La suprema incertidumbre
Publicado: 15/03/2010
Por Fabián Sanabria

La suprema incertidumbre

Fabián Sanabria rinde homenaje al fundador de la sociología en Colombia, Orlando Fals Borda (1925-2008)

El pasado 14 de agosto miles de personas realizaron una procesión, ¡quién lo creyera!, desde el Auditorio Virginia Gutiérrez hasta la capilla donde oficiaba misa hace 50 años el sacerdote Camilo Torres, en la Universidad Nacional. Tambores resonantes marcaron solemnes compases haciendo un alto en el Decanato de la Facultad de Ciencias Humanas —hoy edificio Orlando Fals-Borda—, para rendirle un homenaje ecuménico al “abuelo fundador” de la sociología en Colombia.

Así lo llamaban sus discípulos reconociéndolo como Gran Padre de la disciplina que hace medio siglo fue implantada en el corazón de la universidad colombiana, pues gracias a un modo de sentir y pensar riguroso respecto a las dinámicas sociales de América Latina, una metodología de la cual se habla en los cuatro puntos cardinales del planeta fue implementada en el campo académico. Me refiero al trabajo de investigación y acción participativa con las comunidades, cuyo paradigma está escrito en la Historia doble de la Costa que, explicitando aquello que condiciona y tal vez determina a los actores sociales “sabe devolverle a la gente su saber”, para que sean los sujetos de cada región —actualizando sus memorias y renovando sus tradiciones— quienes promuevan directamente el cambio social.

Las honras fúnebres del abuelo Fals-Borda fueron ecuménicas porque al ingresar a la capilla los tambores que acompañaban al féretro se fundieron con el coro universitario, la eucaristía concelebrada por varios sacerdotes católicos y protestantes supo proclamar los prefacios y cánones propios de la Teología de la Liberación, y entre los asistentes hubo personas de todas las condiciones: desde sus familiares y amigos pasando por políticos y empresarios, hasta sus colegas y gente de a pie que aglutinados le dijimos “adiós” al maestro.

Sentimiento y pensamiento, razón y corazón. Verdades que provenían de la razón y consuelos que emanaban del corazón, sintetizan la vida y obra de Orlando Fals-Borda.

Quizá su peregrinar por este mundo se parezca a la contradicción que hace casi un siglo expresara en el Sentimiento trágico de la vida Don Miguel de Unamuno: la razón no alcanza a hacer de su verdad consuelo, y el sentimiento no logra con su consuelo verdad... Mas el testimonio del autor que causó escándalo al no dejar pasar la página de La violencia en Colombia, conquistó el colmo de la razón que bien puede llamarse escepticismo, y el colmo del corazón que pudo rozar la desesperación. Pero de esos dos colmos del colmo de su vida, surgió una fuente inagotable de verdad y de consuelo: la suprema incertidumbre. Una apuesta sin descanso por perseverar así pareciera esa insistencia tozudez, y así el tiempo de proclamar incansablemente aún implicara momentos indefinidos.

Efectivamente, al repasar el trayecto de Fals-Borda desde sus orígenes barranquilleros, recordando su sólida formación adquirida en escuelas norteamericanas, sus idas y venidas por Colombia fundando la Facultad de Sociología de la Universidad Nacional en compañía de un sacerdote católico (siendo él de origen protestante), o dejando el decanato de su querida Alma máter por culpa de los izquierdistas radicales que trataron de descalificarlo, hasta su compromiso decisivo con las regiones del país —soñando mejores sistemas cooperativos como la Acción comunal, tras haberse dejado seducir por el campesinado—, así como su participación decisiva en calidad de constituyente en la Carta Magna de 1991 y su reciente presidencia honoraria del Polo Democrático Alternativo, proyectan a un intelectual que manteniendo su espíritu crítico frente a las estructuras que perpetúan la injusticia, jamás mostró amargura ni resentimiento alguno, todo lo contrario, con amplia serenidad supo burlarse de los poderosos que sin pudor sacrifican los asuntos de la República ante mezquinos intereses privados.

Al concluir la ceremonia el coro de la universidad entonó el Himno al país que el maestro compuso. Algunos a falta de llanto proclamaron consignas, y numerosos asistentes guardamos silencio al verlo partir del campus universitario, recordando sus gestos y sonrisas, su alegría y ternura, pero especialmente su espíritu jovial que siempre les dio aliento a los menos favorecidos.

Ahora bien, ¿qué nos cabe aguardar a quienes sentimos la responsabilidad de continuar su obra? Recordar ante todo que las instituciones nos conforman y comprenden, asignándonos un nombre y un lugar en el mundo, lo cual no debe condenarnos al mesianismo ni a la dimisión, sabiendo que apostar por las ciencias sociales y humanas implica adoptar un aire de herejía e ironía. Por ello debemos seguir promoviendo una decidida labor intelectual para universalizar las condiciones de acceso a lo universal, de modo que quienes tengan un lugar incierto en la sociedad puedan dotarse de las herramientas suficientes para contrarrestar las arbitrariedades que los descalifican o los clasifican mal.

 


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