Imagen del trailer de la tercera temporada de 'Narcos'.

La tercera temporada de 'Narcos': el fin justifica los medios

La versión de nuestra historia que nos entregan los productores de Netflix muchas veces peca por ingenua.

2017/09/05

Por Jaír Villano* @VillanoJair

“La guerra genera extrañas alianzas. Te hace trabajar con gente a quien, en otras circunstancias, ni le darías la mano”.  Acertada o no, esa es la consigna que define el actuar del protagonista de la tercera temporada de Narcos, el agente Javier Peña. En su afán por lograr la captura de los capos (primero los de Medellín, luego los de Cali), no teme tejer las alianzas necesarias que le permitan el éxito.

El problema es que la gente con la que se fraguan las uniones se destaca por su maldad y sevicia. Primero, los jefes del narcotráfico de rangos “menores”. Luego, los grupos paramilitares. Y después, todo un conjunto que busca a Pablo Escobar, al igual que la policía, el ejército, el presidente, la sociedad, la DEA, la CÍA, el gobierno de Estados Unidos. De ahí nacen los Pepes, a quienes en la segunda temporada Peña ayuda: cualquier cosa, con tal de acabar con el jefe del cartel de Medellín.

Pero ya está. En la tercera temporada Escobar no existe. Y antes de que ello sucediera, Peña es trasladado a Estados Unidos. Parecía que enfrentaría problemas legales por ofrecer información privilegiada a los enemigos y perseguidos por Escobar, pero no. Resulta que, en el marco de un plan que acabaría con la rendición del cartel de Cali, la DEA resuelve subir de rango a Peña. Es el jefe, es guapo, es un héroe que jugó un papel sustancial en el aniquilamiento del monstruo que ponía bombas en las calles colombianas e inundaba de coca las calles americanas.

Y sin embargo, las palabras de Bill Stechner, miembro de la CIA –quien tampoco teme en involucrarse con los ilegales, y con quien Peña no tiene la mejor relación– son elocuentes: “Para los de Washington, lo de Escobar fue una victoria. Pero aquí sabemos lo que costó. Medellín fue un fracaso. Miles de colombianos muertos, y la coca sigue inundando las calles de Estados Unidos”.

Pues bien, en ese entramado de intereses y degradación –“si hubiera justicia en este mundo, Javier, tú estarías preso”, como le dice Stechner al susodicho– está el primer acierto de la tercera temporada de Narcos. Se hace evidente lo difusas, nefastas y complejas que son las decisiones cuando se trata de atrapar a los capos. A diferencia de las dos primeras temporadas, donde el mesianismo gringo parecía sobresalir o desvanecerse por otros factores (las extravagancias y ocurrencias de Escobar), en esta entrega la disyuntiva entre el mal por el bien, y el bien a pesar del mal, es más notoria para el espectador.

Contribuye en eso que los narcotraficantes caleños parezcan no padecer las ínfulas de egolatría de Escobar. De hecho, desde el comienzo se establece que la entrega del cartel a la justicia colombiana a cambio de un jugoso trato es lo más próximo. Eso permite conocer más a fondo lo que hay en el interior del cartel. Y más que los líderes mismos, de ahí surge un personaje que le da otro aire a la serie de Netflix.

Se trata de Jorge Salcedo, el jefe seguridad de los hermanos, que tras hartarse de la ferocidad de los Rodríguez cuando algo no es de su gusto, y de ver en ello el riesgo para él y su familia, decide ayudar a los americanos. El drama, la acción y, de nuevo, la disyuntiva entre lo bueno y lo malo (o “él o yo”) dotan a esta tercera temporada de potencia, rapidez y adrenalina, ello por medio de conflictos existenciales donde la doble moral es expuesta sin ser moralizada.

Ahora bien, el problema es que, aunque menos que antes, la producción padece de lo mismo de lo que hemos venido hablando desde que empezó: la historia colombiana es lacerada. En esta ocasión, también queda en evidencia lo corrupta que es la clase dirigente nacional, lo vulnerables que son las instituciones, los pocos que son los correctos. Se alcanza a mencionar esa época vergonzante del Proceso 8000. No hay temor cuando se trata de mencionar nombres como las Farc, las AUC, los hermanos Castaño, el ministro Fernando Botero, el presidente Samper, el general Serrano.

Pero la versión que nos entregan los productores de Narcos muchas veces peca por ingenua. Por solo mencionar un ejemplo, esta temporada sigue con la idea según la cual la creación de los paramilitares estribó en el maltrato de la guerrilla a la sociedad rural, y no como un mecanismo de protección de las elites rurales y personas que veían en riesgo su caudal económico producto del narcotráfico. Un libro como Guerras recicladas, de María Teresa Ronderos, hubiera ayudado a cuestionar la versión oficial (por demás benigna) de los hermanos Castaño y en general de los paramilitares.

Vale la pena repetir una y otra vez que, desde un punto de vista ético, los hechos que han constituido la historia de un país no deberían ser manipulados y desnaturalizados en aras de un espectáculo audiovisual.

Parece ser suficientemente justificado cuando cada que inicia un capítulo se advierte que “algunos nombres, sucesos y lugares se modificaron con fines dramáticos”, pero habría que tener en cuenta que con explicaciones tan precarias de ciertos temas, como el origen de las AUC, se siguen incrustando los equívocos sobre la idea que se transmite de una sociedad –sobre discusiones incluso no resultas–, reforzada por otras telenovelas y películas por el estilo.

No está de más añadir un par de falencias relacionadas con la verosimilitud: a Miguel Rodríguez le rozan el brazo con un taladro y de este no sale sangre; se supone que la historia se desarrolla a finales de los noventa, y al comienzo se muestra una vía de exclusividad para el transporte masivo MÍO; y para ser breve, el acento vallecaucano resulta impostado y artificial en actores extranjeros: “vé” para acá, “oís” para allá, tildes exageradas en cada finalización de una frase.

Sin embargo, al margen de eso hay que insistir en algo: en esta tercera temporada el mensaje de verdad es transparente. Ni la DEA, ni la CIA, ni las instituciones colombianas, ni el gobierno colombiano se libran de su culpa. Y es que en política y negocios turbios es harto sabido que el fin justicia los medios.

*Escritor y periodista. Lea la crítica sobre la temporada unas y dos aquí.

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