Jaime Garzón (1960-1999)

“Jaime Garzón sabía que estaba en peligro”

Hace 16 años, el humorista y activista colombiano fue asesinado por sicarios en Bogotá. El periodista Eduardo Arias, quien colaboró con Garzón durante sus primeros años en la televisión, recuerda a este emblemático personaje que sentó las bases de la sátira política en Colombia.

2015/08/13

Por RevistaArcadia.com

Jaime Hernando Garzón Forero nació en Bogotá el 24 de octubre de 1960. Abogado, periodista, humorista y activista social, Garzón fue crítico frente a la situación política y social del país, hecho que lo convirtió en blanco de varios ataques. En la madrugada del 13 de agosto de 1999, mientras manejaba hacia los estudios de Radionet donde trabajada, la camioneta de Garzón fue interceptada por dos sicarios que acabaron con su vida. Hasta el día de hoy, el asesinato permanece en la impunidad.

Eduardo Arias, el periodista y músico bogotano, colaboró con Garzón en 1990 en el programa de televisión Zoociedad, un espacio dedicado a la crítica social y política de Colombia. Hoy, 16 años después de su asesinato, Arias recuerda a la figura de Jaime Garzón.

¿Cómo conoció a Jaime Garzón?
A Jaime Garzón lo conocí en 1989, cuando yo trabajaba en el diario La Prensa. Un día cualquiera Jaime irrumpió en la sala de redacción donde trabajábamos los de las secciones Cultura y Vivir, y se me presentó como el hermano de Alfredo Garzón, ilustrador de El Espectador. Jaime era en esa época alcalde menor de la localidad de Sumapaz e iba a La Prensa a esperar a Olga González, una periodista de la sección Bogotá. Sus visitas eran frecuentes y, en su espera, comenzó a hacerse bastante compinche mío y supe de sus aptitudes como humorista y gran imitador de voces de políticos famosos. Cuando lo oí imitar a López Michelsen y a Misael Pastrana, que son difíciles de imitar, descubrí que era realmente bueno para eso. En aquellos momentos Cinevisión proyectaba un programa de humor y nos habían llamado a Karl Troller y a mí para ayudar a armar el proyecto que en octubre de 1990 sería Zoociedad. En la siguiente reunión luego de que lo oyera imitar expresidentes les comenté a los del grupo que había conocido a la persona ideal para presentar el programa, o encargarse de las imitaciones. Una vez arrancó Zoociedad la evidencia empírica me permitió concluir que Jaime era muchísimo más que un buen imitador de López Michelsen y Misael Pastrana.

¿Cómo era trabajar con él?
Esa pregunta podría responderse en un gran texto, porque era un personaje muy polifacético. A veces (casi siempre) estaba de muy buen humor y era muy creativo, en otras ocasiones era muy parco y depresivo, de vez en cuando se ponía furioso por esto o aquello. Pero, en líneas generales, era muy grato trabajar con él porque su inteligencia, agudeza mental y sentido del humor siempre estaban a flor de piel. Él y yo teníamos cierta afinidad para ciertos temas y pintoneábamos a menudo… una frase él, otra yo, otra él, hasta construir de manera muy espontánea un argumento… qué sé yo… algo que valía la pena intentar decir al aire. Pero con Karl Troller y Rafael Chaparro también tenía otras afinidades, y también con Elvia Lucía Dávila (Pili)… Por lo general era muy estimulante y creativo trabajar con él.

¿Cómo se diferenciaba Garzón de la figura pública que construyó para los colombianos?

Yo pienso que el Jaime que veía la gente en televisión, cuando lo entrevistaban o dictaba charlas, era muy él. Aún en personajes tan ajenos a su pensamiento, como por ejemplo Godofredo Cínico Caspa (que era una creación literaria más de Antonio Morales que de él), estaba su impronta. Jaime era muy chicanero: contaba todo lo que hacía, lo que le pasaba. Ahora caigo en cuenta que esa chicanería, esa necesidad de contarlo todo, no era tanto para presumir sino, sencillamente, una manera de mostrarse tal cual era, abierto, transparente, sin agendas ocultas. Cuando él representaba personajes, era del mundo de la ficción (como señala Antonio Morales), pero en ese mundo de ficción él estaba ahí presente. Por eso, cuando pasó de la ficción a la realidad (como señala Antonio Morales), o sea con Heriberto de la Calle, Jaime siguió comportándose igual. Heriberto era un personaje. Pero el problema es que ya no estaba en un universo de ficción (llámese Zoociedad, ¡Quac!, Mama Colombia) sino en el mundo real: un noticiero de televisión, entrevistando a personajes del mundo real y siendo muy impertinente con ellos. Y, encima de eso, también estaba metido de lleno en el proceso de paz, haciendo trabajo humanitario con secuestrados… Vuelvo y cito a Morales: cuando Garzón pasó de la ficción a la realidad se volvió peligroso para las fuerzas oscuras del establecimiento que decidieron acabar con su vida. De pronto había un Garzón íntimo que probablemente era distinto (qué tan distinto, presumo que muy poco, o nada) pero a ese Garzón yo no lo conocí.


