Julian Barnes
Publicado: 26/02/2014
Por RevistaArcadia.com

Julian Barnes

Tenía diez u once, creo, y estaba sentado con mi madre en la parte superior de un bus rojo de dos pisos en Londres. No recuerdo el tema de la conversación, pero sin duda yo había estado haciendo asociaciones libres así como lo hacen los niños, persiguiendo una idea tras otra, una palabra tras otra. Luego mi madre me dijo: “Tienes bastante imaginación”. No lo dijo como un regaño adusto, sino como un comentario dulce, incluso divertido. Sin embargo, entendí que la “imaginación”, aunque no era necesariamente mala, sí era algo irrelevante: era irrelevante en el proceso de convertirse en adulto, de madurar, de labrarse un camino propio en el mundo y ganarse la vida.

Así que mi recuerdo más significativo no es el de un momento estimulante, revelador, en el que hubiera visto el camino potencial a seguir y hubiera abierto los ojos; en cambio, fue desalentador, pues el consejo que recibí fue el de mantener los ojos cerrados. Sin embargo, creo que los escritores se forjan de distintas maneras. Algunos cuentan con ese maestro inspiracional o con el tío amable que los deja sueltos en la biblioteca, o algo por el estilo. Bueno, por supuesto que había libros en mi casa (mis dos padres eran profesores de colegio), pero su presencia siempre pareció insinuar que eran otros, y no personas como nosotros, quienes escribían libros. Mi madre había publicado una vez una carta en un periódico vespertino, y su padre había publicado una vez un manual sobre carpintería. Esa era mi herencia literaria. Pero, de nuevo, eso era lo normal, lo usual.

Convertirme en escritor fue un proceso complejo constituido por varios elementos. Uno de ellos, estoy bastante seguro, fue una rebelión inconsciente contra mi madre. ¿Crees que la imaginación está sobrevalorada? Entonces te mostraré que no lo está. Te demostraré que la asociación libre de la niñez desemboca en las asociaciones controladas, estructuradas y artísticas de la ficción. Lo verás, y luego aceptarás que no estabas en lo cierto. Estas actitudes hostiles nunca fueron articuladas (éramos “muy británicos” en ese sentido), y mi madre nunca admitió que estaba equivocada. No me cabe duda de que, al publicar mi primera novela, ella ya había olvidado por completo el incidente del bus. Pero –de cierto modo– le agradezco aquella disuasión.


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