Antanas Mockus rodeado de un grupo de actores de teatro y televisión.

Después de la euforia

El país fue testigo de la ascensión y caída de la ola verde. Entre los tres millones y medio de ciudadanos que navegaron su cresta había varios artistas y escritores. ¿Qué pasó con ellos? ¿Por qué les era tan atractivo el discurso mockusiano?

2010/06/29

Por Jerónimo Duarte

Ya todos sabemos qué es un flashmob, esa manifestación artística juvenil en la que cientos de personas se congregan en un espacio para, acto seguido, quedarse estáticas, perturbar el medio y, después, regresar como si nada a sus actividades normales. Pensemos en la campaña de Mockus como un flashmob. Una ola verde se congrega en un espacio (virtual, geográfico, moral…). Se paraliza. Todo el mundo espera que algo grande pase. No pasa nada. La ola se disuelve y vuelve a su cotidianidad, como si nada. Algunos de sus miembros, por supuesto, seguirán haciendo alharaca, invitarán a nuevas uniones, se empeñarán en impedir que la ola se disuelva. Pero estos, casi siempre, son pocos.

Parecía también, en ocasiones, un enorme despliegue patafísico. En Gestos y opiniones del Dr. Faustroll, patafísico, novela póstuma de Alfred Jarry, la Patafísica se define como “la ciencia de las soluciones imaginarias que acuerda simbólicamente a los lineamientos las propiedades de los objetos descritos por su virtualidad. En palabras simples: es la ciencia que estudia las soluciones imaginarias para los problemas que no existen. Parece que esta era la disciplina de los verdes: una masiva congregación social emanada de esa seudociencia. Los verdes eran una anormalidad en la escena política colombiana; sus propuestas pretendían hacer de la excepción la regla, y los problemas que los preocupaban no existían, para la masa electoral, de manera urgente ni inmediata. En el universo donde la normalidad es la seguridad democrática, cualquier otro apremio no es sino pura virtualidad patafísica.

Fue, además, un proceso protagonizado por el lenguaje. Para bien y para mal. Demasiadas palabras propiciaron el tsunami, demasiadas adhesiones entusiastas participaron del griterío, demasiados apáticos reconocieron una voz que los identificaba. Y hubo, al mismo tiempo, palabras brumosas y contradictorias que atenuaron la euforia y diluyeron el flashmob.

No es de menospreciar, tampoco, la vanidad con la que adherentes, adheridos y militantes surfearon la ola verde. Amados y amantes hacían gala de su originalidad, de su disidencia, de su genialidad. Se divertían. Mostraban lo que hacían –comerciales, camisetas, consignas, videos, pancartas, correos– y lo difundían. Presentaban sus obras. Se quejaban de la incomprensión general aunque es probable que la disfrutaban un poco; eso los hacía más originales, más disidentes, más patafísicos.

El arte, entonces, rondaba la campaña mockusiana.

Esquizofrenia social

El Partido Verde, tal como se conoce hoy y como se presentó a los pasados comicios electorales, tiene poco menos de un año de existencia. Es, digamos, una organización bastante precoz que creció a velocidades exorbitantes y que todavía no sabemos muy bien hacia dónde se dirige. Sin embargo, hace unos meses parecía ser la opción preferida por la mayoría de los colombianos y era, de lejos, la alternativa que había elegido un buen número de artistas y escritores del país. Voces muy influyentes de la cultura se declaraban impúdicamente verdes –Héctor Abad, Andrés Hoyos, Vladdo, Nicolás Montero, Ricardo Silva y William Ospina, por nombrar apenas unos pocos– y se sumaban a la gran masa de ciudadanos que, aturdidos y esperanzados por la promesa de cambio, enarbolaban las banderas del ‘no todo vale’.

