Arriba las tres películas estrenadas en los noventa. Abajo, las tres de finales de los setenta.

Del milagro a la decepción

En 1999, una enorme expectativa acompañó el estreno de ‘Episodio I: La amenaza fantasma’, la primera cinta de una nueva trilogía que regresaba al universo de Star Wars. Pero la película, al igual que sus dos secuelas, desilusionó e hirió a una saga que ahora, de la mano de Disney, busca reinventarse una vez más. ¿Qué pasó?

2015/12/11

Por Christopher Tibble

Reinaba el escepticismo. En el desierto de Túnez, donde se filmaron las primeras escenas; en Elstree Studios, a las afueras de Londres; en la bodega de Industrial Light and Magic, la compañía de efectos especiales que George Lucas había fundado dos años antes. En 1977, durante el rodaje de Episodio IV: Una nueva esperanza, casi nadie creía que la película iba a ser un éxito. Los actores no se la tomaban demasiado en serio (una ópera espacial repleta de alienígenas, robots y un perro enorme que hablaba), y los productores a menudo amenazaban con cerrar la producción. Había fricciones constantes entre Lucas y el cinematógrafo Gilbert Taylor. Los efectos especiales no terminaban de convencer.

Pero Lucas seguía, casi a ciegas, hacia su meta. En el medio ya se conocía su carácter terco. Se trataba de un director independiente, que nunca se había sentido cómodo con el sistema de estudios de Hollywood. En 1969, a los 25 años, había fundado junto a Francis Ford Coppola la productora American Zoetrope, en busca de un espacio flexible y creativo, lejos de las ataduras burocráticas de los grandes estudios. Con ella filmó su primera cinta, THX 1138 (1971). Luego, se independizó aún más creando la casa de producción Lucasfilm, de la que surgiría su primer éxito: American Graffiti (1973), una oda a generación de los baby boomers, el rock and roll y la cultura de los automóviles.

Desde ese entonces, sin embargo, Lucas ya tenía en mente hacer una película fantástica, un tributo a las cintas de ciencia ficción de los años treinta como Flash Gordon (1936). Quería reunir, en el contexto de una ópera espacial, a las principales características estéticas de esas obras con las enseñanzas del profesor de mitología y religión comparada Joseph Campbell, quien por esa época había escrito sobre los arquetipos universales que comparten distintas culturas: el joven aventurero (Luke Skywalker), el anciano sabio (Obi Wan), la princesa en apuros (Leia Organa), el espadachín arrogante (Han Solo), el villano con poderes mágicos (Darth Vader).

Así que, después de consultar a Campbell, Lucas empezó a trabajar en el guion de La guerra de las galaxias, en cuyos primeros borradores Luke era un general de 60 años y Han Solo un monstruo galáctico de piel verde. Pero más allá de esos detalles, y de lo fantástico que resultara el montaje, Lucas entendía que el poder de su idea radicaba en que contaba con arquetipos identificables, capaces de anclar y hacer creíble una historia que, a primera vista, y por razones obvias, no parecía tener mucho en común con lo humano. El estadounidense quizá también era consciente de que Hollywood necesitaba alejarse de un cine que en ese momento estaba copado de antihéroes y que se había estancado en el pesimismo generado por La guerra de Vietnam.

Después de un tortuoso rodaje, Lucas les mostró la primera versión de la película a varios colegas, incluido su amigo Steven Spielberg, y casi todos salieron tan confundidos como escépticos. La idea general era buena, pero nada encajaba. Faltaba la posproducción. Entonces Lucas tomó una serie de decisiones drásticas: despidió al editor general, logró que el afroamericano James Earl Jones hiciera la voz de Darth Vader, incluyó los efectos sonoros que durante un año había creado el ingeniero de sonido Ben Burtt y, por encima de todo, consiguió que el compositor John Williams escribiera –y dirigiera– la hoy mítica banda sonora de la película.

Llegada la fecha del estreno, el 25 de mayo de 1977, solo 32 teatros aceptaron mostrar la cinta. Lucas estaba convencido que la nueva película de Spielberg, Encuentros cercanos del tercer tipo, tendría mayor éxito comercial. Mientras que en Fox, encargada de la distribución de Episodio IV: Una nueva esperanza (en ese momento conocida simplemente como Star Wars), veían en esta el colchón de repuesto de la que presuntamente sería el éxito del verano: Más allá de la medía noche.

El éxito la cinta, sin embargo, fue descomunal. 20th Century Fox, que en su mejor año había generado 37 millones de dólares en ganancias, terminó ese año con 79 millones en el banco. Lucas, de repente, se convirtió en un millonario, al punto que su amigo Francis Ford Coppola le escribió para pedirle ayuda financiando su obra maestra: Apocalypse Now, ganadora de la Palma de oro en 1979.

Una nueva esperanza permitió a Lucas tener un mayor control en la producción de Episodio V: El imperio contraataca (1980) y El retorno del jedi (1983), si bien delegó la dirección a Irvin Kershner y Richard Marquand, respectivamente. Ambas, a pesar de la presión del público, fueron un éxito, en gran parte porque se apegaron, al igual que la primera, a una fórmula clásica: en el primer acto aparecía un improbable héroe, que demostraba su potencial; en el segundo los malos tomaban la delantera, y los protagonistas atravesaban su peor hora; y en el tercero, contra todo pronóstico, los buenos derrotaban a su adversario.