Godofredo Cínico Caspa, uno de los personajes de Jaime Garzón.

¿Qué hacía usted, como libretista, para sacar a flote sus personajes?

En realidad los libretistas que tuvo Garzón fueron Antonio Morales y Miguel Ángel Lozano en ¡Quac! Yo participé en ese programa de una manera más periférica, más que todo en consejos de redacción y botadera de ideas. En Zoociedad no hacíamos libretos sino argumentos. Jaime era muy libre (mientras lo permitiera el director Francisco Ortiz), tenía mucho espacio para improvisar y en las grabaciones muchas veces se nos ocurría algo mejor sobre la marcha y se cambiaba. Zoociedad era algo así como un espacio de creación colectiva, a diferencia de ¡Quac!, donde los libretos se seguían mucho más  al pie de la letra.

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¿Cuáles fueron los momentos más brillantes de Garzón como humorista?

No sabría responder esa pregunta. Yo pienso que la suya fue una carrera ascendente, como en espiral, hacia lo que él de verdad quería hacer, que era incidir en las decisiones políticas del país. El humor era un instrumento, no una finalidad. Jaime fue el vocero de personas que no tenían cómo expresar sus opiniones en un medio, y también fue la persona que supo decir lo que muchos querían decir pero no encontraban la manera de expresarlo. De todas maneras el humor de Jaime, frente a las cámaras y detrás de ellas, siempre estaba presente. Eso sí, Jaime era un argumentador incansable y, por ende, un pedagogo. Se notaba que había asistido muy juicioso a sus clases en la facultad de Derecho de la Universidad Nacional, porque era muy claro para exponer sus argumentos. Y lo hacía con mucha gracia. Yo pienso que el humor era –lo repito- un instrumento y no una finalidad. Pero fue un maestro inigualable en el manejo de ese instrumento.

¿Cuál cree que fue su principal aporte al periodismo y al humor político?

Jaime fue el símbolo, la cabeza visible, el personaje mediático –no sabría llamarlo- que estaba al frente de un grupo de humoristas y periodistas que no tenían su poder de convocatoria. Jaime hizo posible que trabajos de humor de estas personas que hubieran quedado en el underground, de varios de quienes colaboraron con él como libretistas, salieran en televisión. Jaime legitimó la sátira política en televisión a personajes del poder. Con él se hizo posible burlarse de representantes del poder con nombre y apellido, algo que antes sólo hacía el humor escrito y la caricatura. Detrás de Jaime llegaron los Díaz Salamanca y esa gran cantidad de imitadores que comenzaron a pulular por la radio.

¿Qué perdió Colombia con el asesinato de Jaime Garzón?

Tantas cosas… un ser humano muy generoso, un humorista, un convencido del diálogo, la reconciliación, la negociación y la paz… esa respuesta merece un libro de los que ahora promueve Semana Libros o  El Peregrino…

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¿Qué perdió usted, cómo amigo, después de su muerte?

Para ser francos, mi amistad con Jaime giró siempre en torno al trabajo y yo había dejado de verlo cuando salí de ¡Quac!, en diciembre de 1996. Habían pasado tres años en que lo habré visto dos, tres veces a lo sumo. Más que un amigo, porque Jaime lo era en un terreno que en ese momento era virtual, más asociado a recuerdos laborales que a otra cosa, sentí que el país había perdido a un tipo que tenía la capacidad de convocar a la gente en torno a ideales nobles como la paz y la reconciliación. Fue como si hubiera muerto un compañero de colegio de esos que uno deja de ver en la vida pero que lo marcaron a uno para siempre. No perdí a un amigo de rumbas o de tertulias, perdí a un amigo de la vida, en el mejor sentido del término: un amigo que le había dado a mi vida una inyección muy grande de más y más vida.



¿Cuál es el último recuerdo que tiene de él?

Es un recuerdo muy triste. María Jimena Duzán nos había invitado a Karl Troller y a mí a la grabación de su programa de radio en RadioNet, sobre Transite bajo su propio riesgo, el disco-libro que habíamos hecho bajo el nombre de Orquesta Sinfónica de Chapinero. Al terminar la entrevista María Jimena nos acompañó a la salida de las instalaciones de RadioNet y en ese momento Jaime llegó en un BMW Z3 rojo convertible, muy de moda en ese momento porque era el carro que utilizaba Pierce Brosnan en su papel de James Bond en la película que había salido ese año, o de pronto de 1998. Jaime, al vernos a los tres, se bajó muy jovial a saludarnos y María Jimena le dijo, palabra más, palabra menos- que estaba hablando mucho sobre el proceso de paz, que esos temas en los que estaba metido eran muy delicados, que fuera prudente porque se iba a exponer a que lo mataran. Hablamos un rato, nos despedimos de él y yo olvidé el episodio. Alrededor de un mes después, cuando me enteré de su muerte, esa imagen de María Jimena advirtiéndole que estaba en inminente peligro volvió a mi consciente y se grabó en mi mente como con fuego para el resto de mi vida.

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