Basta dar una mirada al entusiasmo que se ocultaba detrás de las frases de algunos columnistas cuando la ola empezó a crecer. Jotamario Arbeláez, que en 1993 se había ofendido profundamente con las nalgas del candidato, aseguraba que Mockus “es el presidente que necesita Colombia”. Héctor Abad sostenía “Mockus es el centro sensato (…) Estamos en las vísperas de un gobierno verde”; incluso, antes de que el Partido Verde y Compromiso Ciudadano por Colombia se volvieran una sola fuerza política, les pidió a sus líderes que se unieran confiado en que, si lo hacían, “la Colombia buena se volcará a apoyarlos y al fin, aquí, llegarían al gobierno los justos”. Ricardo Silva, por su parte, afirmaba que “Mockus es el candidato que dice la verdad”; es decir, le creía. Tanto como lo hacían los actores y actrices que participaron en los videos de nuestro naciente ‘fenómeno Obama’. Vicky Hernández, con un perro diminuto en una mano y un girasol en la otra contaba que, desde que tenía memoria, “Colombia es un país asaltado por la mala fe y la ilegalidad”. El voto verde prometía modificar esos recuerdos. Margarita Rosa de Francisco, como Ricardo Silva, sentía que el candidato le decía la verdad, sus ojos le parecían transparentes y eso nunca lo había visto en otro político. Todos creían, y al verde y al girasol se le sumaron tres golpecitos en la sien, con el dedo índice, que daban fe de la elección consciente. Tal era la consciencia que, a veces, el índice era reemplazado por un lápiz.

Se desató la euforia colectiva, varios se contagiaron de lo que Lucas Ospina llamó ‘la gripa del fervor’, pero después, el 20 de junio a las 6:00 p.m., parecía como si la campaña hubiera sido el resultado de una alteración en masa de la conciencia de la realidad.

A mediados del siglo XIX, Bénédict Morel acuñó el término ‘demencia precoz’ para referirse a aquellos trastornos mentales crónicos que generan una alteración en la percepción o expresión de la realidad. Lo que la ciencia médica denominaría, años más tarde, esquizofrenia. La enfermedad se activa, con mayor frecuencia, durante la juventud y obedece a la ocurrencia de un hecho traumático. Sus síntomas son, principalmente, tres: lenguaje y pensamientos confusos y desorganizados; delirios, alucinaciones y trastornos afectivos, y conductas inapropiadas.

Y los tres síntomas se vieron con claridad en la campaña: Mockus fue acusado de críptico. En uno de los debates televisados, Roberto Pombo, el moderador, cerró la intervención del candidato con un malicioso “¡si yo hubiera sido alumno del profesor Mockus, me habría rajado!”. La ola verde se autoproclamó histórica, los encuestadores aseguraron una grandeza que no demostró tener cuerpo y la simpatía o antipatía por la fórmula Mockus-Fajardo despertó las más altas –y bajas– pasiones.

Plinio Apuleyo Mendoza criticó abiertamente la “efervescencia sin reflexión de los jóvenes electores” y se quejó de que Mockus era un personaje “etéreo, brumoso, imprevisible, expuesto a cada paso a rectificarse a sí mismo”. Mejor dicho, advirtió que la ola verde estaba perdiendo conciencia de la realidad nacional, que se estaba creyendo que Colombia era Dinamarca o Finlandia. Y lo peor de todo era que, a diferencia del trastorno médico, el de los verdes parecía contagioso y no dejaba de generar adhesiones espontáneas. “Un vasto y espontáneo movimiento popular”, advirtió William Ospina. Un flashmob.

La turba verde transitó así por tres estadios que se tradujeron, de manera bastante clara, en los textos de varios columnistas literarios publicados durante los meses que duró la campaña. Primero, una enorme esperanza; el cambio era casi palpable y los límites entre la realidad y la promesa se diluían. Después, una ligera angustia, un llamado efusivo al voto y varios intentos por moderar los ímpetus de la primera fase y conducirlos de la imaginación a la acción. Finalmente, resignación; a veces optimista, como la de Ricardo Silva cuando asegura que “esta vez no vamos a desbandarnos” y a veces pesimista, como la de Carlos Castillo Cardona cuando afirmó que “las esperanzas de un país distinto se han ido nuevamente por la corriente de las frustraciones”.

Pura Patafísica

Después de la segunda vuelta, nueve millones de colombianos decidieron, tácitamente, que los problemas que señalaba Mockus no existían; bien porque no eran considerados problemas, bien porque no se veían –y gran parte de la realidad depende de cómo se nombra y se observa.

Al igual que los patafísicos, los artistas observan la realidad de modos excepcionales. Hacen de la excepción la regla, abrazan la anormalidad e intentan la unidad de los opuestos. Un triunfo político patafísico (“tan irónico, como consecuente”, según Carolina Sanín) habría supuesto un cambio cultural que permitiera redefinir (la idea es de Nicolás Montero) qué somos, para así construir la sociedad que queremos. Así hoy parezca anormal.