Gracias a su estructura simple, a sus personajes creíbles y al manejo excepcional de efectos especiales, la trilogía original de La guerra de las galaxias se convirtió en un fenómeno cultural. No se trataba de una saga cargada de matices, psicológicamente profunda o reveladora. Era, simplemente, la historia de un puñado de héroes entrañables enfrentados a una serie de adversidades. Su valor radicaba en ver como Luke Skywalker pasaba de ser el hijo adoptivo de una pareja de campesinos a uno de los personajes más poderosos de la galaxia, en ver como crecía el romance entre Han Solo y la princesa Leia. Pero la saga también fue más allá: puso en escena el dilema del hijo que se enfrenta a su padre y decide no seguir sus pasos; dio a conocer el concepto de “la fuerza”, un canon espiritual que resonó con toda una generación; y culminó con un clímax hoy reconocido en todo el mundo, en la que la redención superaba a la codicia.

Y luego llegó la segunda trilogía…

*

A diferencia del escepticismo que rodeó al estreno de Una nueva esperanza en 1977, nadie pensaba que Episodio I: La amenaza fantasma (1999) fuera a fracasar. Pero la película, al igual que sus dos secuelas, no cumplió con las inmensas expectativas. Mucho se ha escrito al respecto, y todo apunta a que su decepcionante desempeño se debió a dos factores: el control absoluto que tuvo Lucas sobre todos los aspectos de la producción (nadie retó sus decisiones); y el hecho de que se hicieron desde la comodidad de un estudio, dependiendo sobremanera de las posibilidades que ofrecían los efectos especiales.

En las precuelas se explora la transformación de Anakin Skywalker en Darth Vader, y aunque sobre el papel la historia suena interesante, las tres películas están plagadas de deslices: desde detalles pequeños, como cuando una reina absurdamente le da las gracias al robot R2-D2 por su labor en una batalla por solo tratarse de un personaje clásico de la saga, hasta algunos de mayor envergadura, como el hecho de que se haya reducido el mítico concepto de “la fuerza” a algo que se puede medir con una prueba de sangre.

Pero más allá de los detalles, el problema de las precuelas es que sus guiones son aburridos. A modo de ejemplo, se puede comparar la primera escena de Episodio IV: Una nueva esperanza y la de Episodio I: La amenaza fantasma. En la película de 1977, aparece en pantalla una nave espacial seguida por otra nave veinte veces su tamaño. De inmediato el espectador entiende que hay un conflicto entre un grupo de rebeldes y un imperio. Se trata de una escena que captiva, y no necesita de palabras para generar tensión y expectativa. En La amenaza fantasma nos encontramos con dos Jedi que llegan a una nave para solucionar un aburrido y burocrático conflicto comercial interplanetario.

Luego están los personajes. ¿Quién recuerda una escena memorable de Padme (Natalie Portman)? ¿Alguna frase citable de Qui-Gon Jinn (Liam Neason)? ¿Un diálogo que no se esté basado en la fórmula más insípida del cine, presente en cualquier telenovela, del plano/contraplano? Los personajes de las precuelas son insípidos. Algunos quedaron recudidos a muñecos animados, como Yoda, quien en el imaginario de los fans de la trilogía original representaba al sabio que trascendía la violencia física, pero que en la segunda y tercera entrega de las precuelas se convierte en un diminuto ninja. Por otro lado, las conversaciones de los personajes a menudo no son más que clichés de la peor clase, como las del “romance” entre Padme y Anakin (Hayden Christensen) en Episodio II: El ataque de los clones:

meme Star Wars Anakin y Padme

En las precuelas los efectos especiales reemplazan a los personajes en el centro de la trama. A diferencia de la trilogía original, que utilizó escenarios reales, a veces en condiciones climáticas extremas (como las escenas de El imperio contraataca filmadas en Noruega), en los episodios I, II y III no hay una escena que no cuente con alguna manipulación digital. Y cuando el exceso de efectos especiales satura la pantalla, como en la batalla de El ataque de los clones que involucra a cientos de Jedi en un coliseo, y todo parece un video juego, cabe preguntarse si en el proceso no se pierde el ingrediente humano.

Sí, visualmente, los efectos especiales atrapan, pero si se hace el ejercicio de eliminar las imágenes generadas en computadores, las batallas casi epilépticas y los duelos de lightsabers de 40 minutos, queda una trama innecesariamente confusa y forzada. ¿Por qué en La amenaza fantasma el senado manda a dos Jedi (Obi-Wan y Qui-Gon Jinn), que no son más que monjes, a resolver una disputa de comercio intergaláctico? ¿Si el Consejo Jedi ya presentía que Anakin se estaba dejando seducir por el lado oscuro, por qué lo mandó en El ataque de los clones a un planeta apartado y recluido con una mujer que lo podía tentar aún más?

La dependencia en efectos especiales no solo relegó la historia a un segundo plano. También se encargó de eliminar la tensión: cuando las escenas de una película son tan inverosímiles, cuesta trabajo relacionarse con los personajes. Como en la secuencia de los carros voladores al comienzo de El ataque de los clones, en la que tanto Anakin como Obi-Wan se arrojan como paracaidistas sobre una autopista aérea con miles de carros y nada les pasa,. Y en el caso de Star Wars, esa dependencia resulta aún más dolorosa para los fanáticos clásicos, pues Lucas, de joven, se había vuelto famoso por argumentar que los efectos especiales no significaban nada si no había una buena historia.

*

Quién sabe como resulte la nueva película. No habrá, según se ve en tráiler, referencias a las precuelas. J.J. Abrams, el director, también ha asegurado que ha filmado en locaciones, y no a punta de pantallas azules. Dos buenas noticias. Ahora habrá que ver si El despertar de la fuerza devuelve el brillo a Star Wars.

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