Samper Ospina nació en Bogotá en 1974. Foto: Karen Salamanca.

“Cada vez caigo más bajo”

El columnista y youtuber Daniel Samper Ospina llega las tablas del Teatro Fanny Mikey con una puesta en escena en la que hace un recorrido humorístico por la historia política de Colombia. Hablamos con él sobre su canal en YouTube, el poder del humor y su transición de columnista a figura pública.

2017/03/08

Por Daniela Hernández

El preestreno el martes 8 de marzo de Mi puta obra, la primera pieza de teatro de Daniel Samper Ospina, tuvo una sala llena y crucificó a la clase dirigente del país a punta de sátira. Se estará presentando los martes y miércoles en funciones de 8:30 pm hasta el 17 de mayo. Antes de la función, nos sentamos con él.

A pocas horas de el primer preestreno de su obra, llega el teatro, se encuentra con una pancarta enorme con su cara, lo reciben con un camerino y con la noticia de que está a veinte boletas de agotar taquilla...

¡Rarísimo! Desde que empecé a hacer los videos en YouTube también todo es rarísimo, desde ponerse un collar y que a uno lo paseen dos congresistas hasta que Humberto de la Calle lo reciba para darle consejos para no separarse. Dentro de todo lo que me ha sucedido, de golpe esta es una rareza más. Pero bueno, son cosas que  pasan cuando uno tiene 40 años, se da cuenta de que en cualquier momento se va a morir y le toca empezar a hacer estos pataleos contra el paso del tiempo que lo vuelven una persona tan penosa como feliz.

Periodista, youtuber y ahora debuta en las tablas ¿Por qué?

Sí, cada vez caigo más bajo. En cualquier momento puedo terminar en las barras de millonarios. El Teatro Nacional está buscando formatos que no sean tan clásicos como el gran teatro real, pero que sí puedan constituirse como una expresión de opinión y este es el caso de esos formatos. Es el recuento de unas memorias de un escritor de sátira que cuenta cómo han sido los últimos años de la historia reciente colombiana, siempre con apoyos audiovisuales y fotográficos de archivo.

¿Puede ser el teatro otra adaptación exitosa del contenido periodístico?

Como decía el poeta Andre Marcell, la búsqueda de amor ya es un encuentro. Ya veremos si tiene éxito. Pero sin duda, sí pretendo que esto sea un formato de sátira política, así como lo son la columna y el canal. Aspiraré a que esta obra sea una especie de columna en vivo.

¿El compromiso político que tiene desde el humor es el mismo en YouTube y el sus columnas?

En el canal hay unas adaptaciones y un tipo de humor más paródico que el que puede haber en la columna. De entrada el formato exige ser autoreferencial. En la columna no, ahí puedo escribir en primera persona pero evidentemente no es para eso. En cambio, es inevitable ser youtuber, no hablar de uno mismo y no aparecer en la cámara. El hecho de que sea así me obliga a hablar en clave de parodia permanentemente.

¿Hay un objetivo específico según el formato?

En los dos yo busco lo mismo: burlarme del poder y a través de esta burla, despertar conciencia crítica en algunas personas. Creo que el periodismo es un antídoto del poder. Debe investigarlo y fiscalizarlo.

¿Cómo decide cuáles temas son potenciales para hacer videos y cuáles lo son para escribir una columna?

Los pretextos son distintos. El pretexto de la columna es absolutamente coyuntural. En los videos tiene que haber actualidad pero no necesariamente coyuntura y el pretexto es tratar de ser “un youtuber”, es decir, hacer un reto o imitarlos. Suscitar un video a partir de ahí es distinto a lo que ocurre con una columna. Pero sea como sea, en los los formatos siempre filtro mucha sátira política.

Además de que dan papaya, ¿hay un criterio para priorizar a los protagonistas de sus producciones?

La actualidad va dando los blancos que son. A medida que vayan saliendo de escena, también van saliendo de la escena de la columna. Hace rato no escribo de Angelino, por ejemplo. Pero, ¿quién no escribe ahorita de Germán Vargas? La actualidad es el combustible de un columnista y del tipo de youtuber que yo pretendo ser.