De ahí la acogida tan grande que tuvo Mockus entre los ya citados columnistas literarios, quienes prefirieron lo imaginario: el salto al vacío, la queja del statu quo, la incertidumbre. “Otro país existe (...) otro camino existe”, decía William Ospina; estaba hablando de patafísica, de soluciones imaginarias. Y no se puede negar que la política es una herramienta perfecta para normalizar lo anormal. Mockus era ?–¿es?– una excepción en el mundillo de la política que intentó convertirse en regla; una amenaza. Y asustaba. Materializaba, como lo sostuvo Lucas Ospina, “un miedo básico y singular: cambiar (...) solo por eso valía la pena.”

Lenguajes y vanidades

Es cierto que, como lo apunta Héctor Abad, “la argumentación política, en los diarios y en tiempo de elecciones, tiene mucho de propaganda y pasión (...) es griterío electoral”. Pero es cierto también que, como diría Ricardo Silva, ese griterío estaba compuesto por voces “cansadas del menosprecio a la inteligencia de su juventud” y ?–añadiría yo– de su quehacer. Reivindicar la cultura, la educación y la imaginación es reivindicar a los cultos, es matricularse patafísico. Es ahí donde Héctor Abad ve la afinidad de la propuesta verde con sectores de la población colombiana que han dedicado su vida entera a pensar, incluso en cosas imaginarias. En palabras de Lucas Ospina, Mockus fue un candidato que introdujo “en el lenguaje de la política gestos del arte, como la imaginación y la espontaneidad” y fueron esos gestos los que lo hicieron tan atractivo.

El punto en que esa simbiosis se evidenció de manera más clara fue, para Nicolás Montero, el apego a los procesos. La obra de arte finalizada da cuenta de un proceso creativo, constructivo; es un desarrollo consciente que lleva al artista a reconocerse en su producción. Los verdes querían impregnar la política de esos procesos; querían que los ciudadanos se reconocieran en la Constitución. Es un intento por buscar un lenguaje constitutivo propio. Otra opción.

Pero no solo eso. Antanas encajaba bien en la imagen del artista genio: aprendió a leer a los dos años, su madre es una escultora innata, su pasado lo hace ser siempre extranjero, su padre es un ingeniero por correspondencia, aprendió lituano antes que español y es un incomprendido y un solitario. Sus métodos no eran convencionales y su figura mucho menos; un político así no podía ganar las elecciones, pero era divertido apoyarlo..., decía Héctor Abad.

Y muchos se divirtieron. Entre ellos, artistas y escritores; pero como éstos son una categoría social muy poco numerosa, su influencia fue marginal, más mediática que real. Algunos, incluso, cayeron en el peligro que hace unos meses advertía Alejandro Gaviria de pensar que “el cambio social no es incremental, sino abrupto, un breve interludio entre dos sociedades estáticas: una, injusta y corrupta, que no admiwte posibilidad de mejora, y otra, racional y armoniosa, que ya no es necesario mejorar”.

No se puede negar que, desde que se conocieron los resultados de la primera vuelta, e incluso antes, la ola había sufrido una desbandada. Lo que no sabemos es si los que padecían su esquizofrenia continúan con alteraciones en la percepción de la realidad, si siguen deseando para Colombia “un despistado profesor buscando para el país excéntricas alternativas” –la cita, otra vez, es de Plinio– que, además, se rectifica y contradice con frecuencia. Me atrevo a pensar que estas características no serán motivos suficientes de renuncia para aquellos cercanos a las artes, para aquellos que creen en las alternativas, así sean excéntricas, y que identifican la contradicción y la incoherencia como constitutivas de los seres humanos. De manera que sospecho que varios artistas y escritores seguirán esquizofrénicos. Me preocupa, eso sí, que las consecuencias de su mal sean similares a las de su paralelo médico: depresión, trastornos de ansiedad, desempleo, pobreza y baja calidad de vida.

Sea como fuera, se habló desde el arte y quienes lo hicieron alimentaron también su vanidad. Se unieron al político que incomodaba y le prestaron sus métodos, militaron, adhirieron, intentaron reivindicarse. Pero perdieron. Sin embargo, al final, en votos contantes, la influencia de tanta gritería no sirvió. O sí. Fue, para seguir citando a Lucas Ospina, “una pausa que ilumina la nulidad del arte, la política y todo el resto de nuestros apremiantes clamores”. Un flashmob.

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