'Labio de liebre' de Teatro Petra de Fabio Rubiano fue uno de los indudables éxitos del FITB. Foto: Maria Camila Salamanca.

¿Vale la pena salvar el Festival Iberoamericano de Teatro?

El festival iberoamericano enfrenta una sucesión de crisis que no parecen tener fin. Es hora de preguntarse si merece tanto esfuerzo. O si llegó la hora de que se convierta en otra cosa. La directora y dramaturga Adela Donadio, quien hizo parte del Festival en el pasado, escribe este análisis.

2017/12/19

Por Adela Donadio*

Desde que en el mes de mayo de este año el Teatro Mayor Julio Mario Santo Domingo y su director Ramiro Osorio, no lograron un acuerdo con la Junta de la Corporación Festival Iberoamericano para gestionar y producir la versión que se aproxima, la del 2018, que es especialmente importante por tratarse de los treinta años del Festival, se han tomado decisiones cuyas consecuencias comienzan a conocerse y que afectan gravemente al teatro colombiano y al Festival mismo en lo que ha sido su esencia.

Ya no es un secreto que desde la edición del 2010 se fue acumulando una deuda que a hoy asciende a una suma aproximada de 13.000 millones de pesos. Una deuda monumental para el sector cultural. Durante cuatro versiones consecutivas, de 2010 a 2016, la situación empeoró pese a todas las ayudas que desde el sector público, en especial del Ministerio de Cultura, recibió el FITB, entre esas un contrato adicional por valor de 2.000 millones como lo dijo la propia Ministra en los medios el año pasado. Sin conocerse públicamente la situación de quiebra del Festival, este fue declarado en diciembre de 2013 “Patrimonio Cultural de la Nación” “por considerarse como el mayor espectáculo nacional de las artes escénicas” y así pudo celebrar con honores la versión de 2014. Por preservar el Festival se han movido montañas y se han buscado -y se siguen buscando- todo tipo de soluciones, desde alianzas con el sector privado, como la que tuvieron con el periódico El Tiempo (2014) así como el apoyo en ocasiones irrestricto de las entidades públicas. ¿Cómo se ha sostenido lo insostenible, si desde el 2010 existe el hueco financiero? ¿Y cuál ha sido el costo de todos estos esfuerzos desde la entidades del sector cultura y otras entidades públicas?

En la actual coyuntura, aparecieron otros aliados de la Corporación FITB, con la misma promesa de preservar el legado de Fanny Mikey, hacer la próxima edición y pagar las acreencias heredadas. Los nuevos socios son TuBoleta, Konfigura y Páramo y los términos de dicha alianza son desconocidos por su carácter privado. Pero lo que sí ha tenido ya impacto público, es que tanto el Ministerio de Cultura como Idartes están apoyando de alguna manera la realización de la próxima versión. Por las presiones ejercidas por ACA (Asociación Colombiana de Actores) y el gremio teatral ante la inconformidad por el desconocimiento del teatro colombiano en la edición del 2018 y las condiciones de la convocatoria de Idartes a los grupos distritales, los voceros tanto del Ministerio de Cultura como de Idartes han dado informaciones sobre la destinación de los recursos para el evento y sus posturas frente a la nueva organización que lo dejan a uno pensando con suspicacia.

Idartes- Instituto Distrital de las Artes- lanza una invitación pública en nombre propio y en el del Festival para garantizar la participación de grupos distritales en el marco del FITB, con condiciones que sustituyen la tradicional invitación por un proyecto de emprendimiento; dado que el grupo queda a cargo de todo (alquiler de sala, costos técnicos y logísticos) gracias al estímulo recibido. Otra responsabilidad de Idartes en el marco del FITB 2018 es producir el evento masivo de clausura en el Parque Simón Bolívar. También se sabe que el Teatro Colón invertirá recursos propios que serán usados con dos fines: para la programación de este teatro en el marco del XVI FITB (500 millones) y, el monto restante, para la programación colombiana de teatro en espacios abiertos. De acuerdo a lo manifestado en la reunión del 30 de noviembre (convocada por ACA) los voceros de las entidades afirmaron que ninguna entidad pública puede darle recursos ni a la Corporación FITB por su situación, ni tampoco a las otras empresas por no estar constituidas como entidades culturales y por ser empresas con ánimo de lucro. Sin embargo, se están destinando recursos públicos para hacer ciertas franjas de la programación a través de modalidades que no sabemos bien en qué se sustentan y con discursos obviamente loables en pro de seguir haciendo el Festival, pero que hilando fino no suenan muy en concordancia con los principios de la concertación estatal, gracias a la cual se hizo no sólo este Festival, sino la médula espinal del sector cultura en Colombia.