¿Hay algún político que se salve de sus dardos o sea merecedor de sus elogios, aparte de Antanas Mockus?

No necesariamente. Si merece elogios yo procuro tener alguna distancia crítica, aún con el mismo Mockus porque eso lo exige el humor. El humor no puede tomarse en serio ni siquiera a las personas a las que uno considera admirables porque dejaría de ser humor. Evidentemente sí hay políticos que me parecen que son mejores que otros. Creo que por momentos estoy en la obligación de decirlo porque es una columna de opinión y me pagan por opinar, finalmente. Por ejemplo, ahora considero que en una categoría diferente pueden estar Sergio Fajardo y Claudia López. Ellos pueden ser los herederos de ese espíritu que se manifestó en la ola verde y que después fue traicionado de muchas maneras. Creo en esa franja de independientes que buscan el voto de opinión, que tienen como bandera anteponer los principios o el "no todo vale", que es uno de los peores daños que tiene la sociedad colombiana.

¿Alguno apto para la presidencia?  

Creo que un Frankestein de los independientes, que esté siempre dispuesto a combatir nuestra cultura traqueta y a entender que en este país, en cualquier modalidad de lo que uno se dedique, no todo vale. Yo creo que ese es el gran legado que ha dejado la clase política colombiana: que todo vale. Uribe lo disfrazaba hablando de los intereses superiores de la patria. Con base en eso modificó la constitución, se creó la cultura de los falsos positivos y de más. El candidato ideal debe entender que su principal mensaje debe ir en contra de esa premisa, y quizás deba tener el carácter aguerrido de Claudia López, las inquietudes educativas y el sentimiento de frescura que produce Sergio Fajardo, y de alguna manera, la vehemencia en la fiscalización de Jorge Robledo.

¿Cuáles son los peligros de hacer humor político en el país que mató a Jaime Garzón?

No lo sé. El humor, al final, es una coraza. Hay más tolerancia en decir la verdad si uno la dice tras la máscara del humor a decirla a través de una investigación. En ese sentido, considero que es mucho más valiente una persona como el columnista de Semana Daniel Coronel, que una persona que hace ejercicios humorísticos como yo.

¿Ha recibido amenazas por tocar las fibras del poder con sus sátiras?

No. Me gano insultos, rabias, y más con la proliferación de mensajes que puede haber en las redes sociales. Realmente, con franqueza, nunca me he sentido amenazado.  

El ejercicio periodístico y el humor político tratan  de prevenir, pero el pueblo olvida. Jaime Garzón advirtió tanto como pudo sobre los peligros del uribismo con años de anticipación. A pesar de que su audiencia e influencia fueron importantes, Uribe se posesionó por dos mandatos en la presidencia. ¿Qué falló?

Creo que el país al que le hablaba Jaime Garzón, o el país al que le suelen hablar los medios de comunicación no es enteramente igual al país que vota, ni vota motivado por asuntos tan nobles como la opinión. Jaime Garzón y muchos otros han ayudado a crear una franja de independencia crítica que no ha logrado ser superior a las maquinarias electorales. Estas son en últimas las que en verdad definen, con Jaimes Garzones o sin ellos, el rumbo de unas elecciones. Uno puede hacer un excelente trabajo como caricaturista, como escritor de sátira, como periodista, incluso como investigador, pero con dolor debo reconocer que nada de eso superará jamás la cultura de los tamales instaurada por Ñoño Elías.

En su caso, ¿hay estrategias para educar desde el humor y hacer que la memoria del pueblo sea perdurable?

Sí, hay tres cosas fundamentales. Una, señalar los excesos de poder y ridiculizarlos. Eso ayuda a que se desvanezcan, o al menos a que no sean prototipos dignos de ser imitados sino ser sujetos a burlas. Por otro lado, recuperar un poquito la memoria: a través del humor uno puede hacer recuentos del país en el que vive. Y la tercera, naturalmente, la más importante de todas, que es ser capaz de hacer señalamientos y decir la verdad. Para que el humor sea bueno debe ser veraz, esa es una característica muy importante. Aunque no lo digo con solemnidad y nunca he creído en aquellos que se autoimponen ese manto de ser los dueños de la verdad. Hay muchas verdades siempre.

