Anthony Hopkins como el Dr. Robert Ford. Cortesía HBO.

'Westworld', ¿el nuevo 'Game of Thrones'?

Con un excelente elenco y efectos visuales, la nueva apuesta de HBO construye un extraño parque de atracciones futurista que suscita preguntas sobre la naturaleza de la consciencia y lo que quiere decir ser un humano.

2016/10/04

Por Ana Gutiérrez

En un polvoroso y pintoresco pueblo del Lejano Oeste, un vaquero se baja de un tren para encontrarse con su amada Dolores, interpretada por Evan Rachel Wood, una típica belleza rubia. Pero justo antes, la audiencia vio a Dolores, apagada y desnuda en un laboratorio subterráneo: es una androide que forma parte del parque de diversiones Westworld, donde visitantes adinerados pueden recrear todas sus fantasías, incluidas las más violentas y las más sexuales, así como las que combinan los dos impulsos, con sus “anfitriones” robóticos.

Los dos enamorados llegan a la casa de ella, donde vemos que bandidos han atacado a su familia. Él -Teddy-, interpretado por James Marsden, entra en acción para rescatarlos, una típica fantasía hollywoodense, hasta que se enfrenta al más malo de todos, vestido de pies a cabeza de negro e interpretado por el siempre amenazante Ed Harris. Pero cuando dispara no ocurre nada. Teddy es un androide también y el Hombre de Negro un visitante que lleva tres décadas visitando el parque.

Con el repentino reverso de roles, Westworld lograr las ambiciosas metas que tenía para su primer episodio: que la audiencia empatice con los androides, que se inquiete ante las implicaciones de un parque de esa naturaleza, y que se cuestione su concepto de humanidad. ¿Qué tan real es el amor entre Teddy y Dolores?  ¿Entre Dolores y sus padres robóticos? ¿En qué momento su experiencia se vuelve una vida y no un programa?

Aún cuando se sientan vacantes y desnudos ante los técnicos que los reparan y actualizan, los robots no son fáciles de distinguir de quienes los rodean. Uno de los programadores incluso dice que no deben hacerlos demasiado humanos, o el parque no será divertido. Nadie quiere matar a una persona real. A medida que sigue el episodio, la audiencia empieza a reconocer los detalles que los delatan, como el hecho de que no pueden hacerles daño a los seres vivos. Más de uno deja que una mosca camine sobre uno de sus ojos sin parpadear. Repiten frases y gestos, pero están años luz más avanzados que las versiones anteriores que mantienen guardados en los niveles más bajos de la sede central de operaciones. Robert Ford, el director creativo de Westworld, interpretado por el magistral Anthony Hopkins, visita a los robots retirados y desencadena el problema central del primer episodio: una actualización que le da gestos más humanos a los robots, pero corroe su programación. 

Para sostener una premisa así, basada en la obra homónima de Michael Crichton (autor de Jurassic Park) que ya fue llevada una vez al cine, son necesarios unos tremendos efectos visuales. Westworld los promete con una asombrosa secuencia de créditos, acompañada de música de Ramin Djawadi (Pacific Rim, Game of Thrones) y cumple a lo largo del programa, en especial con el robot retirado con el que conversa Ford, que cuenta con movimientos abruptos y ojos dañados. Por sus orígenes, invita comparaciones con Jurassic Park al cuestionar los límites de la ciencia y la intervención humana en procesos naturales, solo que Westworld se centra más en la consciencia y en el significado de la humanidad.

A pesar de contar con grandes preguntas morales que interpelan a la audiencia, Westworld sigue siendo un programa de HBO. El canal espera que llene el vacío tras el anunciado final de Game of Thrones en 2018, luego de ocho temporadas. Cumple con la cuota de sexo y violencia, pero juega con eso, enmarcándolo en los trillados conceptos que usa el parque. Los diseñadores organizan un asalto ultraviolento al pueblo por los robots, acompañada de una versión instrumental de Painted Black de los Rolling Stones, sin hacerle daño a ningún huésped, claro. La acción es comparable con la de las películas, y cuando el villano, interpretado por Rodrigo Santoro, se prepara para declamar el discurso que ha escrito el libretista del parque, es despachado sin problema por un tímido huésped. No tiene miedo a burlarse de sí misma, pero tampoco insiste en ser chistosa.

Si peca por algo (y cabe decir que solo lleva un episodio) es que no muestra el otro lado del parque: los visitantes. Los pocos que vemos en el primer episodio, sin contar al Hombre de Negro que se establece como un villano de larga duración, son caricaturas simples. Sabemos que son adinerados, y que desean una fantasía, pero no mucho más. Westworld no es una atracción solo de adultos, también visitan niños y familias. Es un ángulo que falta por explorar.

Sin embargo, el programa promete una historia larga. Se alude a las directivas de la compañía, se presenta al Hombre de Negro y el depósito de robots viejos. Dolores es reparada y evaluada para determinar que no ha sido contagiada por la corrupción de su padre. Pero se revela que es la ‘anfitriona’ más vieja del parque, reparada tantas veces que es casi una máquina nueva. El siguiente día, saluda al robot que ha reemplazado a su padre ‘original’ como lo hace todas las mañanas, y parece estar completamente normal. Y en la última escena, mata una mosca que se posa sobre su cuello.

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