Guadalupe Nettel: primeras letras
Publicado: 26/02/2014
Por RevistaArcadia.com

Guadalupe Nettel: primeras letras

Mi infancia, como la de muchos niños que nacen con un problema físico, fue una lucha constante. Tenía que someterme a numerosos tratamientos para desarrollar mi escasa visión. Entre ellos, llevar un parche en el ojo izquierdo.

El colegio era, en tales circunstancias, un lugar muy inhóspito. Veía poco, pero lo suficiente para saber cómo manejarme dentro de aquel laberinto de pasillos, bardas y jardines. El problema no era el espacio, sino los demás niños. Ellos y yo sabíamos que entre nosotros había varias diferencias y nos segregábamos mutuamente. Por lo demás, el programa de enseñanza era igual al de mis compañeros de escuela y fue así como, alrededor de los cuatro años, descubrí una puerta de escape: la lectura. Para aprender a leer, se me permitía desprenderme el parche. Muy pronto me di cuenta de que esa no era la única ventaja. Los libros ofrecían la posibilidad de huir a otras regiones, a otras historias, a los problemas de otros niños y a sus propios combates.

El paso a la escritura se hizo naturalmente. En mis cuadernos, apuntaba historias donde los protagonistas eran mis compañeros de clase que paseaban por países remotos donde les sucedían toda clase de calamidades. Aquellos relatos eran mi oportunidad de venganza y no podía desperdiciarla. La maestra no tardó en darse cuenta y, movida por una extraña solidaridad, decidió organizar una tertulia literaria. No acepté leer en público sin antes asegurarme de que algún adulto se quedaría a mi lado esa tarde hasta que mis padres vinieran a buscarme, pues el linchamiento era una posibilidad más que probable. Sin embargo, las cosas ocurrieron de forma distinta a como yo esperaba: al terminar la lectura de un relato en el que seis compañeritos morían trágicamente mientras intentaban escapar de una pirámide egipcia, los niños de mi salón aplaudieron emocionados. Quienes habían protagonizado la historia se aproximaron satisfechos a felicitarme y quienes no, me suplicaron que los hiciera partícipes del próximo cuento. Así fue como adquirí un lugar particular dentro de la escuela. No había dejado de ser marginal, pero esa marginalidad dejó de ser opresiva.


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