Desde su experiencia como pionero en el país en cuanto a adaptación de contenidos periodísticos a nuevas plataformas, ¿cómo cree que los medios tradicionales pueden adaptarse a las nuevas dinámicas de consumo de la información?

No tengo la respuesta. Solo tengo inquietudes y la suficiente irresponsabilidad como para salir al encuentro de ellas. Uno de los primeros errores es escoger. No estamos obligados a hacerlo y creo que tenemos que hacer todo simultáneamente. Tenemos que entender que unas cosas son los contenidos y otras cosas son los continentes. Lo importante no son tanto los frascos en los que uno debe guardar las sustancias, sino las mismas sustancias. La innovación, en últimas, está en eso: en ser capaz de adecuar la sustancia que uno tiene, en mi caso la sátira política, a los frascos que se vayan presentando y no escoger uno de ellos. No creo que tenga que escoger entre ser youtuber o ser columnista, ni mucho menos. El día que haya videos 360, algo tendremos que hacer. La sátira política tiene que poderse expresar en cualquier tecnología.

¿Este descubrimiento ha hecho que escriba menos?

De ninguna manera, ¡no, no no! Además, en mi método de producción laboral, el centro siempre está en la escritura. Lo más importante para mí es la columna. Ese es el eje de absolutamente todas las otras cosas que hago. De alguna manera, Mi puta obra es una derivación de la columna y los videos de YouTube también, con adecuaciones propias de su formato. El núcleo central de todo es la columna, es lo que me ayuda a afinar la observación, lo que me obliga a estar midiéndoles el pulso a las cosas, lo que me hace estar pesando humorísticamente en la realidad.

¿Cómo fueron sus inicios como columnista?

Pues duros porque en ese momento, hace una década, nadie estaba acostumbrado en la audiencia de Semana a recibir una columna escrita con un humor que a veces podía ser algo chirriante. El humor es un oficio que se va aprendiendo. Uno se va lijando y va limando sus formas de humor. Allí todo está permitido y en esa discusión, no es de qué se burla uno sino de cómo se burla. Claro, al principio fue difícil porque me electrocutaba con el voltaje de muchos de mis propios chistes hasta que fui tomándome confianza y también fui aprendiendo que el mismo humor se asienta. Es un aprendizaje que no termina.

¿Su humor ha cambiado de objeto o carácter desde ese entonces?

Tristemente, la realidad política en Colombia nunca cambia.Y cuando cambia, cambia de nombre pero no de apellido. Entonces, más o menos los que estaban en ese momento en escena, siguen estando. Han cambiado obviamente las circunstancias, pero desde hace ocho años el país siempre ha estado polarizado entre las expresiones que encarnan Santos y Uribe. Lo único extraño que ha sucedido es que antes eran amigos y ahora son enemigos.

¿Qué opina de los reclamos que le hacen por criticar a la clase social dirigente a la que pertenece?

Eso le da más valor a mi crítica. La avala más y me da más autoridad para poderla ejercer. De lo contrario, además, tratarían de anular esa crítica diciendo que es mero resentimiento social.

La columna que más lo enorgullece...

No la he escrito. Pero, más que aplausos unánimes, lo importante es que esos formatos de opinión produzcan polémica.

El video con el que más se ha divertido…

En general, uno pasa muy bueno haciendo videos y es susceptible a los ataques de risa. Lo saca a uno del contexto de su propia vida, de su propio rol de papá, de su propia seriedad y todo eso es maravilloso.