En conclusión, hay impedimentos para hacer entrega de recursos públicos para el FITB 2018, es imposible celebrar cualquier tipo de convenio de asociación, alianzas estratégicas o apoyos por concertación porque los nuevos socios son organizaciones con ánimo de lucro, entonces ¿qué tipo de asociatividad, lazo o vínculo le da sustento a una invitación conjunta entre el Idartes y el FITB? ¿Y cómo puede exigirse como un deber a los grupos ganadores que el 30% del ingreso de la taquilla se lo entregue al FITB? Preguntas similares habría que plantearse sobre los ingresos de taquilla de los teatros públicos que harán parte de la programación, y sobre los recursos que destinará el Ministerio a través del Teatro Colón.

Mientras que a muchas entidades culturales importantes y valiosas se les ha dado su partida de defunción sin mayores intervenciones del Estado, el FITB ha sido el evento privilegiado, salvado una y otra vez. No se han planteado cuestionamientos de fondo, no se han exigido responsabilidades a la Junta de la Corporación y a la anterior directora quien ahora ha decidido no dar declaraciones públicas, pero que ahora ejerce como asesora. No se conformó un equipo idóneo para pensar si este modelo del festival más grande del mundo seguía vigente y era viable. Tampoco se ha pensado en una reestructuración de fondo que responda a los cambios de esta década. Se sigue adelante porque a toda costa hay que salvar al Festival “per se” como a una “entelequia” tan valiosa que independientemente de sus organizadores hay que defender a ultranza. Y esta postura desdice mucho de la intervención y gestión de las entidades públicas.

¿Pero de cuál festival estamos hablando? De un festival que hace un uso comercial de la marca por la confianza del público en el evento. Un festival cuya marca tiene un embargo cautelar que tampoco sabemos que alcances pueda llegar a tener en un momento dado. De un festival cuya esencia se fue desdibujando porque sus componentes fundamentales (eventos especiales, programación en espacios abiertos, en las localidades, programación nacional) fueron perdiendo valor y en esta versión 2018, no sabemos si tendrán importancia, como lo han señalado ya varios artículos en estos días. Un festival con un modelo de gestión en el que no hay una dirección artística, ni una dirección ejecutiva con nombres propios, caso muy atípico para un evento de esta importancia y magnitud. Un festival que ha dejado muchos damnificados de las malas gestiones de las versiones anteriores, entre artistas, proveedores, y trabajadores.

Es lamentable, por decir lo menos, que eso que llegó a llamarse el encuentro entre el mejor teatro del mundo y el teatro colombiano, y que no sólo era un buen eslogan sino que se tradujo en logros muy importantes para los grupos colombianos en el FITB -mejores honorarios, condiciones de la invitación, promoción internacional, un programa de coproducciones nacionales del FITB, entre otros- vaya a perderse totalmente si se sigue pensando en el lucro como meta, así sea por la buena causa o promesa (no garantizada) de pagar las deudas. Porque aunque muchos no lo sepan esas buenas condiciones ganadas en las primeras once ediciones para el teatro del país anfitrión (no ideales y también objeto de reclamos y controversia) fueron el producto de discusiones entre los grupos, el Festival y las exigencias estrictas de las entidades oficiales estipuladas en los contratos para que se cumplieran los beneficios que el teatro distrital y nacional debían recibir.

El Festival que se realizará en el 2018, se supone que es de la transición -esa es la figura que se ha acuñado por parte de los voceros públicos- pero habría que preguntarse "de transición hacia dónde". ¿Será una “salvación” lamentable que se está haciendo en desmedro de lo nacional y sobre posturas seriamente cuestionables del sector público?

*Directora de teatro, gestora y docente.

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