su estructura para darle paso a un aplazado relevo generacional.

Lucila González es una institución en Bucaramanga. Sin embargo, tras el anuncio de su retiro de la cabeza del MAMB, no queda claro quién será su sucesor, tampoco si se hizo esa preparación. En su lugar, Santander le apostó a invertir 43.000 millones de pesos de regalías, no en un museo, sino en el Ecoparque del Chicamocha, donde los peregrinos podrán visitar un “Santísimo” de 2.600 millones. Esta situación pone a pensar sobre cuál es el imaginario de museo de esta ciudad, para que no hayan considerado el MAMB en una inversión cultural de semejante envergadura.

En el caso bogotano suenan remotos aquellos años de 1990 en los que el Museo de Arte Moderno de Bogotá y la Galería Santa Fe eran los principales escenarios para las artes visuales contemporáneas. En las primeras Bienales de Bogotá celebradas en el MAMBO, el museo se impuso la misión de presentar lo más granado del arte nuevo, del arte contemporáneo más consolidado, que surgía al hacer revisiones y selecciones de los Salones Nacionales. En su momento, la relevancia de sus apuestas pudo ser discutida, pero no su legitimidad y pertinencia en el campo del arte. Sin embargo, una vez se redujo la función del museo a contenedor de objetos, y se minimizaron las labores de curaduría e investigación de sus colecciones, perdió gran parte del capital cultural acumulado hasta entonces.

En contra partida, durante los últimos diez años, hemos visto cómo ARTBo se ha establecido como el nuevo foro del arte contemporáneo en el país. Así, mientras el MAMBO pierde la relevancia y la conexión con la escena local, y desaparecen programas dirigidos al fortalecimiento de nuevas propuestas, como el de la Alianza Francesa; apuestas como la Feria Internacional de Arte, e incluso los programas de la Cámara de Comercio de Bogotá, han absorbido este vacío. Así las cosas, resulta pertinente pensar que no es una casualidad que el MAMBO haya quedado atrapado y disminuido en el proyecto inconcluso del Parque del Bicentenario.

Los museos conectados con su tiempo, con su entorno

Mientras en Cartagena se derrumba el Museo de Arte Moderno, la gobernación del Atlántico ha contribuido con 1.000 millones a los 10.000 aportados por el Ministerio de Cultura para la construcción de la sede permanente del Museo de Arte Moderno de Barranquilla. Este hace parte del Parque Cultural del Caribe, que contempla varias edificaciones culturales. Las discusiones no han logrado superar el debate sobre el arquitecto Giancarlo Mazzanti, pero será de interés saber qué va a albergar la nueva sede, teniendo en cuenta que el edificio actual será ocupado por los programas educativos que, según el curador Álvaro Barrios, dan cuenta de la buena relación con la comunidad.

Ahora bien, en cuanto a la comunidad artística, Barrios difiere de la noción de museo como espacio de plataforma de artistas jóvenes. Dice Barrios: “tenemos una buena colección de arte regional, no necesariamente exhaustiva, porque no considero que la idea de un museo sea coleccionar, exhibir y difundir el arte regional y local exhaustivamente”. Para él, las acciones del museo tienen que ver con el nivel y la calidad, y no con la región donde se encuentra. Veremos, parece, una línea clara: ser un muy buen museo de arte moderno, no necesariamente exhibir el talento local.

Cali también tiene las pilas puestas. La crisis social y política padecida por la ciudad, también ha sido asumida por la nueva arquitectura institucional de La Tertulia. Algo distinto a lo que vive el MAMBO, también en medio de una crisis creciente de ciudad. Es evidente que todas las instituciones pasan por épocas de esplendor y caída, pero ¿qué puede hacer que el museo sea de nuevo importante para la ciudad en la que reside? En el caso de La Tertulia, la apertura hace poco tiempo de las salas de exposición permanente, y un renovado equipo de trabajo, le han dado un nuevo aire que permite restablecer los lazos de la institución con la comunidad artística, y recuperar su pertinencia en el contexto urbano.


El nuevo edificio del Museo de Arte Moderno de Medellín.

Otra gran noticia viene del Museo de Arte Moderno de Medellín, que en el segundo semestre de este año inaugurará un nuevo edificio para exposiciones, talleres, reservas y espacios de socialización. Si miramos la historia reciente, es claro que Medellín vivió una violenta descomposición social durante las décadas de los años ochenta y noventa. Pese a una crisis social y política que llevó a la ciudad a tocar fondo, hoy asistimos a una transformación socio espacial –compleja y problemática–, que se refleja en sus museos: el MAMM y el Museo de Antioquia. El MAMM fue la punta de lanza de un ambicioso plan de transformación urbana en torno a su cambio de sede, inaugurada en 2009. Y ahora está desarrollando interesantes programas que combinan miradas a la producción emergente local, y exposiciones de carácter local e internacional. Pero más importante que eso, es que se esfuerza por mantener, desde sus inicios, en el barrio Carlos E. Restrepo, una interlocución con distintas audiencias.

Algo similar a lo que el Museo Zenú de Arte Contemporáneo, MUZAC, de Montería, ha logrado, poniéndole el pecho a ese pasado reciente de paramilitarismo en la región. Allí, la creación del museo fue una estrategia privada que la ciudad ha recibido bien, con lo que ha logrado con ello renovar el espacio público. El MUZAC nunca ha pretendido construir un gran edificio, más bien usar los elementos existentes en la ciudad. Se centra en trabajar con exposiciones temporales de grandes artistas como Beatriz González, Luis Caballero, Carlos Rojas y, recientemente, Clemencia Echeverri. El éxito del MUZAC es la forma como se involucra con la gente y su propia vida. Lograr eso es el sueño de cualquier artista, una obra de arte que se convierta en memoria cultural.

La responsabilidad con nuestro tiempo

Este breve diagnóstico nos da pistas para observar de qué manera los museos juegan un papel en la construcción de una imagen de ciudad: ya sea que se trate de un hito arquitectónico que logra condensar lo que ha sido el lugar que lo recibe y lo proyecta a un futuro probable, o por su novedosa estrategia de gestión, o incluso por la apropiación social que pueda generar su actividad.

Podríamos especular sobre algunas de las razones que ha diluido el horizonte de sentido de museo: está dirigido por un grupo social que entiende el arte como la extensión “natural” de sus derechos; es una corporación privada que funciona con dineros principalmente públicos, pero que opera con lógicas casi domésticas; es la expresión más clara y concreta de que el gusto de este grupo funcionó casi como política pública en el país. Estas razones concluyen que el museo no supo asimilar las transformaciones culturales de, al menos, la última década. Menos aún con un mandato tan claro como el que traza la Constitución del 91 de ser un país pluriétnico y multicultural.

A este escenario tan complejo y desigual, hay que agregarle cambios importantes en el uso de los suelos para la dotación de las ciudades. Uno de ellos, es que el país se perfila en la región como el territorio en donde se construirán más metros cuadrados de centros comerciales, nuestros nuevos espacios de encuentro. Si bien numerosos expertos señalan que la “salud” de una democracia se mide por la calidad de su espacio público, podríamos sacar conclusiones no muy halagüeñas. De nuevo, ¿cuál es la relevancia de museo hoy en día, si le estamos entregando los espacios de lo público a los escenarios del mercado? ¿Dónde está la resistencia de estos centros de ciudadanía? Quizá por eso un museo efímero del olvido, para evidenciar la necesidad de ponernos un espejo.

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