El primero fue el que más me divirtió porque era muy ridículo: un verdadero regreso a la adolescencia. Era realmente grotesco. Otro que me gustó hacer fue uno en contra de la homofobia de Vivian Morales y Carlos Alonso Lucio. En ese, Lucio decía que los homosexuales no podían adoptar porque los niños no estaban para satisfacer las necesidades emocionales de nadie, que para eso estaban las mascotas. Les pedí a Gina Parody y a Cecilia Álvarez que me adoptaran para ver si me trataban como a una mascota. Me sacaron al parque y terminé disputándome un hueso con un labrador de ellas. Ese fue especialmente divertido. Otro muy divertido fue con Humberto de la Calle. Él trataba de consejos de la negociación de paz aplicables al matrimonio porque una de las tragedias de las personas de 40 años es que se empiezan a separar, y eso es aterrador. Uno termina saliendo con niñas de 20 años, le toca volver a la Calera, una cosa horrible. Él es un tipo con un muy buen sentido del humor, entendió ahí mismo de qué se trataba la cosa e hizo una analogía muy buena.

Si bien antes era reconocido por sus columnas, ahora su trabajo tiene una cara visible. ¿Cómo ha sido esa transición de columnista a figura pública?

Ha sido muy extraño y me ha ayudado a medir el alcance que pueden tener los videos. Es una fama casi televisiva y eso me ha sorprendido. Esos cambios han sido parte de descubrir esos formatos nuevos, a los que como periodista tradicional les daba la espalda, no por una pose arrogante sino por simple desconocimiento. Es increíble que exista algo que uno puede hacer a costo cero y pueda llegar a tanta gente. Esa es la gran revolución de Internet.

Como lo dice, es barato, pero en su caso todavía no es rentable. Es difícil alcanzar audiencias exorbitantes que generen ingresos. ¿Cómo se pueden adaptar los medios tradicionales a un modelo en que la información transita, en su mayoría, de manera gratuita?

Somos una generación muy pionera y tenemos que descubrir todos al tiempo todo. Una de las cosas es volverlo rentable y otra, que las marcas empiecen a entender que esos formatos son los que deben apoyar porque son los que está viendo la gente. Ya llegará la plata. Sin duda alguna, llegará.

¿Hay pauta paga en sus videos?

He empezado a tener algunos videos pautados. Uno, en especial, con el pretexto de recibir plata para una campaña que me ayudara a ganar en los Premios India Catalina. El tema de fondo de ese video era Odebrecht, Yo recibía unas tulas de plata en parque del Virrey, que fue donde según Otto Bula se entregó plata a la campaña de Santos. Pautó una pizzería de mediana estatura y unos jóvenes innovadores muy valientes a los que conocía como cliente. Me pareció divertido plantearles eso porque, además la alegoría al final era que quienes votaran por mí iban a tener su tajada, y yo mismo la repartía y los salpicaba. De hecho gané el premio y, como prometí, los que votaron tendrán su porción de pizza.

¿Ha vendido su “puto libro”?

Sí, claro. Ese libro era una antología de columnas escritas desde 2013. Estaba realmente quieto cuando lancé el canal y, sin duda alguna, resucitó gracias a él.

¿Las ganancias por el libro superan los ingresos que genera YouTube?
La verdad absoluta es que no he visto las ganancias de YouTube. A uno le tiene que ir demasiado bien. Hay que tener un millón de suscriptores o 2 millones para que eso se note. Pero a la larga creo que es más fácil sacarle plata a YouTube que a un libro.

¿Hay un momento determinante que lo haga tomar la decisión de convertirse en el primer youtuber mayor de 40 en Colombia?

Cuando viene Germán Garmendia a la Feria del Libro de Bogotá y la hace colapsar, entiendo por primera vez lo que es un youtuber. A muchos de mi generación nos pasó, y sobre todo, a los que estábamos del lado de los medios tradicionales. Dijimos, ‘¿¡qué putas es un youtuber!?’, ‘¿¡quién es Germán Garmendia!?’, ‘¿¡cómo así que lleva a 10.000 personas a la Feria del Libro!?’. Recuerdo que aquella vez muchos escritores hicieron unos pucheros ofendidos diciendo que la feria se estaba puerilizando. Yo traté de ver en el fenómeno una oportunidad, obviamente humorística, y me dije: ‘si para vender libros es necesario ser youtuber, yo seré un youtuber de 40 años’.

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