RevistaArcadia.com
  • Vista del Río Cali

Terror y horror

Yo pensaba que Cuba, Perú y Cali eran un mismo sitio. No sé qué discurso que escuché cuando aún no sabía de la disposición de los países y las ciudades en el mundo —ni era realmente consciente de que el mundo fuera un lugar— los yuxtapuso.

2014/12/10

Por Carolina Sanín


Trataba de adivinar si los tres nombres eran apodos de otro, que era el verdadero, o si cada uno designaba un aspecto distinto del mismo territorio. Luego, en la adolescencia, cuando ya me había figurado las distancias entre Cali, Perú y Cuba, me inventé y creí una superstición personal: si visitaba Cali, algo malo iba a pasarme. Será que así me desquitaba de que no me llegara la oportunidad de hacerlo. Cuando leí a Andrés Caicedo no veía, mientras el contexto se me formaba en la memoria, más que un río muy sonoro, pedregoso, que pasaba por entre todo. Eso fue lo primero que encontré la semana pasada, cuando por fin llegué allá.

Iba por pocos días y tenía ganas de ver cuanto me fuera posible. Hice recorridos largos de un extremo a otro y en los puntos intermedios emprendí paseos a pie a lo largo del río, jugando a que no atravesaba la ciudad sino una selva cómoda. En el centro descubrí la magnífica torre mudéjar. Me sorprendió el bello puente Ortiz, que no parece un puente para transitar sino para quedarse. Me demoré, agradecida, en el Museo La Tertulia. Me inventé circuitos turísticos a través los barrios. Las lomas no me ayudaban a orientarme. A cada rato, al cruzar una calle, el norte se me convertía en el sur o viceversa, y parecía como si, dentro de la ciudad, los puntos cardinales se alternaran en una secuencia que yo no me aprendía. En medio de ese enmarañe, sentí en los barrios residenciales —en el simple hecho de que las casas se acompañaran— un sosiego urbano, un abrigo que no siento en los barrios de mi ciudad. Me pareció que se podía vivir contento en Cali, contento y permanentemente interesado. Me pareció que ella se empeñaba en abrir espacios públicos para que en ellos los ciudadanos se encontraran en torno a esfuerzos creativos que sostuvieran la esperanza.

Me impresionaron los árboles: palmas, samanes, carboneros, ceibas y cauchos gigantescos que aparecían en cada parque, en cada marco. Miraba hacia arriba las ramas larguísimas, la fronda ansiosa por crecer aún más, y el dosel me hacía pensar en un pueblo que se organizaba perfectamente y miraba hacia abajo la ciudad. Vi garzas, gallinazos, halcones, tórtolas, torcazas, vencejos, colibríes, loras, pechirrojos, azulejos, siriríes, golondrinas y canarios. Encima de Cali, en la trama de los árboles, había una geografía nítida de hojas y aves.

Abajo, yo estaba dirigiendo un taller de escritura de terror. Pensé en el gusto de los artistas caleños por lo siniestro y lo asocié con cierta luz que percibí en la ciudad, una luz negra a pleno sol, que al llegar a la calle ya tenía una doble sombra. Hay algo velado y luctuoso en la luz de Cali, que hace borradizas las montañas y hace sospechar a cada paso una distorsión. Me interesó la familiaridad que los caleños reclaman con el diablo, un diablo que es mezcla de acechanza y distracción incontenible.

El último día fui a Buenaventura. Encontré tres edificios preciosos e inquietantes: el de la Registraduría, el de la Dian y otro blanco con cúpula, junto al mar. Con mis generosas anfitrionas me senté a ver la tarde frente al Pacífico, que de cerca era un basurero y de lejos era plata y negro. A nuestros pies había una tela muy vieja del color de la playa oscura, quizás una vela naufragada, que cubría el suelo en la marea baja. Pocas cosas me han parecido tan claramente alusivas al desastre como esa orilla del mar entapetada. Más allá había un gran letrero dibujado en la arena que decía: “$abio el péndulo divino” y en el que una de mis compañeras y yo coincidimos en leer, equivocadas, la palabra “Diablo”. Luego rectificamos y, al hacerlo, el letrero pareció más ominoso que si hubiera dicho lo que al principio creímos. Seguí leyendo el nombre del diablo en esa especie de inquietud sin alegría ni búsqueda que se agita en la ciudad, en el faro como pisoteado, en la red de miradas torvas que enreda el puerto convertido en el desaguadero del horror del país que lo abandonó.

Lea también:

Interrogatorio Arcadia Carolina Sanín.

Opinión: La mirada que aplasta.

Este contenido hace parte de la edición impresa. Para leerlo, debe iniciar sesión:

Les informamos a todos nuestros lectores que el contenido de nuestra revista impresa en nuestro sitio web será exclusivo para suscriptores.

Queremos conocerlo un poco,
cuéntenos acerca de usted:

Maria,

Gracias por registrarse en ARCADIA Para finalizar el proceso, por favor valide su correo a través del enlace que enviamos a:

correo@123.com

Maria,

su cuenta aun no ha sido activada para poder leer el contenido de la edición impresa. Por favor valide su correo a través del enlace que enviamos a:

correo@123.com

Para verificar su suscripción por favor ingrese la siguiente información:

No tiene suscripción. ¡Adquierala ya!

Si usted tiene algún inconveniente por favor comuniquese con nosotros en Bogotá al 7421340 o a la línea nacional gratuita 018000-911100 (Lunes a Viernes de 7:00 am a 8:00 pm, Sábados de 09:00 am a 12:00 m).

Su código de suscripción no se encuentra activo para esta publicación