Otras cosmovisiones
Publicado: 21/03/2014
Por Mauricio Sáenz

Otras cosmovisiones

Mauricio Sáenz reseña para Arcadia 'El mundo hasta ayer' de Jared Diamond

La cosa suena muy bien: las sociedades tradicionales, que viven en íntimo contacto con la naturaleza, tienen mucho que enseñar a las industrializadas, que se las han arreglado para poner en serio peligro la subsistencia de la humanidad sobre el planeta. Jared Diamond, un premiado académico descrito como biogeógrafo, biólogo evolucionista, sicólogo y ornitólogo, desarrolla esa premisa hasta la saciedad en su libro más reciente, El mundo hasta ayer. Se trata de un texto largo y tendido basado, primordialmente, en su propio trabajo de campo con algunas comunidades de las tierras altas de Papúa Nueva Guinea, con los yanomami del Amazonas,  los !kung (con todo y su extraña ortografía) del desierto de Kalahari y otros 36 grupos alrededor del mundo.

 Y, bueno, lo hace con tanta gracia y elegancia que hasta resulta fácil navegar por esas quinientas y pico de páginas.  Los tópicos que toca para compararlos con la sociedad industrializada, a la que llama “estatal”, son curiosos y llamativos, aunque por supuesto su escogencia resulta arbitraria: la forma de enfrentar los peligros de la vida diaria, el cuidado de los niños, el surgimiento y las funciones de la religión, la resolución de conflictos y la guerra, la diversidad lingüística, la alimentación y el tratamiento de los ancianos.  Diamond es un buen contador de historias y sazona su texto con anécdotas de sus cincuenta años de viajes a esos lugares remotos donde sobreviven culturas que, según plantea la premisa del libro, sirven para imaginar cómo transcurría la existencia de la humanidad hace cincuenta mil años.

Esa idea fundamental es, sin embargo, la mayor debilidad del libro de Diamond, y de hecho ha causado una controversia tan fuerte que ha terminado por opacar las observaciones válidas y útiles que hace.  El problema es de fondo:  Diamond, sin decirlo, suscribe las ideas que animaron la antropología en el siglo xix, según las cuales las sociedades humanas avanzaron en etapas sucesivas, y solo “los más aptos” consiguieron alcanzar la “civilización” como la entendemos ahora. De ese modo, las innovaciones tecnológicas, como el dominio del fuego, la cerámica, la domesticación de animales y plantas y la metalurgia precedieron a la llegada de la escritura como pasos lineales que dieron, o tendrían que haber dado, todas las sociedades sin excepción.

Esa mirada eurocentrista marcó la actitud colonialista del Viejo Continente, justificada como el afán de ayudar a las sociedades que se habían “atrasado”.  Y como tantas verdades absolutas de esa época, está totalmente superada. La reemplaza una según la cual cada grupo ha representado una visión única de la herencia humana, de su naturaleza y sus sueños. De ese modo, cada cultura es una forma de ver la realidad, formada por sus conocimientos y percepciones, por la naturaleza de sus pensamientos y el resultado de una serie de circunstancias que los condujeron a tomar decisiones a lo largo del tiempo.

Por eso, hoy no se habla de progreso lineal, y ya no se considera que los “atrasados” hayan fracasado tan estruendosamente como para haberse quedado en la edad de piedra. Por el contrario, la antropología moderna entiende que esos pueblos asumieron formas diferentes de entender la existencia y sus relaciones con un universo que concibieron según sus propias experiencias vitales. Son culturas tan lejanas del progreso material que, en algunos casos, ni siquiera tienen un concepto del tiempo, el pasado, el presente o el futuro.

De todo lo anterior resulta que el libro de Diamond está construido sobre cimientos falsos, pues no es cierto que los pueblos “primitivos” que subsisten en forma más o menos prístina en lugares remotos sean un museo viviente del pasado de la humanidad. Sí es cierto que tienen mucho que enseñar a los “civilizados”, pero no necesariamente solo con su forma de enfrentar la vida, sino con el mensaje de que la sociedad, como la concebimos hoy, es apenas una opción que se generalizó a lo largo de la historia, pero de ningún modo la única.


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