Viñeta de Footnotes in Gaza de Joe Sacco.

Periodismo dibujado

El mes pasado, el gran dibujante de cómic Art Spiegelman recibió el premio a toda una carrera del Festival de Angulema. El premio es un reconocimiento a uno de los pioneros del cómic de guerra, que abandona la ficción para convertirse en reportero estrella de los conflictos armados. Historia de la revolución de un género.

2011/03/30

Por Lorenzo Morales

Página 53. “Repito: hoy no queremos problemas”, dice el periodista mientras camina por una calle de Naplusa. Pero una romería de niños y mujeres con gestos de rabia se toman las calles de la ciudad, la más poblada de Cisjordania. Protestan porque Israel acaba de ordenar la deportación de más palestinos. La marcha bloquea el tráfico. Los carros con choferes israelitas pitan; bajan las ventanillas y gritan improperios. De pronto, camiones militares rodean a los manifestantes. “¡Muévanse!”, gritan policías de azul con letras en hebreo. Bolillos en alto, llueven gases lacrimógenos, gestos de súplica como en un lienzo de Goya, sirenas de ambulancias. En medio de todo, el periodista que soñaba con un día tranquilo hace fotos, toma notas.

El periodista de la página 53 es a la vez Joe Sacco y su dibujo. Sacco es el autor de Palestina, un reportaje en cómic que retrata la vida cotidiana en los territorios ocupados por Israel durante la primera intifada. Entre crónica de viaje y despacho de guerra, el libro (de 285 páginas ilustradas) recibió un American Book Award en 1996, y desde entonces se convirtió en un hito para una nueva generación de dibujantes-reporteros.

“Con excepción de uno o dos novelistas y poetas, nadie ha mostrado mejor el terrible estado de las cosas en este lugar que Joe Sacco”, escribió Edward Said, quien fuera hasta su muerte el más reconocido pensador de la relación entre Oriente y Occidente. “En un mundo saturado de noticias y donde la gran mayoría de las imágenes son controladas y difundidas por un puñado de hombres sentados en ciudades como Londres o Nueva York, una secuencia de viñetas y palabras, enérgicamente grabadas, a veces grotescamente enfáticas e hinchadas para ilustrar situaciones extremas, resultan un notable antídoto”, resaltó.

Desde entonces, el lenguaje de la historieta, que suele asociarse con las trivialidades de la niñez y la adolescencia demostró una capacidad inesperada para contar desde el periodismo las miserias y las mezquindades de los adultos. Entre los superhéroes de capa y poderes sobrehumanos, se abrieron paso los héroes de pantalón y camisa, la gente común y corriente cuya única anomalía es la vocación de resistir. De la vida en planetas de fantasía, las historietas saltaron a la vida cotidiana en las calles de lodo en un tugurio en Nairobi, a la agónica pobreza de un campo de refugiados en Bosnia, o cualquier otro rincón belicoso del planeta Tierra.

Artistas reporteros

Muchos de estos nuevos cómics periodísticos atrapan por la confesión sincera de las opiniones y las experiencias del reportero. El autor aparece, sin titubeos, en medio de la acción, lo que recuerda el periodismo de inmersión que hicieron en primera persona Hunter Thompson o Gay Talese en 1960 y 1970s o, incluso antes, los reportajes de George Orwell sobre la guerra civil española o de John Reed sobre la revolución bolchevique.

“Trabajo como un periodista corriente: hago citas, entrevisto gente, tomo fotos. Todo lo que dibujo es verdad”, dijo hace poco en una conferencia en París Patrick Chappatte, un caricaturista suizo cuyos reportajes desde el sur del Líbano y otros rincones candentes publica el International Herald Tribune y Les Temps de Ginebra, por lo general en la primera página. “La diferencia, es que en mis cómics no oculto mis emociones, mis dudas; algo prohibido en la idea clásica de lo que debe ser el periodismo”, añadió.

Esa relación diferente con la verdad periodística les ha permitido a estos reporteros de cómic relacionarse con la gente y las historias de una forma nueva. “En Sarajevo, la gente estaba ya tan enferma de hablar con periodistas que cuando se enteraba que yo era un dibujante de cómics me recibían aliviados”, le dijo Sacco a The Independent, otro de los diarios que publican este tipo de reportajes.

En el fondo, la relevancia del género no radica tanto en la novedad del formato —al fin y al cabo pasajera— sino en la efectividad que ha mostrado para narrar la atrocidad de la guerra. “Lo más satisfactorio para mí es que la gente está hablando primero sobre los temas, sobre la historia del libro, antes que del hecho que sea contada en un cómic”, dijo hace poco a un blog especializado, Emmanuel Guibert, el autor de La guerra de Alan, una serie en tres tomos sobre la vida de un soldado americano que luchó en el frente europeo durante la Segunda Guerra Mundial.

Viejos conocidos

Aunque los cómics que cuentan guerras y conflictos de verdad son recientes, entre el cómic y las luchas bélicas hay una vieja amistad. Las historietas clásicas están plagadas de combates de superhéroes contra supervillanos, vaqueros contra indios, maleantes contra justicieros o cerditos contra un lobo grande y malo. Todas han sido peleas violentas, crueles y, en ocasiones, notablemente sangrientas. ¿Por qué, entonces, no habría de tener el cómic la misma vocación para contar guerras de verdad?

