De izquierda a derecha: Jhon Alex Toro, Hernán Cabiativa y Nicolás Montero.

Instrucciones para convertirse en un artista neurótico

El miércoles 10 de agosto se estrenó en el Espacio Odeón 'Las listas', la más reciente obra de teatro del catalán Marc Caellas, una reflexión sobre el arte y el quehacer del artista en el siglo XXI. Va hasta el 3 de septiembre.

2016/08/12

Por Christopher Tibble

En la más reciente obra de teatro de Marc Caellas, basada en el guion de J.D. Wallovits, no hay una ciudad, tampoco un edificio, siquiera una habitación. En Las listas, estrenada el 10 de agosto en el Espacio Odeón, el escenario parece pertenecer a otra esfera: a la de las ideas. Allí, en una suerte de deconstrucción de la conciencia de su autor, materializada en una oscura habitación con apenas una mesa y una ventana, un escritor y un actor de performance se enfrascan en una larga y neurótica discusión sobre el significado de hacer arte hoy. En el fondo se trata, si se quiere, de un monólogo interno de Wallovits, quien se pregunta por la naturaleza de su labor como creador.

Poco pasa durante buena parte de la pieza: sentados en sillas de ruedas (que no necesitan y que funcionan más bien como muletillas psicológicas) los dos personajes repasan las listas de sus carencias, en un comienzo alimenticias, y más adelante espirituales. Son listas de las que, pareciera, no pueden escapar: las enumeran para combatir el tedio, para postergar su inanición, pero también para encontrar un orden, por insignificante que sea. Las listas son, también, en lo que ellos se han convertido: en un momento uno de los dos exclama, consternado y resignado: “los artistas solo somos fabricantes de listas”.

La monotonía de los dos hombres, interpretados por Nicolás Montero y Jhon Alex Toro, se interrumpe hacia la mitad de la obra, cuando un campesino (Hernán Cabiativa -ficha clave en los montajes de Odeón-) entra en escena. El nuevo personaje no solo representa la posibilidad de comida, que tanto carecen los dos artistas, sino también simboliza el mundo externo: por ser un hombre del campo ajeno a lo urbano, a la cárcel de la cultura, a las exigencias socioculturales de la burguesía, el diálogo que prosigue se podría califical de maniqueo, en el que se resalta la distancia entre ciudad y campo, entre cultura alta y baja, entre ser y hacer.

La interacción de los tres, sin embargo, se enturbia cuando el campesino confesa que también es un poeta. Y que quiere, bajo la instrucción de sus nuevos amigos, ser un artista como ellos. Tanto el escritor como el ‘performer‘ se encuentran entonces en una encrucijada: ¿deberían promover las aspiraciones poéticas del campesino y corromperlo?, ¿o deberían convencerlo a que permanezca en su inocencia bucólica, y manipularlo para que les continúe trayendo comida?

La obra de Caellas peca por momentos de monótona y puede resultar difícil de digerir. Sin embargo, es al tiempo una interesante y bien ejecutada reflexión sobre el arte y el quehacer del artista, en una época donde abundan creadores y pocas obras conmueven. Es como si Caellas y Wallovits hubieran decidido alzarle un espejo al mundo de la cultura, para mostrarle en qué se ha convertido.

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