Edmundo Paz Soldán
Publicado: 26/02/2014
Por RevistaArcadia.com

Edmundo Paz Soldán

A los diez años, en quinto básico del colegio Don Bosco en Cochabamba, el profesor Urbano Mérida creó, los viernes, una hora de lectura. Tenía muchísimos libros en un armario empotrado en la pared, y al principio de la hora lo abría y nos dejaba escoger el que queríamos. Lo que hacíamos en esa hora era solo leer, a veces en silencio y otras no tanto, porque había compañeros a los que no les interesaba esa actividad e, impacientes, se ponían a tirarse papelitos y a contarse chistes en voz baja. Fue en esa clase de lectura que descubrí que me gustaba leer. Mis padres me recuerdan leyendo desde que era muy chico, pero sobre todo revistas y periódicos. Con el profesor Urbano comencé a leer libros, y me enamoré de la experiencia. Recuerdo que descubrí a Emilio Salgari y me puse a leer todos los libros que encontré de él; los del pirata Morgan eran mis favoritos. De hecho, Morgan fue el primer personaje literario que me fascinó. Yo quería ser el pirata Morgan. Poco después fui a ver una película basada en sus aventuras, y no era lo mismo: prefería las novelas. También descubrí las novelas de Julio Verne y los cuentos de Conan Doyle. Y leí Moby Dick, aunque debo decir que era la versión corta, aquella para un público juvenil que se concentra en la caza de la ballena y se salta todas esas gloriosas páginas en las que Melville va acumulando significados sobre Moby Dick hasta convertirla en un símbolo del infinito. Ese fue un año de gloria. Nunca volví a ser el mismo. Hasta hoy persigo la estela del placer que me deparaba esa hora de lectura los viernes antes de irme a casa. Esa entrega gozosa, arrobada, es el parámetro a partir del cual descubro la pasión (o falta de) que me depara un libro.


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