Alonso Cueto
Publicado: 27/02/2014
Por RevistaArcadia.com

Alonso Cueto

Si hay algún hecho que definió mi vida como escritor fue sin duda la muerte de mi padre cuando yo tenía catorce años. A esa edad, un padre es un mediador con la realidad, un intermediario con lo que llega desde el mundo de afuera. El hecho de perder ese intermediario abrió una brecha en mi percepción de las cosas que resquebrajó la armonía y la firmeza de la que yo hasta entonces pensaba estaba hecho el mundo. Durante las semanas y meses siguientes a su muerte empecé a leer con un furor encarnizado todo lo que tuviera a la mano. La poesía de Vallejo, que ya conocía, se me apareció entonces como una fuente de revelación de la identidad. La sensación de orfandad, de soledad, de abandono que despedían esos versos fue un bálsamo. Me fascinaba la idea de Vallejo según la cual el mundo es un “dado roído y ya redondo a fuerza de rodar a la ventura”. Sus versos dislocados, implosivos, que expresan como pocos la incoherencia esencial de nuestras percepciones. Me sentía mucho más acompañado por las frases de Vallejo que por las que me decían mis parientes o amigos. Desde entonces creo que la literatura es la fórmula más cercana en el combate eterno contra el ángel del tiempo. Y lo sigo creyendo.

Creo que por eso escribir es un acto desconectado del sistema, de las instituciones. Es un hecho solitario que debe hacerse siempre en los márgenes y a favor de ellos. Un escritor debe proteger siempre sus tesoros, que son muy contados: el dolor, la soledad, el silencio. No puede aspirar a otra cosa, pues solo en ellos y desde ellos puede seguir librando ese combate.


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