Patetismo trascendental
Publicado: 18/04/2012
Por Rodrigo Restrepo Ángel.

Patetismo trascendental

Rodrigo Restrepo Ángel reseña "Los últimos días de Immanuel Kant", de Thomas de Quincey. Editorial Miluno.

Thomas de Quincey no solo fue un sofisticado ensayista y un estilista prodigioso. También representó con su vida difícil el prototipo del hombre patético y del romántico moderno. Fue discípulo de Baudelaire, amigo de Coleridge y, vale recordar, uno de los ídolos de Borges y el autor de las Confesiones de un inglés comedor de opio. Quizás fue su propio patetismo el que lo llevó a dejar para la posteridad el bello relato de la agonía de Kant.

En Los últimos días de Immanuel Kant, De Quincey traduce, reescribe y comenta las memorias de Ehrgott Andreas Wasianski, amigo íntimo y amanuense del filósofo de Königsberg, y las convierte en un lúcido retrato de la disgregación. Kant, el incólume cerebro que dio a luz la epistemología moderna, “despreciaba toda comodidad y toda molicie”, y no transpiraba nunca. Se consideraba un gimnasta, un equilibrista de la vida, y se enorgullecía de su longevidad y de la rigurosa ciencia de sus hábitos, más que de su sesuda filosofía. Pero cuando las nubes de la senilidad empezaron a ocultar su “espíritu imponente” la historia cambió. Su memoria prodigiosa decayó y empezó a tornarse inconsistente, repetitivo y abstruso en sus teorías: todo lo achacaba a la electricidad, como si fuera una vieja supersticiosa. Sufría de fuertes dolores de cabeza y perdió el sentido del tiempo. Se caía a menudo y no conseguía levantarse. Tenía insistentes pesadillas en las que escuchaba insidiosas melodías de su juventud. Soñaba con asesinos y fantasmas y sus sueños lo seguían perturbando en la vigilia. Le tenía miedo a la oscuridad y el silencio le oprimía. En sus últimos meses ya no lograba encontrar la cuchara y sus frases resultaban ininteligibles. Al final desaparecieron incluso la impaciencia y el enojo, típicos rasgos del filósofo. “Basta”, fueron sus últimas palabras al no poder ingerir una cucharada de zumo.

Con una pluma pulcra que arranca carcajadas a cada tantas páginas, De Quincey se apodera del lector y no lo suelta hasta el final. Y con una rica paleta de matices, imágenes y experiencias, tejidas con agudísimas observaciones de la naturaleza humana, la decadencia, la enfermedad y la muerte, el patético romántico logra suspender los límites entre la realidad y la ficción.

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