António Lobo Antunes: retrato del artista joven
Publicado: 26/02/2014
Por RevistaArcadia.com

António Lobo Antunes: retrato del artista joven

Nunca olvidaré el comienzo de mi carrera literaria. Fue súbito, instantáneo, fulminante. Iba yo en el tranvía hacia Benfica, tras otra instructiva tarde en el Liceo Camoes, especie de campo de concentración aterrorizante e inútil, cuando, a la altura de Calhariz, una evidencia sorprendente me cegó: voy a ser escritor. Yo tenía doce años, preparaba una carrera de genio en hockey sobre patines, dudaba en ser el Hombre Araña o Flash Gordon, me inclinaba por el Hombre Araña porque saltaba edificios y repentinamente el llamado, la vocación, la certeza de un destino sin ninguna relación con mis proyectos, mis sueños, mis distracciones de músculos y bastonazos. Pero el camino de Damasco es el camino de Damasco y uno se topa con San Pablo no por gusto sino por obediencia. Y, por obediencia, antes de volver a casa fui a la tienda del Careca a comprar un cuaderno de papel grueso de treinta y cinco líneas, subí a mi cuarto, me senté en la mesa y me adentré de sopetón en la inmortalidad con una docena de cuartetos. Al día siguiente expulsé unos sonetos. […] Durante veinte años trabajé a diario mis deyecciones, perplejo y angustiado, con la misma insatisfacción de ahora y alguna rara alegría que, releyendo en frío, me parecía inadecuada y cretina. Comencé a afeitarme. Acabé unos estudios que nunca me interesaron. Fui a la guerra. Volví de la guerra. Pasé nueve años escribiendo una novela impresentable. Y de repente, sin entender bien el por qué y el cómo, un feto cualquiera dio una voltereta en mi barriga y comencé Memoria de elefante, En el culo del mundo, Conocimiento del infierno y algunos otros libros más, hasta este que comencé en julio pasado. Pero esta última parte de mi aprendizaje no tiene gran interés. Quien me agrada es el otro, el de los cuartetos, el de las odas patrióticas, el cliente de la tienda del Careca […]. Espero que él aún exista dentro de mí con su inocencia, sus certidumbres y su necedad inquebrantable, sacrificando las alegrías del Hombre Araña a su destino de / creía él / escritor, o sea un pesado agarrado al bolígrafo, incapaz de saltar un edificio por más pequeño que este sea, convencido, con la espalda torcida, de haber descubierto el misterio de los seres y de la vida y sin ninguna capacidad para Flash Gordon, es decir, viajar de planeta en planeta con una mandíbula de jugador de rugby, blindado, a costa de una eficaz estrechez, contra las laberínticas complejidades del alma.

Fragmento tomado de Segundo Livro de Crónicas, escogido por el autor para esta publicación.


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