Carlos José Reyes / Foto: León Darío Peláez

El teatro como espejo del conflicto

'Teatro y violencia en dos siglos de historia de Colombia', de Carlos José Reyes, culmina con una revisión de la segunda mitad del siglo XX y una mirada a la muerte como personaje principal de gran parte de la producción teatral de este período.

2016/05/27

Por Revistaarcadia.com

Carlos José Reyes tardó cuatro años recopilando los tres tomos de su investigación Teatro y Violencia en dos siglos de historia en Colombia. Aunque la investigación surgió gracias a un estímulo del Ministerio de Cultura en 2012, Reyes conoce la historia del teatro nacional en carne propia y puede hablar como dramaturgo y director con más de medio siglo de trayectoria.

Comenzó en 1958 en el Club de Teatro Independiente, luego pasó por el grupo El Búho, en 1966 se convirtió en uno de los fundadores de la Casa de la Cultura, hoy Teatro La Candelaria. Reyes además ha trabajado como guionista de cine y televisión, fue director de la Biblioteca Nacional. Además de su trabajo como investigador histórico, miembro de la Academia Colombiana de la Lengua y de la Academia Colombiana de la Historia.

“Los 200 años se refieren a la vida de los autores –asegura Reyes–. Todos nacieron desde el siglo XIX para acá, mientras que los acontecimientos de las obras suceden desde el descubrimiento de América. En realidad, estoy trabajando más de 500 años de historia con 200 años de dramaturgia”.

¿Por qué revisar la historia a partir de la producción teatral?

La relación del teatro y la historia siempre ha sido compleja y diversa. Las obras teatrales sirven para entender los conflictos generados por la violencia en los diferentes períodos históricos. Es un estudio comparativo de la historia y el teatro a modo de dos espejos que se reflejan, lo que pone en evidencia el teatro es que no hay una sola historia como único relato posible, no existe la historia con mayúscula. Existen las historias y cada una tiene que ver con puntos de vista muy diferentes. En el teatro hay historias sobre el vencido o el vencedor, sobre el que está por una causa y el contradictor. Lo que opina el gobierno y lo que opina la oposición, y así… Entonces son metáforas que aluden a la historia, no pretenden ser la historia.

Pero, ¿Qué es lo particular del teatro, cómo se separa de otras manifestaciones artísticas como el cine o la literatura?

La fuerza particular del teatro tiene que ver con la presencia física. El teatro es un hecho físico real y todo lo que ocurre está pasando ahí de cara al espectador. Esto hace que para poder contar cualquier evento y crear unos espacios significativos tiene que encontrar unas formas de condensación muy especiales.

Antes de centrarnos en el tercer y último tomo, ¿de qué se tratan los dos primeros?

En el primer tomo incluyo una muy buena parte de la historia porque va desde el periodo de Cristobal Colón con obras como Sugamuxi, una obra que Luis Vargas Tejada publicó en 1826 y que cuenta la última etapa del imperio chibcha hasta la destrucción del templo de Sogamoso por parte de los propios indígenas para que los invasores no se apropiaran de su espacio sagrado.

Hay varias obras sobre los antecedentes de la independencia, los comuneros, sobre La Pola, sobre el 20 de julio y algunas de las obras clave sobre la propia independencia, hasta llegar a la cospiracion septembrina, etc. En el siglo XIX curiosamente no hay muchas obras que tocan el tema histórico, por ejemplo, el tema de la violencia de las guerras civiles pues es un siglo plagado de guerras civiles y la gente estaba dedicada a pelear en las guerras y no había tiempo para sentarse a esciribir sobre ellas, por lo menos en teatro.

Los dos primeros tomos comprenden el periodo que va desde el descubrimiento y la conquista a finales del siglo XV y comienzos del siglo XVI hasta los inicios de la violencia de mediados del siglo XX, tras el asesinato de Jorge Eliecer Gaitán.

El tercer tomo abarca la segunda mitad del siglo XX, que sería la producción teatral más contemporánea. ¿Qué encontró en este período?

La violencia que explotó después del 9 de abril fue más allá de la confrontación política de los partidos tradicionales y en las décadas siguientes aparecienderon nuevos grupos beligerantes y actores del conflicto, por eso los capítulos tocan la problemática de la violencia a partir del asesinato de Gaitán pero continúa explorando la proyección de la violencia sobre el teatro. Después estudia las obras que hablan sobre la formación de guerrillas y bandoleros, desplazados y marginales, violencia urbana y política, los sicarios, la guerrilla, y el terrorismo paramilitar.

El tercer tomo comienza con las obras más representativas y conocidas de la violencia a partir de Guadalupe años sin cuenta del Teatro la Candelaria hasta llegar al último capitulo llamado ‘Metáforas sobre la muerte‘ con obras que representan otro tipo de búsquedas y la muerte aparece como personaje. Es un signo de los tiempos que busca, por contradicción dialéctica, formular un canto a la vida, a la risa, a la fiesta, como respuestas a las amenzas, al terror y al fanatismo.

¿Qué diferencias discursivas y estéticas encuentra en la producción teatral actual y la que usted conoció  en los sesenta y setenta?

En ese momento había algo muy literal del teatro. Una cuota política que entró con mucha fuerza, con ánimo de denuncia… Hay gente que siente nostalgia por eso, yo no siento ninguna porque eran denuncias literales con tendencia al panfleto a la gritería… Un teatro que ahuyentó a mucho público.

Yo diría que en el teatro actual hay de todo, pero podría decir que discursiva y estéticamente son obras más metafóricas. Hay una búsqueda de la de expresión teatral, no le apuntan a la denuncia directa y literal de los acontecimientos, son más metafóricas. Las obras de Fabio Rubiano, de Viviescas, las últimas obras de Gilberto Martínez, de Erik Leyton son obras muy interesantes, algunas de ellas muy exigentes para el público. Son obras muy densas o con metáforas muy complejas que requerirían de un público más o menos especializado, son obras con una fuerte autoría intelectual.

¿Y puede señalar algún tema tabú, que el teatro nacional no haya sabido o no haya podido abordar?

El Bogotazo. Las obras sobre estos temas han tenido que darle la vuelta al hecho, rodearlo. El tema se trabaja sobre la gente que quedo encerrada o que recibió los efectos colaterales, pero abarcar el hecho en sí ha sido difícil.

También se me ocurre que las masacres perpetuadas por los paramilitares por ejemplo, será siempre un tema vedado. O por lo menos, no hay manera de contarlo literalmente y además es antiestético.De la tradición de los trágicos griegos, el crímen siempre se muestra fuera de escena:a Agamenón lo matan y alguien tiene que salir alguien a contarlo. Después aparece Clitemnestra a decir que efectivamente ha muerto y en otra escena los asesinos se lavan la sangre de las manos frente al público... Lo que no se ve potencia la escena.

Pero el teatro moderno comienza a incorporar la crueldad y la brutalidad aparece en forma directa o por medio de metáforas y eso es lo que analizo en el capítulo de "La metáfora sobre la muerte" son montajes que buscan mostrar una analogía poética, cruel o fuerte pero poética al fin y al cabo del hecho escueto y brutal.

¿Cuáles son las obras indispensables de este tercer tomo?

Guadalupe años sin cuenta del Teatro La Candelaria, Gallina y el otro de Carolina Vivas Ferreira, Los Desplazados de Misael Torres, El ausente de Felipe Botero Restrepo, La Siempreviva de Miguel Torres. Y hablaría de los autores: Víctor Viviescas, Gilberto Martínez, José Manuel Freidel y Jairo Anibal Niño.

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