Jaime Manrique
Publicado: 26/02/2014
Por RevistaArcadia.com

Jaime Manrique

Tendría unos doce años cuando escribí mi primer texto (que no me atrevo a llamarlo una poesía). Si mal no recuerdo, comenzaba así: “La niebla llega, la noche viene / a lo lejos se escucha un leve rumor”. Esos versos no son un comienzo muy auspicioso para ningún poeta; sin embargo, una vez que había creado algo que no existía antes de que me sentara ese día a la máquina de escribir, la obsesión de convertirme en escritor fue como un virus feroz que me invadió el cerebro, y se quedó allí para siempre.

Tuvo que haber sido en el colegio en Barranquilla (tal vez en el quinto año de primaria) cuando en la clase de castellano leí por primera vez un fragmento de Coplas por la muerte de su padre, del poeta medieval español Jorge Manrique. Entonces comprendí por qué mis maestros (entre risitas burlonas) con frecuencia me llamaban Jorge. No creo haber leído el poema completo inmediatamente, mas la obsesión de Manrique con la muerte me sacudió con una fuerza hasta ese momento desconocida. Para un muchacho deprimido, y alienado, como yo, que vivía en el seno de una familia y una sociedad donde me sentía incomprendido (ya sabía que era homosexual, pero apenas empezaba a aceptarlo), descubrir que compartía el mismo apellido con un poeta cuyos versos parecían haber sido escritos para describir mi forma de ver el mundo fue todo el aliciente que necesitaba para decidir que aún si Jorge Manrique y yo no estábamos ligados directamente por la misma sangre, me unía a él, irrevocablemente, la misma visión trágica de la vida.

De ahí en adelante, la escritura se convirtió en mi único destino posible.


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