Los jefes del Cartel de Medellín.

'Narcos', una decepción

El anticipado programa de Netflix sobre Pablo Escobar se quedó a medias. A pesar de contar con una buena producción, la serie es una mezcolanza de acentos y actuaciones mediocres que no convencen.

2015/08/31

Por Redacción Arcadia

Han pasado tan solo tres días desde que se estrenó la primera serie de Netflix grabada en Colombia. Narcos fue lanzada con bombos y platillos en el universo de los millones de usuarios que tiene la plataforma, asegurando que se trataba de la verdadera internacionalización de nuestra industria. Lo informaba y querían probarlo las cifras de inversión: 1.200 extras, 51 actores, 300 técnicos y asistentes, 28.500 noches de hotel, 15.000 pasajes de avión y más de $10.000 millones. El cartel de actores internacionales, y un ligero manto de autocrítica en el punto de vista elegido para narrarla: el de Steve Murphy (Boyd Holbrock), un agente de la DEA que parece no ser condescendiente con las prácticas hipócritas de su país detrás de la guerra contra las drogas.

Así que el 28 de agosto muchos suscriptores debieron entrar a la plataforma para ver una serie que, todo hay que decirlo, decepciona de entrada. Y no lo hace por la calidad de una producción que es evidentemente buena, sino porque, de nuevo, la cacareada globalización ha creado un producto bastante inverosímil –no importa la ficción pero sí la verosimilitud—en cuanto a sus actores se refiere.

Narcos comienza con la historia de un narco chileno que viaja a Colombia después de que el dictador Augusto Pinochet decide, a mediados de los años setenta, cortar de raíz una naciente y artesanal industria de cocaína en su país. El chileno, apodado 'La Cucaracha' (Luis Gnecco) viaja a Medellín y conoce al contrabandista Pablo Emilio Escobar Gaviria (Wagner Moura), que ya movía camiones de mercancía entre el Urabá antioqueño y la ciudad. Lo secunda su irredento y fiel secuaz Guillermo Gaviria (Juan Pablo Raba). Ambos, junto al chileno, deciden emprender un viaje a Ecuador y Perú en donde se consigue la base de coca y ya existen laboratorios de cocaína para así inundar el mercado norteamericano con el polvo blanco que nos ha hecho tristemente célebres alrededor del mundo.

 

Lo decepcionante, por supuesto, no es la historia que comienza con una voz en off en inglés del agente de la DEA, quien con solidez va contando cómo operaba la cuestionada agencia en el país. Lo verdaderamente delusorio es esta torre de Babel que comienza a aparecer escena tras escena, del lado colombiano, como una especie de palimpsesto del lenguaje latinoamericano en donde Escobar es brasileño, Gaviria, colombiano, la madre de Escobar, mexicana, Rodríguez Gacha, portorriqueño, los Ochoa vienen mezcladitos –uno mexicano y otro brasileño—y Lehder, pelipintado, directo desde Alberta, Canadá.

Alguien dirá que se trata de una apuesta arriesgada, que las críticas por abogar por una mayor verosimilitud actoral son puro chovinismo tan característico de nuestro provincianismo cerril, pero, de seguro, les ocurrirá lo mismo a ellos cuando en las películas norteamericanas alguien quiere imitar el acento de Nueva York, o en las londinenses el británico, y los espectadores se sienten viendo una caricatura. Quizás, como lo decía uno de los productores de la serie, en países distintos nada de esto se notará, pues la globalización hace verosímil lo inverosímil presuntamente, pero la serie se derrumba cada vez que el tercio de la historia recae sobre la parte colombiana que es, en verdad, una especie de brigada internacional: el comandante Carrillo es cubano americano, Virginia Vallejo, una exuberante representante de Sonora.

Narcos se deja ver porque es interesante su punto de vista, pero no deja de sonrojar al espectador cada vez que aparecen dislates como un bromista funcionario de inmigración en el aeropuerto Eldorado de Bogotá, que habla perfecto inglés y hace una especie de glosa de nuestra burocracia, en una caricatura de la escena clásica de La gente de la Universal, en la que el protagonista vaga de cajero en cajero tratando de reunir los requisitos de un trámite. O cuando Moura usa el característico “pues” paisa como si fuera una papa dentro de la boca; o cuando aparece un grupo llamado M-19 comandado por un señor de facha de modelo a quien le dicen Iván “El Terrible” (¿Iván Marino Ospina reloaded?); o cuando exagera la intervención del ministro Rodrigo Lara Bonilla en el Congreso de la República que muestra un plotter gigante de Escobar; o cuando atraviesa nuestra triste historia con un fashionismo casi tramposo para hacernos ver bien, pues a pesar de todo, la industria de Hollywood sabe mostrar la violencia, y nuestras ciudades no parecen tan feas, y la idea es que en Colombia se graben series y se invierta dinero, y dejemos de quejarnos por las historias mismas pues estas, al final, no importan: están hechas para un mercado global, están hechas para el francés que seguirá creyendo que Tamaulipas y Bogotá son lo mismo.

Este contenido hace parte de la edición impresa. Para leerlo, debe iniciar sesión:

Les informamos a todos nuestros lectores que el contenido de nuestra revista impresa en nuestro sitio web será exclusivo para suscriptores.

Queremos conocerlo un poco,
cuéntenos acerca de usted:

Maria,

Gracias por registrarse en ARCADIA Para finalizar el proceso, por favor valide su correo a través del enlace que enviamos a:

correo@123.com

Maria,

su cuenta aun no ha sido activada para poder leer el contenido de la edición impresa. Por favor valide su correo a través del enlace que enviamos a:

correo@123.com

Para verificar su suscripción por favor ingrese la siguiente información:

No tiene suscripción. ¡Adquierala ya!

Si usted tiene algún inconveniente por favor comuniquese con nosotros en Bogotá al 7421340 o a la línea nacional gratuita 018000-911100 (Lunes a Viernes de 7:00 am a 8:00 pm, Sábados de 09:00 am a 12:00 m).

Su código de suscripción no se encuentra activo para esta publicación