En efecto, para algunos, la combinación de palabras y dibujos parece abrir un canal de comunicación más natural e íntimo con el dolor y la tragedia. “En medio del flujo de las noticias diarias me parece que la simplicidad del dibujo le permite a los lectores detenerse y reencontrar la parte emotiva de las historias”, dijo Chappatte tratando de explicar el efecto particular del cómic frente a otros medios más comunes e inmediatos.

“[Los cómics] siempre han apelado al deseo de la gente de ver, y en particular de ver cosas repugnantes”, escribió Chris Ware, ilustrador y editor invitado para un número dedicado al cómic en la revista literaria norteamericana McSweeney’s Quarterly. Ware recuerda cómo algunas de las primeras historias en imágenes de la baja Edad Media recrean escenas de ejecuciones públicas y callejeras.

La vocación del cómic para contar la guerra podría rastrearse incluso más atrás. Tan atrás que uno de los ejemplos más notables no pasó por las planchas de una imprenta, sino por las manos de una costurera. El tapiz de Bayeux, un bordado de setenta metros de largo hecho en el siglo XI, relata la cruenta conquista de Inglaterra por los normandos. La tela tiene 72 escenas, comparables a viñetas con textos en latín, en las que aparecen 626 personajes, 202 caballos y mulas, 55 perros, 37 edificios y hasta el cometa Halley.

Junto al tapiz de Bayeux podrían citarse otros ejemplos de narraciones épicas de acontecimientos reales contadas en vitrales de iglesias, papiros griegos y, quizás, hasta en pinturas rupestres.

En las grandes ligas

Pese a estas pruebas de ancestral camaradería entre texto, dibujo y guerra, el cómic tuvo que andar mucho para ganarse un lugar en el periodismo contemporáneo. Primero tuvo que desarmar la desconfianza que suscita entre los lectores educados el medio impreso predilecto de los iletrados. Además, los cómics, hasta hace poco, no tuvieron otro propósito que entretener, a veces educar, pero nunca informar.

El gran golpe de gracia lo dio en 1992 Art Spiegelman, un caricaturista de origen polaco, relativamente desconocido, que se movía en los círculos del cartoon alternativo de los años 80 en Nueva York. Ese año, uno de los premios Pulitzer fue para su obra Maus, un cómic en dos tomos que relataba, basado en el testimonio de su padre, las desventuras de su familia durante la ocupación nazi.

Desde entonces, Spiegelman se volvió una de las figuras más respetadas del género, y el encargado de bendecir la irrupción de la realidad documental en el lenguaje del cómic.

Con tantos vítores, las palabras tuvieron que reacomodarse. Cómic, en inglés; bande dessinée, en francés o “historieta”, en castellano; son términos que ya no hacen justicia al trabajo de estos nuevos escritores-dibujantes que ni eran chistosos, ni fútiles y sí contaban grandes historias. Por eso hoy se habla de “novela gráfica”, un rótulo con más alcurnia que además describe mejor los nuevos atributos del género y sus autores.

Sin embargo, los libreros aún se rascan la cabeza a la hora de elegir un estante para libros del mismo vecindario del cómic de guerra como la versión en historieta del informe de la comisión oficial que investigó los atentados del 9/11, las memorias de Marjane Satrapi creciendo durante la Revolución Iraní, o un reportaje sobre la campaña de Barack Obama a la presidencia de Estados Unidos de Michael Crowley y Dan Goldman. ¿Política? ¿Arte? ¿Literatura juvenil? ¿Historia contemporánea?

Si le creemos a Borges cuando dijo que ordenar una biblioteca era ejercer de un modo silencioso el arte de la crítica, muchos de estos reporteros-dibujantes estarían muy complacidos de visitar una (y al parecer la única) de las bibliotecas de Bogotá en las que se encuentran algunos de estos cómics. Allí, por ejemplo, Palestina, el libro insigne de Sacco, está en el estante de estudios de Medio Oriente. Por el lado izquierdo lo sostiene A la verdad por el error: Palestina, un libro de Chaim Weizmann, el primer presidente de Israel y por el lado derecho, Mi vida, la autobiografía de Golda Meir.

La distinción que durante décadas se le ha negado al cómic, debería al menos reconocer la excepcional confluencia de talentos que hay en un reportero de cómic. Todos estos periodistas mezclan, en dosis diferentes, las virtudes de dibujante ágil, escritor efectivo y minucioso reportero. Además, cada uno encarna una dedicación a toda prueba. A Spiegelman le tomó más de una década completar Maus, Guibert se demoró trece años escribiendo La guerra de Alan y a Sacco dedicó cinco años de viajes e investigación a su obra Footnotes in Gaza, que reconstruye dos masacres que ocurrieron hace más de medio siglo.

Muchos dibujantes habían buscado antes inspiración en la realidad para sus cómics, como Hergé con las aventuras de Tintín como reportero en los países soviéticos y en las colonias africanas o Hugo Pratt con Corto Maltese, urdiendo conspiraciones en el imperio ruso o la Italia fascista. Pero hasta ahora ninguno había enfrentado el género a la realidad verdadera y cotidiana de manera tan directa. El ascenso del cómic de no-ficción es, al final de cuentas, tan subversivo al género como si un buen día un reportero del Daily Planet llamado Clark Kent le robara el puesto a Supermán.

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